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– No particularmente, pero un hombre bueno.

– A mí me gustó de primeras.

– Le pasa a todo el mundo. Me llevó un tiempo larguísimo entender qué estaba mal. -La banda tocaba Deep Purple, y Julie todavía tenía que gritar cuando dijo "mal" una pizca de pan mojado del tamaño de una semilla de sésamo salió y le quedó pegada en el mentón.- Ted no conocía el sufrimiento -chilló-. Era bastante bueno. Si uno estaba enfermo o si le andaban mal las cosas, traía un medicamento o preguntaba qué podía hacer para ayudar, decía que lo lamentaba. Era sincero pero vacío. Simplemente no se conectaba.

– No tiene sangre rusa -dijo Czesich.

– Es así.

Julie usó la servilleta.

– Finalmente me di cuenta de que nunca íbamos a ir más allá de una agrada-, ble amistad sexual, y eso no me bastaba. Y no podía hacer nada para cambiarlo.

– Podías haber intentado hablar con él.

– Lo hice, varias veces. Era como…

– Tratar de describir cómo se hace el amor con una virgen.

– Iba a decir como tratar de describir la Unión Soviética a alguien que nunca estuvo allí. ¿Qué te pasa esta noche? No eres más que chistes y sexo. No es tu modo de ser.

– Estoy nervioso por algún motivo.

– ¿Por qué?

– Todo me parece vacío -dijo Czesich, pero no era lo que había planeado decir, y resultó entre gracioso y autocompasivo.

– Lo siento. Estaba hablando de Ted. En realidad no pregunté.

– No importa -dijo él, pero eso también sonó mal.

Ahora que los ruidos de la banda por fin se habían calmado por un minuto, ninguno de los dos encontraba qué decir. Oyeron gritos en la cocina. El camarero les trajo la comida -cubitos de cordero y cebolla y una pequeña porción de tomates- y colocó los platos con un cierto ademán triunfal.

– ¿Bien? -le preguntó a Czesich.

– Perfecto. -El camarero levantó una ceja mirando a Julie y se fue.

– ¿Y todavía escribes? -le preguntó Czesich.

Julie se encogió de hombros. Una vez le había confesado el deseo de escribir novelas, y cada vez que él lo mencionaba ahora, ella parecía pensar que le hablaba en broma.

– Un diario. Un diario literario, la mitad sobre los soviéticos y la embajada, y la mitad sobre mí. Lo empecé después que Ted y yo nos separamos. Como un sustituto terapéutico -intentó una sonrisa.

– ¿Lamentas no tener hijos?

– A veces. -La preocupación había vuelto a su cara.- ¿Qué tiene que ver eso?

– ¿Cuándo lo lamentas más?

– Cuando oigo a otras mujeres hablar de un nacimiento. ¿Por qué?

– No sé -dijo Czesich-. Algo en Ted me hizo pensar… Yo tuve estas fantasías de paternidad cuando Marie quedó embarazada. Siempre era un varón, y siempre lo veía de ocho o diez años. Patinábamos juntos en un lago helado o simplemente estábamos sentados en algún lugar tomando una limonada y hablando, pero siempre había un entendimiento perfecto.

Ella asintió, mientras cortaba una pequeña tajada ele cordero.

– Y fue un poquito así con Ted, durante siete años. Vivíamos en ese clima de respeto mutuo, y luego el clima se rompió y todo ha resultado distinto desde entonces, nunca del todo bien.

– Pero hubo momentos.

– Sí, claro. Simplemente me preguntaba si Ted no habría encontrado la manera de quedar en ese estado para siempre. De modo que no haya una brecha tan grande entre lo que es y lo que desea.

– El dinero ayuda.

– Es más que dinero. Religión, quizá.

– No con Ted -Julie sonrió-. Es simplemente su modo de ser. Hasta está satisfecho con el divorcio. -Hizo un gesto con las manos como para decir: "Basta". Sus pendientes se agitaron y brillaron. Czesich se preguntó si serían un regalo, y de quién.- ¿Cómo está Michael?

– Michael es gay.

– Nunca me lo dijiste -dijo Julie, como si Czesich lo hubiese sabido desde siempre.

