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Hasta hace 48 horas, nadie había muerto en un barco bajo mi mando.

Leo Zook. Un marinero preferente. El pobre desgraciado pilló una dosis letal de gas de hidrocarburo mientras estaba limpiando el tanque central número 2. Ahora viene la parte preocupante de verdad. La manguera de su equipo Dragen estaba cortada en trozos y, cuando Rafferty llegó, el compañero de limpieza de Zook —Neil Weisinger, aquel chico valiente que se encargó del timón durante el Beatrice—, estaba agachado junto al cadáver con una navaja suiza en la mano.

Cada vez que me acerco a la celda de Weisinger y le pido que me cuente lo que pasó, sólo se ríe.

—El cadáver está ejerciendo su control —así es como Ockham explica nuestra situación—. No el cadáver en sí, sino la idea del cadáver, ésa es nuestra gran enemiga, ésa es la fuente de este desorden. En los viejos tiempos —dice el padre—, tanto si eras creyente, no creyente o un agnóstico confundido, en algún nivel, consciente o inconsciente, sentías que Dios te estaba observando y esa intuición te controlaba. Ahora ya estamos en una nueva era.

—¿Una nueva era? —digo yo.

Anno Postdomini Uno —dice él.

La Idea del Cadáver. Anno Postdomini Uno. A veces creo que Ockham desvaría, otras creo que tiene toda la razón. Odio encerrar a mi tripulación, especialmente sin haberle abierto todavía una brecha en la arteria carótida a Dios y con todo esto lleno de tiburones, pero ¿qué otra opción tengo? Me temo que somos un barco apestado, Popeye. El cargamento se nos ha metido dentro, produciendo esporas y desovando, y ya no estoy seguro de quién remolca a quién.

Una sensación de profundo pesar inundó a Thomas Ockham cuando, llevando puestos la sudadera de Fermilab y los tejanos Levi Strauss, descendió por la escalera estrecha que llevaba al calabozo improvisado del Valparaíso. Decidió que así es cómo debía haber pasado su vida, sin el collar, moviéndose entre los rechazados y los encarcelados, poniéndose de parte de los marginados del mundo. Jesús no había malgastado el tiempo preocupándose sobre supercuerdas o alguna TDT eternamente elusiva. El Señor había ido adonde le necesitaban.

Más abajo que la sala de bombeo, más abajo incluso que la sala de máquinas, las celdas se hallaban a lo largo de un pasillo de estribor oscuro atiborrado de cables blindados y tubos que transpiraban. Thomas avanzaba encorvado. Los tres prisioneros eran invisibles, encerrados tras puertas de acero remachadas improvisadas con placas de las calderas. Lento, vacilante, el sacerdote caminaba por la hilera, pasando junto al vándalo Wheatstone y el libidinoso Jaworski, parándose ante el caso que más le perturbaba, el marinero preferente Neil Weisinger.

Veinticuatro horas antes, Thomas se había puesto en contacto con Roma. «En su opinión, ¿nuestro caos ético actual proviene de una fuerza palpable generada por el proceso de la descomposición divina», decía la última frase de su fax, «o de un efecto psicológico subjetivo producido por la teotanatopsis, es decir, la Idea del Cadáver?».

A lo que Tullio Di Luca había respondido: «¿Cuánto tiempo de viaje calcula que se perderá a causa de estos hechos?».

Fuera de la celda, Big Joe Spicer estaba sentado en una silla plegable de aluminio, con una pistola de bengalas sujeta con una correa al hombro con aire amenazador y un póster central de Playboy abierto en la falda.

—Hola, Joe. He venido a ver a Weisinger.

Spicer frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Un alma atribulada.

—No, está feliz como una almeja con la marea alta. —El segundo oficial metió una llave maestra de un dorado apagado en el cerrojo y la giró de repente como un conductor de coche de carreras encendiendo el motor—. Escuche. Si el chico hace algún gesto de amenaza —le dio unas palmaditas a la pistola de bengalas—, pegue un chillido y vendré a incendiarle la cara.

—Ya no te veo en misa.

