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—Un ser supremo falso —dijo Rainsford.

—Exacto —dijo Winston—. Un impostor, un farsante, un embaucador. El problema, por supuesto, es que esa lógica nunca impresionará a las masas crédulas. Una reliquia como ésta se convierte en una confirmación más de su fe. Ergo, para el bien de todos, en el nombre de la razón, hay que eliminar a este Dios-que-no-es-Dios.

—Winston, me horrorizas —con los brazos en jarras, Sylvia apuntó sus córneas arruinadas directamente al marxista—. ¿Razón, has dicho? ¿«En el nombre de la razón»? ¡Tú no estás repartiendo razón, sino fundamentalismo ateo!

—No juguemos con las palabras.

Sylvia se quitó el chal de un tirón, cojeó hasta el vestíbulo y tiró de la puerta de entrada.

—¡Damas y caballeros, no me dejan otra opción! —les espetó con rabia, mientras el calor de julio entraba en el salón glacial—. El honor me dicta un único camino: ¡debo renunciar a la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste!

—No te lo tomes tan en serio, Sylvia —dijo Pamela.

La anciana salió a la noche húmeda.

—¿Lo habéis entendido, fariseos intelectuales? —gritó por encima del hombro—. ¡Me voy, para siempre!

A Oliver se le contrajeron las tripas. Se le secó la garganta. Maldita sea, Sylvia tenía algo de razón.

—¡El saqueo de Jerusalén! —gimió Winston cuando la puerta se cerró de un portazo.

—¡El asedio de Belfast! —bramó Rainsford.

—¡La masacre de los hugonotes! —gritó Meredith.

Tenía algo de razón, pero nada más, decidió Oliver, un simple argumento racional y, mientras, los bosques se estaban quemando.

—Háblanos de ese rayo de esperanza —dijo Pamela.

Barclay se acercó al hogar dando grandes zancadas y se calentó las manos a las llamas furiosas.

—Es probable que no hayáis oído hablar nunca de la Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial de Pembroke y Flume, pero es mas o menos lo que da a entender el nombre: un par de jóvenes empresarios teatrales ambiciosos que compran B-17, acorazados y cosas por el estilo que se han mandado a la reserva. Contratan a actores hambrientos, a marinos mercantes en paro y a aviadores de la Marina de baja, y luego viajan por ahí haciendo simulacros de los encuentros más importantes entre el Eje y los Aliados.

»El verano pasado, Pembroke y Flume pusieron en escena su versión de la campaña africana de Rommel, sustituyendo Túnez por el desierto de Arizona —continuó Winston, uniéndose a Barclay junto al fuego—. El invierno pasado, hicieron la contraofensiva de las Ardenas en las montañas Catskill. Da la casualidad de que este año es el cincuenta aniversario de la Batalla de Midway, de modo que tienen a un equipo de Hollywood trabajando en Martha’s Vineyard, reconstruyendo la base entera en espuma de poliestireno y en contrachapado. El uno de agosto, montones de aviones de combate japoneses clásicos despegarán de las reproducciones en fibra de vidrio a una escala 3:4 de los portaaviones Akagi, Soryu y Kaga, y luego bombardearán la base en mil pedazos. Al día siguiente, un escuadrón de aviones de bombardeo en picado del antiguo portaaviones americano Enterprise, la joya de la colección de Pembroke y Flume, hundirá los cuatro portaaviones japos.

—Lo que en realidad es un poco de trampa —respondió Barclay—. El Yorktown y el Hornet también enviaron aviones, pero Pembroke y Flume tienen un presupuesto reducido para operar. Por otra parte, usan bombas que no han estallado. El público paga, pero vale la pena.

—Pan y circo —dijo Winston, con sorna—. Sólo en la América del capitalismo tardío, ¿eh?

—El hecho relevante es éste: cuando hayan acabado, Midway, Pembroke y Flume no tienen ninguna perspectiva inmediata —dijo Barclay—. Estarán ansiosos por que les contratemos.

—¿Contratarles para qué? —preguntó Meredith.

