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—¿Te ayuda?

—Haycox podría.

—Siempre que tengas ganas de hablar, dile a Spicer que me mande a buscar.

—El capitán Van Horne podría.

—Quiero ayudarte de verdad —dijo el sacerdote, saliendo deprisa y a ciegas de la celda.

—Incluso usted podría encontrarla, Tommy —le gritó el chico—. ¡Incluso usted!

Cuando el taxi destartalado y hediondo se paró en el 625 de la calle Cuarenta y dos Oeste, Oliver se dio cuenta de que sólo estaban a una manzana de Playwrights Horizons, el teatro donde su obra favorita de Cassie, Runkleberg, se había estrenado en un programa doble con su menos favorita, Dios sin lágrimas. Señor, era un genio tan sexy. Por ella haría cualquier cosa. Por Cassandra robaría un banco, caminaría sobre brasas ardientes, enviaría a Dios al otro barrio de una explosión.

Vistas desde la acera, las oficinas de Nueva York de la Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial de Pembroke y Flume sólo parecían la fachada de otra tienda de Manhattan, indistinguible de unos cuantos establecimientos similares que ocupaban el lado civilizado de la Octava Avenida, esa zona desmilitarizada más allá de la cual los sex-shops y los espectáculos de striptease aún no habían avanzado. Sin embargo, en cuanto los tres ateos entraron, ocurrió un desplazamiento curioso. Entrando a trompicones en el vestíbulo oscuro, con el maletín balanceándose a su lado, Oliver se sintió como si se hubiera caído por el tiempo y hubiera aterrizado en el despacho privado de un magnate del ferrocarril del siglo diecinueve. Una alfombra persa absorbió sus pisadas. Un espejo de cuerpo entero y de bordes dorados se alzaba ante él, flanqueado por globos luminosos de cristal tallado salidos directamente de la era de la luz de gas. Un reloj de pie inmenso anunció la hora, las cuatro de la tarde, tocando con tanta languidez como para sugerir que su verdadero propósito no era marcar el paso del tiempo sino exhortar a la gente a que se tomaran las cosas con más calma y a que saboreasen la vida.

Una mujer alta de cuello de cisne, con un sombrero de fieltro con ala curva de Mary Astor y un traje chaqueta azul cielo con hombreras, fue a su encuentro y, si bien era obvio que era demasiado joven para ser la madre de Pembroke y Flume, trató a los ateos menos como a clientes que como a un grupo de niños del barrio que hubiesen venido a jugar con sus hijos.

—Soy Eleanor —dijo, conduciéndoles a una oficina pequeña con paneles, afortunadamente con aire acondicionado. Las paredes estaban decoradas con pósters. PEMBROKE Y FLUME PRESENTAN LA BATALLA DE LAS ARDENAS (la T formada por la boca del cañón de un tanque)… PEMBROKE Y FLUME PRESENTAN ATAQUE CONTRA TOBRUK (grabado en las almenas de un puerto fortificado)… PEMBROKE Y FLUME PRESENTAN LA LUCHA POR IWO JIMA (escrito en sangre sobre una duna)—. Apuesto a que os apetecería algo frío y líquido, chicos. —Eleanor fue tranquilamente hasta una nevera Frigidaire de principios de los cuarenta y abrió la puerta, dejando ver un montón de etiquetas clásicas: Ruppert, Rheingold, Ballantine, Pabst Blue Ribbon—. Cerveza nueva en botellas viejas —explicó—. Budweiser, de hecho, de la bodega de la esquina.

—Yo me tomaré una Rheingold —dijo Oliver.

—Pabst para mí —dijo Barclay.

—Ah, las pseudoelecciones del capitalismo tardío —dijo Winston—. La mía que sea una Ballantine.

—Sidney y Albert están en la sala trasera escuchando su programa favorito. —Eleanor sacó las cervezas y las abrió con un abridor de Jimmy Durante pintado a mano—. La segunda puerta a la izquierda.

