—Sí, claro —aseguró Pembroke, aunque Oliver se la había inventado el martes anterior.
—Bien, caballeros, en resumidas cuentas, el hecho es que a principios de este año un equipo de científicos japoneses que estaba en Escocia descubrió un modo de expandirse verticalmente. Explotando los últimos adelantos en la ingeniería genética, han desarrollado el asiático del futuro: la criatura humanoide gigantesca cuyo prototipo ven en esta foto. ¿Me siguen?
—Parece un guión rechazado del Avispón verde —soltó Flume, enrollándose la cadena de oro del reloj alrededor del dedo.
—Lo llaman el Proyecto Golem —dijo Barclay.
—La mayoría de los golems son judíos —añadió Winston—. Éste es japonés.
—¿Los japos están en Escocia? —dijo Pembroke.
—Los japos están por todas partes —recalcó Flume.
—Hasta ahora no han logrado dotar de vida a su golem —dijo Winston—, pero si algún día lo consiguen… bueno, ya se imaginan el peligro que una mega-especie así representaría para el medio ambiente, por no decir nada del sistema de la libre empresa.
—Jack Armstrong se cagaría en los calzoncillos —dijo Barclay.
—Por suerte, las próximas semanas nos ofrecen la oportunidad perfecta para parar en seco el Proyecto Golem —prosiguió Oliver—. Desde que empezó la época de calor, los científicos han estado buscando un modo de congelar el prototipo antes de que se pudra. Entonces, el pasado miércoles, decidieron engancharlo al superpetrolero Valparaíso y remolcarlo hasta más allá del círculo polar ártico.
—Valparaíso, ése no es un nombre japonés —apuntó Pembroke.
—Tampoco lo es “Rockefeller Center” —dijo Winston.
—No entiendo por qué una empresa privada tiene que enmendar este asunto —dijo Flume—. Los Estados Unidos de América cuentan con la mayor marina del mundo. Mucho más grande que la mía y de Sid.
—Sí, pero no se puede usar la Marina americana sin la aprobación del Congreso —dijo Barclay.
—¿La CIA?
—Buena gente, pero nunca la movilizaríamos a tiempo —dijo Oliver.
—Está claro que éste es un trabajo para hombres de negocios preocupados como nosotros —intervino Winston—. Capitalismo vigilante, ¿eh?
—No soy de esos tipos místicos —dijo Barclay—, pero intuyo que no es una casualidad que su barco se llame Enterprise.
Oliver tomó un buen trago de cerveza.
—Así que, ¿qué opinan?
Pembroke le lanzó una mirada afligida a su socio.
—¿Qué opinamos, Alby?
Flume sacudió la ceniza del cigarrillo en un cenicero de peltre con la forma de Dumbo, el elefante volador.
—Opinamos que nos huele mal.
—¿Que les huele mal? —soltó Oliver, despegando la etiqueta de su botella de Rheingold.
—Tan mal como la bodega de un barco pesquero portugués.
—¿Ah, sí?
—Opinamos que esta cosa que quieren quitarse de en medio puede que sea un golem japonés y también puede que no lo sea. —Flume tomó una calada e hizo una «o» de humo—. También opinamos esto: el dinero manda. Ha mencionado quince millones. Es un buen comienzo. Un comienzo bueno de verdad.
—Es más que un comienzo —gruñó Oliver.
—En efecto. Pero resulta que…
—De acuerdo, dieciséis.
—Resulta que no nos está pidiendo que hagamos una representación normal. En ciertos aspectos, esto es algo auténtico. —Flume hizo dos «oes» esta vez, una dentro de la otra—. Las guerras acostumbran a pasarse del presupuesto.
—Puede que no baste un solo ataque para eliminar al objetivo —explicó Pembroke con más detalles—. Los aviones podrían tener que regresar al Enterprise y rearmarse.
—Última oferta —dijo Oliver—. Se acabó. Es fantástica. ¿Listos? Diecisiete millones de dólares. Por una cantidad así, podrían montar un musical sobre el texto de educación cívica que tenían en octavo, representarlo en la parte trasera de la luna y mantenerlo en cartel diez años.
Si los empresarios teatrales hubieran sido perros, decidió Oliver, se les habrían disparado las orejas hacia arriba y se hubieran quedado así.
—Cacique —murmuró Flume en una voz baja y reverente.
—¿Qué? —dijo Oliver.
—Operación Cacique. Un viejo sueño nuestro.
—Ya sabe… Normandía —dijo Pembroke con el mismo respeto.
—El día D —continuó Flume—. Es decir, si lo de los diecisiete millones de dólares va en serio, en serio de verdad, sin condiciones, entonces, con un poco de suerte, como quizá el trabajo resulte ser pan comido, ya saben, que baste con un ataque, bueno, sería probable que nos sobrara lo bastante para un Día D. Entero. Los bombardeos de diversión, el desembarco anfibio, la expansión a través de Francia. Una empresa arriesgada, seguro, pero predigo que reportará beneficios, ¿no, Sid?
—Diría que los suficientes para financiar Stalingrado —dijo Pembroke.
—O Arnhem, ¿eh? —añadió Flume—. Cuarenta mil paracaidistas aliados cayendo del cielo como aguanieve.
—O quizá incluso Hiroshima —dijo Pembroke.
—No —replicó Flume con firmeza.
—¿No?
—No.
—¿De mal gusto?
—Deplorable.
—La Segunda Guerra Mundial —suspiró Pembroke—. Nunca volveremos a ver algo igual.
—Vamos a dejar una cosa clara —dijo Oliver—. No pueden limitarse a dañar el golem, tiene que desaparecer sin dejar rastro.
—Corea fue como un callejón sin salida horrible —insistió Pembroke.
—Esperamos que separen las cadenas de remolque con una explosión —dijo Oliver—, y envíen a ese capullo directamente al Dorsal de Mohns.
—Vietnam tenía posibilidades —dijo Flume—, pero entonces los hippies se hicieron con él.
—Y ni nos hablen de la Operación Tormenta del Desierto —dijo Pembroke.
—Un videojuego pésimo —aseguró Flume.
—Una maldita miniserie —corroboró Pembroke.
—¿Me entienden? —preguntó Oliver—. El cargamento del Valparaíso tiene que desaparecer.
—No hay problema —contestó Flume—. Sólo que aquí seguimos la costumbre de la Marina de los EEUU, ¿vale? Nada de «el» antes del nombre de un barco. Es Valparaíso, no «el» Valparaíso. Enterprise, no «el» Enterprise. ¿Entendido?
Pembroke se acercó a la fotografía y clavó el dedo índice en el pecho de la carcasa.
—¿Por qué sonríe así?
—Si usted fuera así de grande —dijo Barclay—, también sonreiría.
—¿Tienen alguna razón para sospechar que no tendremos el campo libre para disparar? —preguntó Flume—. Cuando el Bombardero de Reconocimiento Seis hundió Akagi, el comandante McClusky tuvo que soportar todo tipo de mierda, cazas, barcos de protección, fuego antiaéreo. Valparaíso no lleva ningún cañón Bofor, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Winston.
—¿Ningún destructor de escolta?
—Nada parecido.
—Vaya —dijo Pembroke, sonando un tanto decepcionado—. Creo que deberíamos usar cazas torpederos Devastator TBD-1, ¿no, Alby?
—Está claro que serían los más efectivos contra un objetivo de esta clase —admitió Flume, asintiendo con la cabeza—. Por otra parte… —De repente el empresario teatral se quedó absorto y cerró los ojos.
—¿Por otra parte…? —dijo Winston.