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Empezaron a comer juntos en el restaurante del hotel, exploraban las sutilezas de la lengua, compartían frustraciones, contaban historias de Estados Unidos. Pronto quedó aclarado que los dos estaban comprometidos en el sentido sexuaclass="underline" Czesich le había regalado a Marie un anillo poco antes de partir, y Julie había estado saliendo con un estudiante de leyes de Harvard desde hacía un año y medio. Pero para cuando terminó la primera exposición, al "final de Ufa" como les gustaba denominarla a los guías, hacían juntos las visitas a las casas de soviéticos, viajaban en trenes suburbanos para pasar afuera el día que tenían libre o se quedaban hasta tarde escuchando a Cream y a Creedence Clearwater, y planeaban un futuro idealista. Los dos habían tenido una cuota de trabajo de oficina estúpido e inútil y querían algo mejor. Julie decía que el Cuerpo de Paz era una posibilidad. A su Oliver sólo le quedaba un año de estudios; en el Tercer Mundo ya estaban a la pesca de buenos abogados. Se preguntaba en voz alta sobre una carrera de escritora, sobre el servicio exterior.

Después de Ufa, tomaron sus vacaciones por separado. Julie fue a Pyatigorsk con un pequeño grupo de guías femeninas, y Czesich y Mark Freedman volaron desde Wisconsin a Khabarovsk y tomaron el Transiberiano de vuelta a la segunda ciudad para la exposición de Fotografía Usa, Noyosibiisk, la capital no oficial de Siberia.

Llegaron a Siberia occidental a mediados del verano, cálido, húmedo y luminoso hasta medianoche. En víspera de su primer día libre, todo el grupo fue invitado a ir a las afueras a cenar y a dormir en las dachas de una fábrica. Czesich y Julie fueron juntos en el ómnibus alquilado, estuvieron juntos durante una cena regada con vodka, y luego salieron tambaleantes al crepúsculo y se sentaron a la orilla del lago. Julie habló sin parar de Oliver Whitney, sus agravios, sus contratos, la casa de verano de su familia en Rehoboth. Czesich miró fijamente hacia la orilla opuesta del lago, y en un momento dado extendió la mano, le apartó el cabello y tocó la vena de su cuello con el dorso de los dedos. Julie se quedó inmóvil unos segundos sin mirarlo, y a él le pareció que los dos estaban sopesando obligaciones lejanas y algo muy cercano y cálido. Habían bebido mucho y se sentían levemente nostálgicos. La tierra húmeda y arenosa de Siberia sobre la que estaban sentados, parecía estar separada de Estados Unidos por una distancia inconmensurable, parecía desconectada del resto del mundo. Las consecuencias de lo que pudieran hacer allí no llegaría a resonar en algo tan alejado como la civilización.

Julie, tal como él lo recordaba -y había gozado recordándolo a lo largo de un largo lapso de años- ni siquiera había querido que se besaran. En ella había una maravillosa altanería leonina. Le tomó la cabeza con sus dos manos y la empujó suavemente hacia abajo contra el cierre de sus jeans. El pudo olería a través de la tela. Pudo oler la arena húmeda debajo de ella y su propio sudor y aliento ácido. Cuando se hubieron quitado la ropa la saboreó, exotismo de exotismos, lamió los suaves contornos de su pecho chato y salado, lamió debajo de sus brazos, y por fin encontró su boca y se acomodó allí. La hizo rodar una y otra vez en la arena hasta que ella quedó con la nuca sobre la orilla lamida por el agua del lago riéndose. ¡Qué diferente de Marie! Marie era furtiva y pudorosa y lo hacía medio vestida en el auto de los padres de él a la playa Reveré o una vez, de prisa en el apartamento del tercer piso en la calle Orient. Con Marie el acto estaba siempre envuelto en un velo de pecado y miedo.

Julie se había liberado del pecado y del miedo. Bebida, indiferente y picante. Lo envolvió con sus piernas, lo hizo girar de modo que el pelo de él se mojara en el borde del lago. Una ola le mojó la cara y él escupió agua. Ella rió y lo hizo girar de nuevo para que quedara arriba y se retorció en el barro como si fuera una serpiente. El tuvo su orgasmo demasiado pronto para los dos, pero ella lo abrazó con fuerza y retorció las caderas y corrió los dedos hacia arriba por debajo de él y lo hizo quedarse en ella hasta que pudo moverse de nuevo. Julie gruñía de tal modo que él pensó que estaba lastimándola. Esto fue una novedad para él. exuberante, sudoroso y brutal. En algún lugar detrás de ellos, se oyó una risa, pero ellos siguieron y siguieron hasta que ella cedió y se echó de espaldas jadeante, con los dedos en el agua.