—Es como follar, padre. Hay que tener ganas.

Al entrar en la celda, Thomas casi se atragantó con el olor, una mezcla nociva de sudor, orina y heces tratadas con productos químicos. Desnudo hasta la cintura, Weisinger estaba tendido en la litera, mirando hacia arriba como la víctima de un entierro prematuro contemplando la tapa de su ataúd.

—Hola, Neil.

El chico se dio la vuelta. Tenía los ojos del gris mate y apagado de las bombillas caducadas.

—¿Qué quiere?

—Hablar.

—¿De qué?

—De lo que pasó en el tanque central número dos.

—¿Tiene un cigarrillo? —preguntó Weisinger.

—No sabía que fueras fumador —dijo Thomas.

—No lo soy. ¿Tiene uno?

—No.

—Le juro que me iría bien un cigarrillo. Murió uno que odiaba a los judíos.

—¿Zook odiaba a los judíos?

—Cree que nosotros matamos a Jesús. Dios. Una de esas personas. ¿Y qué día es hoy, a todo esto? Aquí abajo se pierde la noción del tiempo.

—Miércoles, veintinueve de julio, mediodía. ¿Le mataste?

—Dios. No. ¿A Zook? Lo deseaba. —Weisinger bajó de la litera y, tambaleándose hasta el mamparo, se arrodilló junto a la cisterna, una tetera de cobre abollada llena de un agua del color de la cerveza Abbaye de Scourmont—. ¿Ha tenido alguna vez un momento de claridad pura y candente, padre Tom? ¿Ha mirado alguna vez a un hombre que se estuviera asfixiando mientras usted agarraba con fuerza una navaja suiza? Le despeja el cerebro de todas las telarañas.

—¿Cortaste la manguera de Zook?

—Claro que la corté. —El chico se salpicó el pecho pálido con puñados de agua sucia—. Pero tal vez ya estuviera muerto, ¿se le había ocurrido?

—¿Lo estaba? —preguntó Thomas.

—¿Qué importaría?

—Mucho.

—Hoy en día no. El gato no está, Tommy. Nadie nos vigila. Las Tablas de la Ley: fizz, fizz, han desaparecido, como dos Alka-Seltzer disolviéndose en un vaso de agua. Sea sincero, ¿no lo siente usted también? ¿No se da cuenta de que está soñando con su amiga Miriam y sus tetas de talla mundial?

—No pretendo fingir que las cosas no se han vuelto confusas por aquí últimamente. —Thomas apretó los dientes con tanta fuerza que le subió un hormigueo por el oído medio derecho. En efecto, sus cavilaciones respecto a la hermana Miriam habían sido intensas últimamente, incluidos los atributos que Weisinger había especificado. Y, que el cielo le amparase, incluso les había puesto nombres—. Reconozco que la Idea del Cadáver amenaza este barco —Wendy y Wanda—. Reconozco que estamos sumidos en el Anno Postdomini Uno.

Fizz, fizz, puedo pensar lo que me dé la puta gana. Puedo pensar en coger una pistola de aguja Black and Decker y perforarle los ojos a mi tía Sara. Soy libre, Tommy.

—Estás en el calabozo.

Weisinger metió una taza de café de Carpco en la cisterna, se llevó el agua a los labios y bebió.

—¿Quiere saber por qué le asusto?

—No me asustas. —El chico aterrorizaba a Thomas.

—Le asusto porque me mira y ve que cualquiera de los que están en el Val podría encontrar la libertad que yo tengo. Joe Spicer, que está ahí afuera, podría. Rafferty podría. ¿Seguro que no tiene un cigarrillo?

—Lo siento. —Thomas se movió sigilosamente hacia la puerta y se detuvo, paralizado por los remaches de acero; eran patológicos y obscenos, furúnculos en la espalda de un robot leproso. Tal vez no estuviera hecho para este tipo de trabajo. Tal vez sería mejor que se ciñera a la mecánica cuántica y a sus meditaciones sobre por qué Dios había muerto. Miró a Weisinger y dijo—: ¿Te ayuda hablar conmigo así?

—O’Connor podría encontrarla.