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—Guerra —le susurró Neil al cadáver de Leo Zook.

Del bolsillo superior sacó la navaja suiza. Cogió la hoja larga con dos dedos y la giró hacia afuera. Agarró el mango rojo; clavó; la hoja atravesó la goma con la misma facilidad como si fuera jabón. Riéndose, deleitándose con su libertad, abrió una incisión grande e irregular a lo largo del eje de la manguera del nazi.

—Muerte.

Neil se agachó junto al hombre asfixiado, bebió el oxígeno delicioso y escuchó el estruendo lento y constante de los jinetes que se retiraban.

Plaga

Para Oliver Shostak, enterarse de que la divinidad ilusoria del judeocristianismo había habitado de verdad los cielos y la tierra, dirigiendo la realidad y dictando la Biblia, fue sin lugar a dudas la peor experiencia de su vida. En la escala de la desilusión, estaba muy por encima de su deducción a los cinco años de que Papá Noel era un embaucador, de su descubrimiento a los diecisiete de que su padre se follaba de forma habitual a la mujer que cuidaba a los pointers alemanes de la familia y del juicio que había sufrido al cumplir los treinta y dos años cuando le pidió a la conservadora de la galería Castelli de SoHo que exhibiera lo más destacado de su período de expresionismo abstracto. («El gran inconveniente de estos cuadros», había contestado la anciana obstinada, «es que no valen nada».) Sin embargo, no se podían negar los frutos de la reciente expedición de Pamela Harcourt: doce fotos a todo color, cada una mostraba un cuerpo grande, masculino, sonriente y en decúbito supino que era remolcado por las orejas hacia el norte a través del océano Atlántico. Las ampliaciones de 30 x 40 estaban colgadas en el salón occidental de la sala Montesquieu como los retratos de un antepasado, cosa que, en cierto modo, eran.

—Nuestros últimos trabajos han sido, si puedo hablar mitológicamente, hercúleos —comenzó Barclay Cabot, su rostro ojeroso lanzó un bostezo—. Nuestro itinerario incluyó paradas en Asia, en Europa, en Oriente Medio…

Oliver estaba obsesionado por las ampliaciones. Las odiaba. Ninguna feminista obligada a ver todo un festival de cine de Linda Lovelace se habría sentido más ofendida. Aun así, se negaba a admitir la derrota. En efecto, al recibir el comunicado nefasto de Pamela desde Dakar, había entrado en acción de inmediato, delegando a Barclay para que formara un comité ad hoc y lo llevara a hacer un viaje frenético alrededor del mundo.

Winston Hawke se acabó un pastelillo y se limpió las manos en su sudadera de Trotsky.

—Después de ochenta y cuatro horas de esfuerzos ininterrumpidos, nuestro equipo ha llegado a una conclusión aleccionadora.

Poniéndose en pie, Barclay se sacó un documento legal del bolsillo del chaleco.

—Si te presentas como agente de un gobierno extranjero ansioso por impedir que sus recursos financieros caigan en las manos equivocadas…

—Su propio pueblo, por ejemplo —dijo Winston.

—… hoy en día puedes obtener casi cualquier instrumento de destrucción masiva que se te antoje. Para ser precisos —Barclay leyó detenidamente el documento legal— el Ministerio de Defensa francés estaba dispuesto a alquilarnos un submarino de ataque de clase Robespierre equipado con dieciocho torpedos de lanzamiento adelantado. El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní propuso vendernos los treinta y cuatro millones de litros de napalm excedente de Vietnam que le compró a la CIA americana en 1976, más diez cazas F-15 con los que despacharlo. La Marina argentina nos ofreció un alquiler de dos meses del acorazado Eva Perón y, si cerrábamos el trato al momento, nos hubieran dado seis mil cartuchos de regalo. Por último, siempre y cuando estuviéramos de acuerdo en ocultar la fuente, la República Popular de China nos habría concedido lo que llamaba un «acuerdo global» para un arma nuclear táctica y el sistema de entrega que eligiéramos.