Temía haberle fallado pero no podía decirlo. Antes de que ella pudiera retomar su ropa interior comenzó a sangrar y ni siquiera la bebida pudo evitarle un momento de pánico.

– Estás lastimada -le dijo y ella rió.

– Mi bolso, por favor, si es posible, Antón Antonovich -urgió y señalando majestuosamente la orilla.

Terminado el tema Marie. Terminado el tema Oliver.

Novosibirsk fue así. Días extenuantes de responder a preguntas en un pabellón sin aire acondicionado, y noches crepusculares y sofocantes en el sencillo hotel. Después del trabajo, a veces iban en el elektrichka a las afueras y exploraban un Pueblo con calles de tierra. A veces llevaban un picnic y tomaban un hidroplano hasta una de las islas deshabitadas que salpicaban el frío Ob y hacían el amor en la arena antes de que el cielo oscureciera, y luego volvían a la ciudad bajo las estrellas. A veces iban de visita a casas soviéticas, pero Novosibirsk era un centro militar y científico, y la KGB había logrado intimidar al populacho local. Había pocas invitaciones. Cuando él y Julie hacían una visita siempre llevaban algo exótico para rendir honor al coraje del que los invitaba: licores norteamericanos del economato de la embajada, tarros de manteca de cacahuete, fotografías de sus familias.

Cuando les llegaban cartas de Estados Unidos las leían como culpables cada uno en su habitación y seguían haciendo el amor, drogándose con él.

Después de Novosibirsk tomaron dos semanas de vacaciones juntos en el Mar Negro, en Sukhumi, Sochi, Pitsunda y Yalta, media semana en cada lugar, quince días sin correo ni preguntas sobre la guerra o las quejas y la curiosidad de los otros guías. Czesich sabía demasiado ahora como para no reconocer la nostalgia almibarada que regaba esos recuerdos, pero esos quince días no necesitaron ningún almíbar. Esos quince días no estuvieron sometidos a las reglas comunes de la vida humana. Existieron enteramente en otra dimensión, joyas en una urna de vidrio.

La oscuridad caía afuera de la ventanilla del tren. Czesich descubrió que no quería recordar más. Moscú, más que ninguna otra ciudad soviética estaba conectada con el mundo exterior, y sus últimos dos meses en Moscú habían sido abigarrados, buenos y malos días, un hundirse lento y lujurioso en un final difícil. Recordar ese fin sólo lo sumiría en una vieja depresión. Había escuchado demasiado esa triste melodía a lo largo de años, se había avergonzado como si fuera toda una orquesta de hombres. Ahora no iba a pensar en ello.

Salió al corredor y se quedó un rato ante las grandes ventanillas. Algunos otros pasajeros sentimentales estaban allí también escudriñando la oscuridad, pero la mayoría estaba cenando en sus camarotes o de pie entre vagones, envueltos en remolinos de humo de tabaco.

Percibió olor a cerveza, embutido y pañales sucios, sentía los últimos restos del vodka en el pecho y la cabeza, la bandera de la rebelión agitándose a su lado, aún no del todo real. Metió una mano en el bolsillo y tocó el pasaje de vuelta.

A las 9.08 de la noche, con tres minutos de atraso, el expreso Donbass chirrió y bufó al entrar en la estación de Skovorodila, una parada de diez minutos. Czesich se apeó en medio del olor a azufre y paseó por la estación de piedra para ver lo que se pudiera. Observó los quioscos oscuros, un bufyet sombrío y cerrado, hombres y mujeres cansados encorvados sobre bultos hacinados en el suelo de piedra húmeda, sentados y a la espera de alguna forma oscura de metal en la noche. Recorrió toda la estación y salió por la entrada principal atrayendo miradas con sus zapatos y traje. Se quedó en la acera entre un ir y venir sonambulesco de la gente que entraba y salía por las puertas giratorias, y se sintió invadido -hasta que alguien le golpeó el hombro suavemente- por la dulzura de un anonimato total.