Cuando Oliver entró en la sala en cuestión —un santuario oscuro y acogedor decorado con pin-ups de Esther Williams y Betty Grable—, una voz de hombre aguda y atenuada le saludó:

—… donde descubrieron que el Dr. Seybold había perfeccionado su energizador cosmo-tómico. Escuchen ahora mientras Jack y Billy investigan esa casa de piedra solitaria conocida como el Castillo del Diablo.

Dos hombres jóvenes y pálidos estaban sentados en los extremos opuestos de un sofá de terciopelo verde, con una Ruppert en la mano e inclinados hacia la mesa de centro Chippendale en la que descansaba una antigua radio estilo catedral, aunque era obvio que el sonido provenía del magnetófono que tenía al lado, al que estaba conectado. Al reparar en sus visitas, uno de los hombres sacó un cigarrillo de un paquete amarillento de Chesterfield mientras que el otro se levantó, se inclinó cortésmente y le estrechó la mano a Barclay.

En la radio, un adolescente dijo: «¡Ballenazas y pececitos, Jack! ¿Te imaginas una nación extranjera que tuviera toda esa energía eléctrica por nada? ¡Nos veríamos reducidos a un país indigente!».

Barclay hizo las presentaciones. Como el nombre «Pembroke y Flume» parecía sugerir un equipo cinematográfico humorístico cuyos sellos característicos incluían la disparidad física entre sus componentes —Abbott y Costello, Laurel y Hardy—, a Oliver le sorprendió la similitud entre los empresarios teatrales. Podrían haber sido hermanos o incluso gemelos bivitelinos, una impresión que parecía reforzada por los trajes a juego a rayas rojas y negras, de chaquetas largas con hombreras y pantalones anchos de cintura alta, típicos de los años cuarenta, que colgaban de sus cuerpos alargados: cuerpos Giacometti, decidió Oliver, el artista. Ambos hombres tenían los mismos ojos azules, empastes dorados y pelo rubio engominado, y fue sólo gracias a un esfuerzo de concentración que distinguió el semblante abierto y sonriente de Sidney Pembroke del rostro más austero y un tanto siniestro de Albert Flume.

—Veo que Eleanor les ha ofrecido unas cervezas —dijo Pembroke, sacando la cinta—. Bien, bien.

—¿Qué estaban escuchando? —preguntó Winston.

Jack Armstrong, el chico típicamente americano.

—No tengo ni idea de lo que es.

—¿De verdad? —preguntó Flume con una mezcla de incredulidad y desdén—. No lo dice en serio.

Con lo cual los socios se pasaron el brazo por el hombro el uno al otro y cantaron.

¡Agitad la bandera por el Instituto Hudson, chicos, mostradles que somos el primero! ¡Nuestro equipo será siempre el campeón, conocido en el país entero!

—Hay programas mejores, por supuesto —aseguró Flume, encendiendo el cigarrillo con un Zippo plateado—. El avispón verde: «Va a la caza de las presas mayores: ¡los enemigos públicos que intentan destruir nuestra América!»

—E Inner Sanctum, si de verdad se tienen nervios de acero —añadió Pembroke.

Flume se volvió directamente hacia Oliver, dándole una larga calada al Chesterfield.

—Me han dicho que su organización desea contratar nuestros servicios.

—Me dieron una cifra que se aproximaba a los quince millones.

—¿Ah, sí? —dijo Flume enigmáticamente. Estaba claro que él era el socio dominante.

—¿Podría contarnos algo más sobre el objetivo? —preguntó Pembroke, ansioso—. Todavía no tenemos una idea clara.

A Oliver se le heló la sangre. Ya había llegado el momento en que debía explicar por qué destruir un cadáver de siete millones de toneladas que no pertenecía a ninguno de ellos era una línea de acción necesaria. Abrió el maletín y sacó una foto en color de 8 x 10 que puso en equilibrio sobre el mueble de la radio.

—Como saben —empezó—, los japoneses siempre han estado acomplejados por su altura.

—¿Los japos? —intervino Flume, con aspecto perplejo—. Así es.

Por el momento todo iba bien.

—Según la interpretación freudiana de la Segunda Guerra Mundial, buscaban expandirse horizontalmente para compensar su incapacidad genética para expandirse verticalmente. Como especialistas de aquel conflicto en particular, sin duda estarán familiarizados con esta teoría.