—«Pero, ¿cómo ocurrió?» —dijo Thomas, continuando el pasaje. Aquel día no podían escaparse de Nietzsche: Zaratustra en el radiocasete, La gaya ciencia en la lengua—. «¿Cómo pudimos bebernos el mar?» —apagó la Handicam—. «¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte entero?»
Regresaron al Wrangler, bajaron por la pendiente nasal occidental e improvisaron un camino a través de los pelos de la mejilla izquierda. En los bordes, la barba se había convertido en una especie de red de pesca, una inmensa telaraña natural que los apóstoles marineros tal vez habrían envidiado, atestada de meros, marsopas y agujas enredados. El Wrangler dio sacudidas y bandazos pero siguió su rumbo, serpenteando a velocidad constante en dirección este, hacia el bigote.
Dos cavernas se alzaban ante ellos, los túneles grandes y profundos por los que su cargamento había respirado y estornudado.
—Si te soy sincera —Miriam miró hacia las profundidades húmedas—, estoy aprendiendo más de lo que me gustaría.
—Tienes razón —apuntó Thomas, haciendo una mueca. Pantanos de mucosidad, rocas de mocos secos, pelos de la nariz del tamaño de un obelisco: éste no era el Señor de los Ejércitos con el que habían crecido—. Pero todavía no podemos irnos —giró el volante al máximo y, poniendo la marcha atrás, apoyó con cuidado el parachoques trasero contra la escarpadura alta que se extendía entre el labio superior y el orificio nasal derecho. Asomándose por la ventana, limpió la espuma del mar del retrovisor, un disco del tamaño de un platillo que sobresalía en el espacio sobre puntales de aluminio oxidados—. Una prueba —explicó.
—Supongo que siempre hay esperanza.
—Siempre —murmuró Thomas sin convicción.
Juntos estudiaron el espejo, observándolo con la misma intensidad absorta del profeta Daniel al contemplar como MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN, aparecían en la pared. La más leve nube les habría dejado satisfechos, la más ligera mancha, el más débil rastro de niebla.
Nada. La superficie permaneció burlonamente clara, obscenamente prístina. Dios, decía el espejo, estaba muerto.
Miriam le cogió la mano a Thomas y la apretó con tanta fuerza entre las suyas que se le acumuló la sangre en las puntas de los dedos.
—Entonces, claro, está la pregunta más dura de todas.
—¿Sí?
—Ahora que sabemos que ha muerto, que ha muerto de verdad, sin hacer ningún juicio, sin preparar ningún castigo, ahora que realmente sabemos todo esto —la monja brindó una sonrisita tímida—, ¿por qué deberíamos tener miedo de pecar?
26 de julio.
Latitud: 25°8’N. Longitud: 20°30’E. Rumbo: 358. Velocidad: 6 pésimos nudos. Estamos doblando el gran bulto del noroeste de África, siguiendo al revés el rastro de aquellos viajes audaces de exploración que organizó el príncipe Enrique el Navegante desde Portugal a partir de 1455. Si mi querido papá fue Cristóbal Colón en una vida previa, quizá yo fui el príncipe Enrique. Cuando el ignorante monarca murió, sus amigos le desnudaron y descubrieron que llevaba un cilicio.
Mi plan es increíblemente ingenioso. ¿Listo, Popeye? Voy a hacer volar el lastre. Todo: las 60.000 toneladas que recogimos en el puerto de Nueva York, las 15.000 (hasta ahora) con las que hemos estado compensando el combustible gastado de la carbonera. Y luego, ésta es la parte brillante, vamos a equilibrar el Val con la sangre de Dios.
Piénsalo. Una operación de bombeo sencilla y habitual que no durará más de 5 horas y habremos reducido nuestra carga de remolque en un 15 por ciento. Según Crock O’Connor, después podremos hacer funcionar ambos motores a una potencia estable de 85 revoluciones, quizá incluso de 90.
Por descontado, el padre Ockham se opondrá.
