—Por favor, entiéndelo, yo no creo que tú seas responsable de esta cosa terrible que ha sucedido —dijo Zook, con gotas de sudor que le caían de debajo del casco y le corrían por la cara llena de pecas.
—Eso sí que es misericordioso por tu parte —dijo Neil con sorna. Su voz resonaba locamente en la gran cámara, ecos de ecos de ecos.
—Pero si tuviera que señalar a alguien con el dedo, que no va conmigo, pero si tuviera que señalar, lo único que podría decir es esto: «tu gente ya mató a Dios una vez, así que quizá también lo han hecho esta vez».
—No tengo ganas de oír estas gilipolleces, Leo.
—No me refiero a ti personalmente.
—Pos supuesto que sí.
—Hablo de los judíos en general.
Durante la primera hora en el tanque, el sol del mediodía iluminaba su camino, los rayos brillantes y dorados atravesaban inclinados la escotilla abierta, pero dieciséis metros más abajo tuvieron que encender las linternas eléctricas que llevaban sujetas a los cascos. Los haces de luz salían disparados hacia adelante unos cuatro metros y desaparecían, engullidos por la oscuridad. Neil carraspeó y se tragó sus mocos. Escupió. Un maldito minero submarino, eso es lo que era. ¿Cómo le había pasado aquello? ¿Por qué su vida había llegado a ser tan poca cosa?
Al final alcanzaron el fondo, una cuadrícula de paredes altas de acero que se extendían hacia afuera desde la sobrequilla, dividiendo el tanque en veinte sombríos compartimientos de carga, cada uno del tamaño de un garaje para dos coches. Neil desenganchó el cubo y respiró hondo. Por el momento todo iba bien: no apestaba a hidrocarburo. Buscó a tientas en su cinturón multiusos y sacó el walkie-talkie.
—¿Estás con nosotros, contramaestre? —le transmitió a Eddie.
—Roger. ¿Qué tiempo hace por allá abajo?
—Fenomenal, creo, pero estáte listo para echarnos un cable, ¿vale?
—Capisco.
Con el cubo de la limpieza a punto, Neil empezó la inspección, arrastrándose de un compartimiento a otro por unas alcantarillas de setenta centímetros de largo abiertas en los tabiques de contención, con Zook justo detrás. El compartimiento uno resultó estar limpio. El compartimiento dos no tenía ni una mancha. Uno podía comerse la comida en el suelo del tres y lamer alegremente las paredes del cuatro. El cinco era el espacio más puro hasta entonces, hogar de la misma máquina de limpieza, una montaña cónica de tubos y boquillas que se alzaba unos diecisiete metros. En el seis por fin encontraron algo que valía la pena quitar, un cuajarón de parafina pegado a una empuñadura. Lo metieron con el cucharón en el cubo y siguieron adelante.
Sucedió en el instante en que Neil puso el pie en el compartimiento siete. Al principio sólo notó el olor, el aroma espantoso de una burbuja de gas reventada, perforándole la nariz. Luego vino el cosquilleo en las puntas de los dedos y los dibujos en la cabeza: molinillos plateados, mandalas rojos, estrellas fugaces. Se le descolgó el estómago y se precipitó hacia abajo.
—¡Gas! —gritó por el walkie-talkie. No cabía duda de que la esfera maligna llevaba meses esperando allí, agazapada en la prisión de su propia superficie, y ahora la bestia había salido, liberada por las pisadas de Neil—. ¡Gas!
—¡Por Dios! —gimió Zook.
—¡Gas! —volvió a gritar Neil—. ¡Eddie, tenemos gas aquí abajo! —miró hacia el cielo. La escotilla flotaba a setenta metros sobre su cabeza, titilando en el aire viciado como una luna llena—. ¡Tira los Dragens, Eddie! ¡Compartimiento siete!
—¡Dios santo!
—¡Gas! ¡Compartimiento siete! ¡Gas!
—¡Dios!
—¡Quedaos ahí, tíos! —la voz de Eddie se oyó entre el ruido del walkie-talkie—. ¡Ya llegan los Dragens!
Ambos marineros lloraban, los conductos lacrimales se les contraían espasmódicamente, las mejillas bañadas en agua salada. A Neil se le hinchó la carne y se le durmió. Le picaba la lengua.
