– Invítame a subir.
Ella le apretó la mano y dijo que no con la cabeza, la preocupación ahora franca, con todas sus letras.
– Estoy viéndome con alguien, Chesi…
– ¿Con quién?
Frunció el entrecejo, vaciló.
– Alguien de la embajada. Peter McCauley. Está en asuntos culturales.
– ¿Amor? -dijo Czesich, pero su voz lo traicionó, temblorosa como la de un viejo.
Ella volvió a fruncir el entrecejo, la cara llena de preocupación, pálida y tensa.
– Piensa en el trabajo. Podemos cenar el jueves por la noche, y hablar un poco más.
– ¿Por qué el jueves? -dijo él, pero ya se había ido.
La suite del hotel era extravagante, estrictamente zarista, cuatro habitaciones amuebladas con todo, desde cubiertos a un bidet. En cualquier otro país en la tierra lo habría desconcertado; aquí sólo formaba parte del juego, una ironía marxista-leninista más. Aquí era un Direcktr, la palabra evocaba nobleza. La gente esperaba cierta pompa y firmeza.
Antes de salir para el Ladoga, había colocado los candelabros italianos que a ella le gustaban, una botella de vodka en hilo, y un vaso con flores por si Julie volvía con él. Ahora estas estatuas de optimismo, dispuestas en la mesita de café, se burlaban de él. Julie estaba más linda, más elegante, más rica, más exitosa. Dejando de lado el Departamento de Estado, había llevado una vida de dedicación y honor personal, y él había hecho una vida de indecisión y de protesta estúpida, apuntándole a Filson con el dedo a sus espaldas. "La cuestión es -le había dicho ella una vez en el hotel en El Salvador cuando discutían sobre la guerra-, que tienes que elegir un lado y aferrarte a él, con todas sus imperfecciones, en la fortuna o en la adversidad. De otro modo no eres una persona seria."
Esa noche también, la línea entre lo político y lo personal se había desdibujado. Había sido demasiado bondadosa para mencionar a Marie, pero la sugerencia era clara: En la fortuna o en la adversidad. Lo veía como un cobarde.
Tomó un rápido trago de vodka, mordisqueó una galletita con queso, y miró fijamente el teléfono del comedor, resistiéndose todavía a abandonar las últimas briznas de esperanza. Salía con otras personas, mujeres profesionales de Washington en sus cuarenta o cincuenta años, almas solitarias como él girando en el vacío con sus hijos satélites y ojos secos y heridos. Se podía pasar buenas horas con esas mujeres, conversación inteligente, buen sexo, momentos cercanos a la intimidad, pero no había historia, e historia era lo que él quería esta noche, buena o mala.
Pidió una llamada a Nevada pero le dijeron que tendía que esperar.
– ¿Cuánto tiempo?
– ¿Cómo podría yo saberlo? -espetó el operador-. Cuelgue y espere.
Colgó y esperó, imaginando a ese Peter McCauley. No tenía urgencia por dormir, ninguna esperanza de renacer en Vostok a menos que Puchkov cayera muerto o el Secretario de Estado pasara por encima del embajador Haydock. No podía imaginar qué podría hacer hasta el jueves por la noche para demostrarle a Julie que por fin había elegido un lado, que Marie DeMarco no tenía ya ningún derecho sobre él, que él había cambiado. Quizá Michael lo iluminara. Otra vez.
Mucho más vacía la botella, el teléfono sonó. Czesich levantó el auricular, oyó la voz del operador, luego la de su hijo.
– ¿Interrumpo? -dijo, hablando con cuidado para que Michael no se diera cuenta de que había estado bebiendo.
– Nunca, papá. Estás borracho.
– Estoy en Moscú.
– Tu lugar favorito del planeta ¿no?
– Me recuerda a Nevada -dijo, y a través de la cambiante niebla del alcohol escuchó la risa de su hijo-. ¿Estás bien?
– No podría estar mejor.
– ¿Te cuidas?