—Después de volar el lastre, estaremos a merced del cadáver —afirmó, siempre el profesor de Física—. Un viento fuerte podría separarnos cien millas de nuestro curso.
—Será como una transfusión —expliqué—. A medida que el agua sale disparada de los tanques de lastre, se verterá la sangre en los tanques de carga. Continuaremos estibados todo el tiempo.
—¿Está diciendo que va a drenar la esencia líquida de nuestro Creador y meterla en esos tanques de carga asquerosos?
Me imaginaba que debía decirle la verdad, aunque veía por dónde iba.
—Sí, Thomas, se puede decir así.
—Tendremos que obtener autorización de Roma.
—No tenemos por qué.
—Sí tenemos por qué.
El Vaticano se puso en contacto con nosotros en menos de una hora.
—El sínodo ha llegado a un consenso —dijo alguien llamado cardenal Tullio Di Luca—. Bajo ninguna circunstancia se puede profanar la sangre de Dios con petróleo seglar. Antes de la transfusión, deben fregar a fondo los tanques de carga.
—¿Fregarlos? —gemí—. ¡Eso nos llevará dos días!
—Entonces será mejor que empecemos de inmediato —dijo el padre, sonriendo y frunciendo el ceño a la vez.
Come más yogur, le había recomendado el médico a Neil Weisinger al comprobar los calambres, la diarrea y el dolor general que se había apoderado de sus intestinos poco después de cumplir los veinte años. El yogur, explicó el Dr. Cinsavich, aumentará el número de acidófilos y le ayudará en la digestión. Hasta aquel momento, Neil ni siquiera se había dado cuenta de que los intestinos almacenaban bacterias y mucho menos de que los bichos realizaran una función benigna. Así que probó la cura de yogur y, aunque no funcionó (de hecho sufría de intolerancia a la lactosa, una condición que con el tiempo venció a base de abstenerse de tomar productos lácteos), se quedó con un respeto intenso por su ecosistema interno.
Cuatro años después de la visita al Dr. Cinsavich, mientras Neil se metía en el tanque central número dos a bordo del vapor Carpco Valparaíso, se vio identificado totalmente con el proletariado microbiano que hervía en su interior. Era un trabajo de gérmenes, ese asunto ingrato y maloliente de fregar las tripas del barco, preparándolas para recibir la sangre de Dios. Aunque la máquina de limpieza había hecho un buen trabajo, pulverizando las bolas de alquitrán más grandes y sacándolas de allá, aún quedaba un residuo considerable que eliminar, gotas pegajosas de asfalto que se adherían a las escaleras y a las pasarelas como pedazos inmensos de goma de mascar que alguien hubiera desechado. Poco a poco, descendió —una mano bajo la otra, Leo Zook a su lado—, más abajo de la sala de molinetes del ancla y de la línea de carga, por debajo de la superficie arremolinada del mar, adentrándose en lo más profundo del casco. Fregaban a medida que bajaban, recogían la porquería con sus cucharones y la dejaban caer en un cubo de limpieza enorme de acero que colgaba junto a ellos de una cadena. Cada vez que el cubo estaba lleno, transmitían la noticia por medio de un walkie-talkie a Eddie Wheatstone, que estaba en la cubierta de barlovento y subía la carga.
El abuelo Moshe, sin duda, habría encontrado la redención en esa monotonía. De hecho, al viejo le gustaba el petróleo crudo. «El petróleo es un fósil fluido», le había dicho una vez a su nieto de diez años mientras estaban en el puerto de Baltimore mirando cómo un superpetrolero se deslizaba por el horizonte. «Recuerdos del pérmico, mensajes del cretáceo, aplastados y cocidos y convertidos en mermelada. Aquel barco es un cubo de historia, Neil. Aquel barco lleva dinosaurios líquidos.»
Tener a Zook de acompañante sólo empeoraba las cosas. Últimamente, la piedad del evangélico había tomado un cariz realmente feo, ya que había degenerado en un antisemitismo auténtico. Era cierto, tenía la mente traumatizada, el alma atormentada, la visión del mundo en llamas. Pero eso no era una excusa.