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Devoró la ración en cuatro mordiscos grandes.

—Tengo un trabajo para ti.

Neil levantó la vista. Dolores Haycox estaba de pie ante él, su forma baja y fornida envuelta ahora en un mono beige de Exxon.

—Necesitamos pontones —dijo ella, entregándole a Neil un juego de pistolas de aguja que funcionaban con pilas—. Cuatro.

—A la orden.

—Llévate a Mungo, a Jong y a Echohawk. Encuentra algunos bidones de doscientos litros. Que estén bien. Vacíalos.

Le dio una calada a su Marlboro.

—Entendido.

—Vamos a salir de este lío, Weisinger.

—Y que lo digas, capitana Haycox.

Después de media hora de excursión a través de una marisma plagada de aerosoles y pañales desechables, Neil y sus tres camaradas de barco llegaron al vertedero de sustancias químicas más cercano, un pantano oscuro y viscoso en el que había montones de bidones de doscientos litros tirados como trozos de piña suspendidos en gelatina. La mayoría de los bidones estaban agrietados y goteaban, pero Mungo no tardó en descubrir un grupo que, al parecer, habían sido sellados contra la corrosión del agua salada por los que los habían tirado, haciendo un esfuerzo por aplacar sus conciencias o para cubrirse las espaldas. Los marineros encendieron las pistolas de aguja y se pusieron a trabajar, quitando el óxido de las tapas con el cuidado extremo que ponen los neurocirujanos al cortar lóbulos frontales: había que soltar las tapas pero sin que sufrieras ningún daño en el proceso.

Mientras Neil soltaba su tapa, le llegaron dos imágenes turbadoras.

Leo Zook, asfixiándose.

Joe Spicer, sangrando.

Reuniendo todos sus poderes paganos, toda la fuerza del Anno Postdomini Uno, se arrancó sus rostros lívidos de la mente.

Destapó el bidón, lo puso de lado y miró con una fascinación aterrorizada como algo que parecía una mucosidad negra y olía a azufre quemado fluía hacia el norte. Enroscó la tapa con fuerza. A los pocos minutos, Mungo, Jong y Echohawk estaban vaciando sus bidones respectivos: un torrente súbito de porquería amarilla apestosa, un chorro constante de sirope marrón hediondo, un hilo lento de pus violeta y acre.

Como Sísifo haciendo rodar su piedra, Neil empezó a empujar el bidón por la marisma, seguido por sus compañeros, y al atardecer los cuatro pontones estaban a salvo dentro de las murallas de la ciudad.

Los desertores se levantaron al amanecer, llevaron la mesa de banquetes a la playa y amarraron los bidones con alambres y correas de ventiladores, gorroneadas del cementerio de coches más cercano. A las 0800 la nave, bautizada Cornucopia, estaba lista para hacerse a la mar. La capitana Haycox asumió una posición de mando en la proa, justo al lado de los barriles de agua fresca. Echohawk, nombrado primer oficial, llevaba el timón. Ramsey y Horrocks se sentaron en medio de la balsa, asiendo fuertemente con los puños dos cables de arranque cuyas abrazaderas habían retorcido para formar anzuelos. Mungo y Jong cogieron un par de parachoques corroídos de Datsun y se pusieron a remar.

En la playa, Neil miró cómo la Cornucopia chocaba contra las olas y desaparecía en las lejanas aguas oscuras. Cuando la niebla envolvió la balsa, dio la vuelta y se unió a la marcha pequeña y solemne que regresaba a la ciudad.