– Vive en Reno y creo que trafica en drogas o vende su cuerpo o las dos cosas, porque no tiene ningún medio visible de vida y le manda a Marie un cheque todos los meses.

– ¿Ella lo sabe?

– No. El me pidió que no se lo dijera.

– ¿Te preocupa?

– Por razones de salud claro que me preocupa. La prostitución, si es prostitución, me preocupa en primer término. Las drogas me preocupan en segundo término. Lo que haga con sus genitales, en realidad, sinceramente, no me preocupa. Cuando me repuse de la impresión inicial me pareció obviamente adecuado para él. -Czesich chupó un trozo de grasa de cordero y bebió vino.- Le hice una visita en junio, sin anunciarme. Tenía la dirección y esperé frente al edificio de apartamentos. Fue muy cortés, me condujo arriba. Le dije que había estado jugando en Las Vegas y se me había ocurrido detenerme al pasar.

– ¿Fuiste a averiguar si era gay'?

– Claro que no. Fue un impulso, como todo lo que hago. Mis fantasías paternales se habían reducido a dos llamadas telefónicas al año y fui a revivirlas o algo así, para hacerlas a un lado.

– Imagínate crecer como gay en Boston.

– Imagínate.

– Vuelvo en un minuto -dijo Julie. Tomó su cartera y pasó al lado de los bailarines en dirección a los baños. Cuando el camarero fue a levantar los platos, Czesich le dio los cigarrillos, luego siguió sentado tomando coñac y observando a los bailarines en la pista. Se preguntaba si Julie y él volverían a dormir juntos otra vez ahora que ella estaba sola, y por qué de pronto esto se volvía tan importante, Por qué las cosas se volvían tan urgentes repentinamente, como si el hielo se hundiera bajo sus pies mientras patinaba hacia la orilla opuesta.

– Creo -dijo Julie cuando volvió- que el rublo va a lograr la convertibilidad antes de que los soviéticos capten el concepto de los baños públicos limpios.

– ¿Tan malo?

– Lo bastante malo como para que deseara ser varón.

Czesich miró la cuenta. La comida costaba menos que la "propina".

– Me gustaría quedarme sentada un rato y luego me encantaría bailar -le dijo.

– Muy bien.

– ¿Estás en forma?

– Czesich se palmeó el abdomen blando.

– ¿Cómo descubriste que Mike era gay?

– Fui al baño y vi una pila de Blueboys en la canasta de lectura. No terminaba de encajar con mis fantasías paternales. Me sentí tonto por no haberlo adivinado.

– ¿Se lo dijiste?

– Claro. Salí y le dije: "Michael, eres gay". Y él contestó: "Sí, papá", sar-cásticamente, como un "Ahora te das cuenta". Fuimos a cenar a un lugar elegante y él insistió en pagar. Cuando le pregunté como se ganaba la vida me dijo: "Una tarea de horario reducido". Cuando le pregunté qué clase de carrera tenía en mente para él, dijo que estaba pensando en un empleo estatal.

– Tiene el ingenio de su padre.

– Czesich había bebido lo bastante como para decir:

– ¿Sabes qué pienso a veces? Pienso en él con el pene de otro hombre en la boca.

– No es tan sorprendente.

– ¿No?

– Si tuvieras una hija podrías imaginarla en cama con el marido. Esas son simplemente las cosas secretas de las que nadie habla, Chesi. nadie excepto tú.

– A veces pienso que el tipo con el pene en la boca subconscientemente soy yo.

– ¿En tu subconsciente o en el suyo?

– En el suyo. Tratando de derribar la barrera. Cuando hablo con él por teléfono eso es todo lo que encuentro, barrera tras barrera.

– Engañaste a su madre -dijo Julie.

Por un instante, Czesich no pudo hablar. Si hubiera podido hablar habría dicho: "Contigo".

– ¿La visita ayudó?

Encogió los hombros. La vida imaginaria nunca podría ser igualada en la realidad. Suponía que Marx tendría algo que decir sobre el tema.

La banda tocaba una canción lenta y Julie lo invitó a bailar.