—Para volver a representar toda la batalla entera, con munición nueva. Entre sus aviones de bombardeo en picado y sus cazas torpederos, estamos casi seguros de que podremos repartir bastante dinamita para hundir el cargamento de Van Horne.

Oliver sintió un estremecimiento rápido y delicioso de emoción cuando, tras levantarse de su diván, cruzó resuelto la alfombra Aubusson hasta el busto de Darwin. Le gustaba este asunto de Midway. Le gustaba mucho.

—¿Cuánto nos cobrarán?

—Ofrecieron unas cuantas cifras aproximadas a la hora de comer —dijo Winston, recorriendo con la vista una tarjeta de 3 x 5 hecha jirones—. Salarios, comida, gasolina, bombas, abogados, condiciones del seguro…

—¿Y el balance final?

—Un momento. —El dedo índice de Winston bailaba por el teclado de su calculadora de bolsillo—. Dieciséis millones, doscientos veinte mil, setecientos cincuenta dólares.

—¿Crees que podemos hacer que lo bajen hasta quince? —preguntó Oliver, deslizando el dedo por los surcos de mármol del entrecejo fruncido de Darwin.

No es que le importase. Si su hermana podía despilfarrar su fondo fiduciario coleccionando objetos de interés relacionados con Abraham Lincoln y si su hermano podía liquidarse el suyo haciendo películas biográficas sensibleras sobre estrellas del béisbol de la liga nacional, Oliver no tenía la más mínima intención de obstaculizar la financiación de un proyecto tan encomiable como éste.

—Tenemos muchas posibilidades —respondió Winston—. Verás, esos payasos nos necesitan de verdad. Casi perdieron la camisa en Pearl Harbor.

28 de julio.

Medianoche. Latitud: 30°6’N. Longitud: 22°12’O. Rumbo: 015. Velocidad: 6 nudos. Viento: 4 en la escala de Beaufort. Nos dirigimos hacia el norte cruzando la planicie abisal de cabo Verde, con las Canarias a estribor, las Azores justo delante, la Osa Menor justo encima.

Esta tarde, haciendo los preparativos para el transvase de sangre, hemos intentado perforarle la arteria carótida con una serie de cánulas conectadas, «la aguja hipodérmica más grande del mundo», como ha dicho Crock O’Connor. Tres metros debajo de la epidermis, Él se vuelve duro como el hierro. Sería más fácil reventar una pelota de fútbol con un plátano.

Suponiendo que no haya ningún motín en el ínterin, lo volveremos a intentar mañana.

¿Crees que lo del motín es una broma, Popeye? No lo es.

Algo extraño está pasando a bordo del Carpco Valparaíso. Cada vez que Bud Ramsey organiza una partida de póquer, uno de los jugadores hace trampas y todo el asunto se convierte en una pelea sangrienta. Aparecen pintadas en los tabiques de contención más rápido de lo que puedo ordenar que lo limpien con un chorro de arena: JESÚS SE ESTÁ CORRIENDO EN LOS PANTALONES, y cosas peores. (Yo no soy religioso, pero no permitiré esa mierda en mi barco.) Los marineros fuman constantemente cerca de los compartimientos de carga, rompiendo así la primera regla de seguridad en un petrolero.

Marbles Rafferty me informa de que no pasa ni una hora sin que alguien le aporree la puerta para denunciar un robo. Carteras, cámaras, radios, cuchillos.

Le dije a nuestro contramaestre, Eddie Wheatstone, que aprendía a aguantar bien la bebida o le ponía unos grilletes. Así que esta mañana, ¿qué hace el idiota? Se pone borracho perdido y destroza la máquina del millón de la sala de juegos, con lo que me ha obligado a meterle el culo en el calabozo.

El marinero preferente Karl Jaworski insistió en que sólo le había dado a Isabel Bostwick «un beso de buenas noches de amigo». Luego hablé con ella, una mujer de la limpieza, y me enseñó los cortes y los morados, y, después, se presentaron dos más, An-mei Jong y Juanita Torres, con marcas similares y quejas parecidas sobre Jaworski. Le metí en la celda de al lado de Wheatstone.