Sus ojos se acostumbraron gradualmente a la luz y consiguió distinguir grupos numerosos de turistas soviéticos que salían del ómnibus y seguían hacia el Gran Almacén Universal. Esta mañana, todo lo que veía e imaginaba le hablaba de protección: las caras de piedra, las babuschki protegiendo tiernos corazones con capa sobre capa de grasa y cubriendo luego la grasa con ropas ordinarias y pesadas, aún en verano; bebés envueltos en pañales y tiesos en sus cochecitos; la maciza tumba de Lenin; los muros del Kremlin; el centro de la ciudad, con sus cuatrocientos años, salpicado de catedrales, rodeado por un entorno de la arquitectura más insípida que se pueda imaginar; todo el país erigiendo barreras y barreras y barreras (militares, políticas y burocráticas) como para impedir que el mundo exterior metiera sus manos en el centro puro y delicado de Rusia.
Nunca dio resultado, como es natural. Tarde o temprano los muros cayeron y los pueblos de Potemkin se desmoronaron, y todo aquello contra lo que uno se había ido entró de golpe. Suponía que encerraba una lección para él y para Julie, pero esta mañana no se sentía con ánimo para investigar. Se había emborrachado para no tener que estudiar sus opciones, que sólo parecían incluir la vuelta a la muerte de toda esperanza en la calle Seis Sudoeste, a poner la firma a un contrato como viejo amigo neutralizado en la Embajada de Moscú, el equivalente del servicio exterior en la calle Seis, un lugar que siempre le había parecido cargado con la amargura de existencias vividas a medias.
Pero arrastró los pies de nuevo hasta el dormitorio y descubrió una tercera opción que lo esperaba en la mañana confusa, tan real y obvia como una maleta llena. Se quedó quieto, pensándolo un momento, luego fue hasta el armario, eligió su corbata más extravagante, preparó un traje ligero de lana marrón italiana, y comenzó a vestirse.
A Julie siempre la había atraído su estilo impulsivo.
A las 9:43, exactamente en el horario previsto, la locomotora hizo sonar el silbato. Las puertas se cerraron con un sonido metálico todo a lo largo de la línea. Un altavoz dejó oír unos compases de música soviética que sonaron como un trompetazo. La formación de vagones se sacudió, vaciló como si lo pensara dos veces, luego volvió a sacudirse y empezó a avanzar lentamente, traqueteando sobre las uniones de los rieles y chirriando en la primera curva, partió hacia el sur con su carga de moscovitas de vacaciones y mineros de Donbass, y un burócrata de Estados Unidos, bien vestido y con resaca y con la emoción de una rebelión tardía.
Czesich colocó su equipaje en el compartimento de arriba. Cuando la camarera trajo las sábanas, se hizo la cama, corrió las cortinas para despejar la amplia ventana y las retuvo con el delgado cordón plástico. Se sacó los zapatos, colgó la chaqueta y la corbata de la percha que había detrás de la puerta, acomodó bien su Nikon sobre las mantas de la litera que no se usaba, y sacó parte de su comida: los bombones italianos, una porción de queso, salchichón, dos botellas de agua, aspirina, pickles, galletas, una manzana golpeada, una barra de chocolate. Cuando terminó con este ritual, el tren había dejado atrás los suburbios de cemento de Moscú y una agria calma de vodka se había instalado en él. Del corredor le llegaba humo de carbón del samovar, un aroma que siempre asociaría con su primera visita a la Unión Soviética.
Al cabo de unos minutos, la camarera abrió la pesada puerta corrediza y le llevó una taza de té caliente. Sin haber recibido ninguna invitación, se sentó en la litera vacía casi sobre su cámara fotográfica, y lo acompañó mientras miraba los campos sin cosechar. Era una mujer grande, de redondos pechos, muslos y vientre, con un destello de humor en sus bondadosos ojos azules. Czesich le ofreció una punta de salchichón sobre una galletita. Ella lo aceptó y lo masticó pensativamente.