—¡Date prisa!
Zook se cogió el pulgar con la otra mano y se estiró los dedos. Uno… dos… tres… cuatro.
Cuatro. Era algo que aprendías durante la instrucción en el arte de la navegación. Un hombre gaseado en el fondo de un tanque de carga tiene cuatro minutos de vida.
—Ya llegan —dijo el evangélico, ahogándose con las palabras.
—Los Dragens —afirmó Neil, metiéndose la mano, inseguro, en el bolsillo lateral del mono. Sus manos habían cobrado vida propia y temblaban como cangrejos epilépticos.
—No, los jinetes —jadeó Zook, aún con los dedos levantados.
—¿Jinetes?
—Los cuatro jinetes. Plaga, hambre, guerra, muerte.
Cuando Neil logró soltar la medalla de Ben-Gurion, un chorro caliente de McNuggets de pollo a medio digerir le subió a toda prisa por la tráquea. Vomitó en el cubo de la limpieza. ¿En qué barco estaba? ¿En el Carpco Valparaíso? No. ¿En el Argo Lykes? No. ¿En el barco mercante de servicio irregular en el que el primer oficial Moshe Weisinger había llevado a mil quinientos judíos a Palestina? No, no era un barco mercante de ninguna clase. Era otra cosa. Un campo de concentración flotante. Birkenau con un timón. Y aquí estaba Neil, atrapado en una cámara de gas subterránea mientras el Kommandant la inundaba de Zyklon-B.
—Muerte —repitió, dejando caer la medalla de Ben-Gurion. El disco de bronce rebotó contra el borde del cubo y chocó contra el suelo de acero con gran estrépito—. Muerte por Zyklon-B.
—¿Eh? —dijo el Kommandant Zook.
El cerebro de Neil volaba, flotando fuera del cráneo, cabeceando sujeto al extremo de la médula espinal como un globo de carne.
—Sé a qué juegas, Kommandant. «¡Encerrad a esos prisioneros en las duchas! ¡Abrid el Zyklon-B!»
Como arañas descendiendo por hilos plateados, un par de equipos Dragen bajaron flotando desde la cubierta de barlovento. Atrapados en el haz de luz de la linterna del casco de Neil, los tanques de oxígeno tenían un resplandor de un naranja brillante. Las mascarillas negras y las mangueras azules giraban como locas, entrelazándose. Se lanzó hacia adelante, flexionó los dedos insensibles y empezó a aflojar el nudo gomoso.
—¿Zyklon qué? —dijo Zook.
Neil soltó una mascarilla con forma de pera. Se sujetó las correas frenéticamente. Alargó la mano, arqueó los dedos alrededor de la válvula, giró la muñeca. Atascada. Volvió a intentarlo. Atascada. Otra vez. ¡Se movió! Un centímetro. Dos. Tres. ¡Aire! Cerrando los ojos, inhaló, aspirando la dulzura por la boca, por la nariz, por los poros. Aire, oxígeno glorioso, una cataplasma invisible que le extraía el veneno del cerebro.
Abrió los ojos. El Kommandant Zook estaba sentado en el suelo; tenía la piel pálida como un champiñón, y por la forma de la boca sabía que estaba gimiendo. Una mano sujetaba la mascarilla en su sitio. La otra estaba sobre el tanque, enroscada sobre la válvula como una garrapata gigante chupando sangre.
—Ayúdame.
Neil tardó varios segundos en captar el apuro en que se encontraba Zook. El nazi estaba completamente inmóvil, congelado por alguna combinación espantosa de lesión cerebral y miedo.
—Plaga —dijo Neil. Arrastrando su tanque de oxígeno, cojeó hasta Zook.
—P-por favor.
La libertad corrió por Neil como un pico de cocaína. YHWH no estaba mirando. Nadie le vigilaba. Podía hacer lo que apeteciera. Abrir la válvula del Kommandant o cortarle la manguera por la mitad. Darle un poco de oxígeno del equipo que funcionaba o escupirle a la cara. Cualquier cosa. Nada.
—Hambre —dijo Neil.
El Kommandant dejó de gemir. Se le aflojó la mandíbula. Tenía los ojos apagados y casi en blanco, como si estuvieran hechos de cuarzo.