Durante los dos días siguientes, Neil y sus compañeros se quedaron en el museo, holgazaneando en el patio embarrado como londinenses del siglo catorce sometidos a la Peste Negra. Hablaban en gruñidos. Soñaban con comida. No sólo con las delicadezas acuáticas que la misión de la capitana Haycox les había prometido (crema de langosta, sopa de abadejo, pastel de pez aguja), no sólo con la comida de imitación de franquicias de la cocina de Follingsbee, sino con los platos marineros como los de antes: galletas, picadillo de galletas saladas, bollos del guardiamarina, arroz con melaza. La niebla se hizo más densa. Las oraciones flotaron hacia el cielo. Cayeron lágrimas. Neil se imaginó que el razonamiento de cada marino no era diferente al suyo. Sí, Haycox y su tripulación podrían romper el pacto, pescar alegremente hasta llegar a Portugal y no preocuparse jamás de salvar a sus compañeros abandonados, pero eso constituiría una traición a escala cósmica. Hay honor entre los hambrientos, intuyó el marinero preferente. Una fraternidad incomprensible une a aquellos que piensan seriamente en cortarse sus propios dedos del pie y masticar la carne de los huesos.

—Os odio —murmuró Isabel Bostwick—. Os odio a todos. A vosotros… hombres, a vosotros y vuestras canalladas. Hay una línea muy delgada entre una orgía consensual y una violación, eso es algo que he aprendido en este viaje, una línea muy fina.

—Yo no vi que te preocuparas por ninguna línea fina durante la fiesta —dijo Stubby Barnes.

—Será mejor que no esté embarazada —se quejó Juanita Torres.

—Si no paramos de hablar —intervino Neil—, perderemos las fuerzas.

A la mañana del tercer día, la pequeña compañía de la Cornucopia entro tambaleándose en el museo. Tenían las caras desinfladas y surcadas de arrugas, como si estuvieran pintadas en globos de helio que estuvieran expeliendo el aire. Las noticias eran malas por partida doble. No sólo había una barricada infranqueable de trombas y vorágines rodeando la isla Van Horne, sino que sus bahías y ensenadas estaban tan desprovistas de peces como los mares polvorientos de la luna.

—Sólo nos comimos lo que nos correspondía —dijo Haycox, dejando labolsa del cebo en las losas.

Uno a uno, los marineros que se habían quedado avanzaron y cada uno de ellos metió la mano en la bolsa y sacó la cantidad que le tocaba. La porción de Neil consistía en media barrita de Three Musketeers en la que había siete pasas, un caramelo LifeSaver de cereza y seis cereales Alpha-Bits cubiertos de azúcar, C, T, I, S, B, E. No pudo evitar darse cuenta de que las letras, reordenadas, decían BISTEC.

17 de agosto.

Rumbo: a ninguna parte. Velocidad: 0 nudos.

Regresaron hace veinticuatro horas, débiles, mareados y asustados, saliendo a trompicones de la niebla como, en palabras de Ockham, «una panda de extras de La noche de los muertos vivientes». Nunca había visto una pandilla de marineros tan desaseados en mi vida. Conducidos por su falsa capitana, Dolores Haycox, tiraron las armas, bazukas, cañones lanzaarpones, pistolas de bengalas, detonadores y alfanjes de adorno, y se reunieron a la sombra del casco.

Su llegada no sorprendió a Ockham. Al regresar de la ciudad, me dijo que sus provisiones se habrían terminado antes del día 9, tan frenética era su bacanal. Suponiendo que el padre lo hubiera calculado correctamente, los amotinados habían aguantado durante más de una semana después de comerse el último bocado.

Impresionante.

Al momento en que les vi, ordené que subieran el ancla, dejando a los cabrones encerrados afuera. Es como una locura de sitio a la inversa, los defensores atrapados comiendo, el ejército exterior muriéndose de hambre. No soy un hombre cruel. No soy el capitán Bligh. Sin embargo, si no les doy a Rafferty y a los otros que me son leales lo que nos queda de nuestras reservas, no tendrán la energía para seguir llevando a la Juan Fernández en las expediciones de pesca que son nuestra última, mejor y única esperanza. Hasta ahora, nadie ha llegado a más de tres kilómetros de la costa antes de toparse con un muro de turbulencias de seis metros, imposible de penetrar para una embarcación pequeña. No obstante, dentro de la zona navegable seguro que encontraremos peces.

Anoche le ordené a Follingsbee que hiciera un inventario nuevo, esta vez añadiendo todo lo que se pueda considerar remotamente como comida.