– Usted es norteamericano -afirmó al cabo de un rato.
Czesich estuvo de acuerdo en que lo era.
– Beeznessmin?
– Deeplamat -replicó, aunque era lo que menos se sentía esa mañana.
Le ofreció otra galletita y un pedazo de manzana, contento con la compañía. ¿Cómo anda la perestroika?
Se encogió de hombros, apretando un rollo de carne rosada contra la mandíbula, y contestó:
– Muerta casi por completo. -Saludó con la mano un prado, y le dijo que bebiera el té antes de que se enfriara.
La tierra se ondulaba, sin cercos, interrumpida de tanto en tanto por un grupo de casas de troncos o por bosques. Czesich sintió que el paisaje lo calmaba. El tren pasó silbando por una aldea y alcanzó a vislumbrar una hilera de ómnibus viejos y camiones polvorientos detenidos en un cruce, y un camino perfectamente recto que se extendía hasta el horizonte detrás de ellos. Salvo estos vehículos, algunos cables eléctricos a lo largo de la línea de ferrocarril y algún tractor ocasional que levantaba una polvareda, podría haber estado viajando en el siglo diecinueve. Aún tan cerca de la capital, los hombres todavía llevaban al hombro cubos de agua del pozo colgados de un yugo. Mujeres gordas, con ropa acolchada caminaban por senderos muy hollados, cargando azadas al hombro y a veces llevando de una soga a una vaca que caminaba con aspecto desconsolado. La tierra era extensa y abundante; el cuadro evidenciaba una existencia humilde, serena, completamente genui-na. Se encontró otra vez pensando en una propiedad de ocho hectáreas en algún punto de Vermont. En invierno, cortaría leña e iría esquiando al almacén general a comprar provisiones. En verano, cultivaría un jardín del tamaño de un campo de fútbol, vendería pepinos y frutillas en un puesto al borde del camino. Leería todo Turgenev y Dostoievsky en la lengua original, iría caminando después de la cena a tomar una taza de té con Michael y sus amigos. Lo más importante era que todas estas actividades estarían claramente enmarcadas en un paisaje espacioso e inmaculado. El simple hecho de comer, respirar y trabajar la tierra lo conectaría, a través de una química mística, a una dimensión más allá del Departamento de Estado y del noticiero de la noche. Ya no se sentiría impelido a andar por el mundo en busca del lugar donde se vive la vida real.
Czesich pensó en los jefes indios en la pared de Julie y trató de convencerse de que ella abrigaba un sueño similar. Había querido que él se quedara en Moscú. Se preguntó, todavía preso por este vivido sentimentalismo, cómo se sentiría ella ante la contraoferta de Vermont.
– Flotaba en otra parte -le dijo la camarera cuando la miró. Ella sostenía la Nikon en su mano gordezuela y le daba la vuelta una y otra vez.
– Suelo hacerlo.
– Estaba pensando en su esposa. Lo veo en su cara.
– Sonrió con aprobación y volvió a colocar la cámara sobre las mantas.
– Extraña no dormir con ella.
– Hace años que no dormimos juntos.
– Plokho -dijo la mujer, moviendo un dedo admonitorio, que a su vez le hacía temblar algo así como medio kilo de carne detrás del codo. Se inclinó levemente hacia adelante intrigada-. ¿Es homosexual?
Czesich se apresuró a decir que no.
La palabra rusa era gomoseksualist. En el pasado siempre le había hecho pensar en algún tipo de partido político priápico, o algún número circense. Ahora le recordó a su hijo, las numerosas humillaciones que impone una sociedad mojigata.
– ¿Es un espía?
– Naturalmente que no.
– ¿Por qué "naturalmente que no"? Es norteamericano ¿no es cierto? Va a Vostok donde viven todos los radicales. Habla ruso como un zar.
– Ya no hay más espías -le dijo Czesich-. Ahora tienen la glasnost, no hay nada que no sepamos de ustedes.
Ella hizo un gesto con la mano y rió.