—Cada una de estas ofertas se quedó en nada en cuanto los comerciantes se enteraron de que en realidad no representábamos a un Estado soberano —Winston escogió otro pastelillo—. Es inmoral y desestabilizador, dijeron, que unos particulares posean tecnologías como ésas.

—El único disidente de esta política fue una institución privada, la Asociación Nacional del Rifle de América —dijo Barclay—. Pero lo que nos querían vender, cuatro obuses M110 y siete misiles teledirigidos TOW, es inútil para nuestros propósitos.

Oliver refunfuñó bajito. Había esperado un informe más alentador… no sólo porque deseaba impresionar a Cassandra, cuyo fax contenía claramente un subtítulo —demuestra lo que vales, decía entre líneas, demuéstrame que eres un hombre de fortuna—, pero también porque realmente quería ahorrarle a su especie un milenio de ignorancia teísta y de superstición sin sentido.

—¿Así que han podido con nosotros? —preguntó Pamela.

—Hay un rayo de esperanza —apuntó Winston, devorando el pastel diminuto—. Esta tarde hemos hablado con…

El marxista se detuvo en la mitad de la frase, atónito por el ascenso de Sylvia Endicott, una subida tan brusca que fue como si los muelles de su silla Imperio se hubieran soltado de repente.

—¿Es que me he perdido algo? —preguntó la anciana en un silbido bajo y líquido—. ¿Alguna reunión crucial? ¿Estaba fuera de la ciudad durante una sesión de emergencia? ¿Cuándo aprobamos este asunto del sabotaje?

—Nunca lo presentamos a una votación formal —contestó Oliver—, pero está claro que ése es el consenso en la sala.

—No en esta parte de la sala.

—¿Qué dices, Sylvia? —gruñó Pamela—. ¿«Sentaos y no hagáis nada»?

—La tumba de Svalbard difícilmente será un sitio seguro —se apresuró a añadir Meredith Lodge—. Demonios, sospecho que es tan vulnerable como la pirámide de Keops.

—La única respuesta es la destrucción —dijo Rainsford Fitch.

Frunciendo terriblemente el ceño, Sylvia caminó arrastrando los pies hasta el busto de Charles Darwin que estaba colocado junto a la chimenea.

—Suponiendo por un momento que el Valparaíso esté remolcando de verdad lo que Cassie Fowler dice que está remolcando —empezó—, ¿no deberíamos tener el valor colectivo, si no la simple decencia, de admitir que todos estos años estábamos equivocados?

—¿Equivocados? —preguntó Rainsford.

—Sí. Equivocados.

—Ésa es una palabra más bien extrema —dijo Barclay.

—Es probable que sea hora de corregir nuestros estatutos —admitió Taylor Scott, dándole una calada a un cigarrillo turco—, pero tampoco deberíamos renegar ahora de todas nuestras tesis. El mundo teísta era una pesadilla, Sylvia. ¿Te has olvidado de las cazas de brujas del Renacimiento?

—Pero no estamos siendo honestos.

—¿El juicio de Galileo? ¿La masacre de los Incas?

—No me he olvidado de esas cosas ni tampoco he olvidado la curiosidad científica que es el sine qua non de esta organización. —Sylvia se apretó el chal de lana, su protección principal contra el sucedáneo de invierno virulento de la Sala Montesquieu—. Deberíamos estudiar ese cadáver, no barrerlo debajo de la alfombra.

—Mirémoslo desde otro ángulo —dijo Winston—. Sí, en estos momentos están arrastrando una especie de entidad grande hacia el Ártico y, que nosotros sepamos, esta entidad colgó las estrellas, hizo girar la Tierra y moldeó a Adán en barro. Pero ¿significa eso que es Dios? ¿El que mueve y es inamovible? ¿La primera y última causa? ¿La razón de ser de todo? Está muerto, por el amor de Dios. ¿Qué clase de ser supremo la palma así?