– Al extremo. Demasiado, en exceso.
Czesich supuso que había alguien más en la habitación y que Michael estaría haciendo muecas por encima del hombro mientras hablaba.
– Los dos estaremos en Boston para Navidad. En casa de tu madre.
– Magnífico.
– Quiero verte más.
Michael se quedó callado, asombrado hasta el silencio, pensó Czesich. A la gente no le gusta que uno cambie cuando ya es un hombre maduro, no les inspira confianza.
– Voy a comprar una granja pequeña en Vermont -dijo abruptamente para llenar el silencio incómodo. Tenía una visión creada por el vodka, completa hasta el mínimo detalle. Veía la granja, olía el humo de leña de la chimenea del vecino y sentía que caminaba por una calle de tierra-. Ya la estoy viendo. Puedes ir allá si quieres y te daré una parcela de tierra para una casa. ¿Qué te parecería?
– Magnífico, papá -dijo Michael, sin entusiasmo.
Czesich estaba sentado en el brazo del sofá mirando una pared verde mate.
– Esto no es otro de esos planes de cinco años, sabes. Tengo mucho viático ahorrado y una buena pensión. Puedes traer un amigo. Esta vez no es mera charla.
– Lo sé. Te creo.
– ¿Me crees?
– Claro. ¿Por qué no?
– Porque todos estos años me he portado como una mierda, por eso.
– No es verdad, papá. No es verdad.
– Tienes la bondad de tu madre.
– Si tú lo dices.
– Deja de mandarle cheques, Michael. Yo ya le mando cheques. Ahora tiene un salario decente. Quiero que uses el dinero para ti.
– Está bien. -Michael cubrió el micrófono por un instante, y Czesich no oyó nada más que un zumbido muy débil.- Tengo que salir, papá. Llama cuando estés en casa, ¿de acuerdo?
– Ten cuidado.
– Siempre.
Llama cuando estés en casa. La habitación giró suavemente. Czesich tomó otro trago más de vodka (la Medicina del Olvido, lo llamaban sus amigos soviéticos) y se puso de pie, fue hasta el armario, y con una eficiencia torpe de borracho empezó a hacer su maleta.
8
Agosto 6 de 1991
Siempre que un presidente visita la embajada, siempre que hay una delegación del Congreso en la ciudad, un secretario de estado o un grupo de hombres de negocios importantes, esta adquiere el aspecto de un montón de hojas otoñales desbandadas por un golpe de viento. Los recursos del edificio -su gente, sus teléfonos, sus fotocopiadoras y pantallas de ordenador acreditadas por la seguridad, hasta las mesas de su cafetería son atrapados por un fuerte ventarrón proveniente de Estados Unidos y puestos a girar en un enloquecido remolino; luego lo dejan caer todo patas para arriba por toda la calle Chaikovsky. Hay que pasar las dos semanas siguientes recolectando todo y poniendo cada cosa en su lugar, devolver nuestra atención a las mil tareas diarias que constituyen la presencia oficial de Estados Unidos con este país. Escribimos, acreditamos y enviamos cables. Recogemos información secreta y no tan secreta, e invitamos a refuseniks (especie todavía no extinta) a ver películas en la Casa Spaso. Procesamos solicitudes de visados, monitoreamos la prensa local, nos aseguramos de que la piscina de la embajada esté adecuadamente filtrada, de que haya bastantes clases diferentes de cereales en la despensa y de que todos reciban su anteo. Aquellos de nosotros que están interesados en el "país que nos hospeda " nos dedicamos a prestar atención a cada nueva escena de su drama en desarrollo: la última conferencia de prensa del ministro Pavlov; una sesión del Congreso del Pueblo; una huelga de obreros del metal en Perm; soluciones a la maraña étnica a lo largo del borde del Cáucaso.
El resto de los empleados de la embajada cuentan los días que les faltan Para volver a Washington, Houston o Milwaukee, y beber jugo de naranja, comer una barbacoa y ver béisbol en la televisión.