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Se dio la vuelta. A su lado había un hombre bajito, de cuello delgado, barba blanca rala, ojos y mejillas hundidas. Czesich ya había metido sus dedos en los bolsillos del pantalón en busca de cambio cuando el hombre dijo en un ruso suave y elegante:

– Usted es el norteamericano ¿no? Czesich asintió.

– ¿Podría hablar con usted en su camarote? Czesich no vio ningún impedimento.

11

La tarde del miércoles era brumosa y húmeda, típica de Vostok en agosto. Propenko se detuvo delante del Pabellón Central de Exposiciones, con su impermeable y se dispuso a observar cómo trabajaban los obreros y a pensar en Nikolai Malov. Era la estrategia del komitet: conseguían la atención de uno, lo hacían trastabillar sólo un poquito de modo que todo lo que uno hiciera, desde cruzar la calle hasta hacer una presentación en la oficina, conllevaba un riesgo de fracaso levemente mayor. Malov no necesitaba hacer algo en realidad, sólo tenía que lograr que uno comprendiera que lo haría, que ningún sentido de vergüenza lo ataba.

Propenko se puso a caminar. Había pasado toda la mañana en la oficina con formularios de aduana y hojas de ruta, la primera evidencia física de que el programa de distribución de alimentos existía realmente. Después del almuerzo se había hecho visible otra prueba y ahora no la tenía lejos: una fila de remolques de tractor, cada remolque cargado con contenedores de carga con ESTADOS UNIDOS DE AMERICA impreso en mayúsculas blancas en todos los costados. El alfabeto extraño lo ponía nervioso, lo mismo el hecho de que faltara un camión. El jefe de los conductores le dijo que se le había roto un eje del remolque justo al sur de Minsk y que el remplazo ya estaba en camino. Pero como había sido golpeado con tantas historias falsas, Propenko tuvo sus sospechas.

Colocaron el primer aparejo en posición debajo de la grúa de veinte toneladas, y dos obreros con pantalones de lona y chaquetas de trabajo del mismo color apoyaron una escalera contra el último contenedor y treparon al techo. Tomaron los ganchos de metal que colgaban de la grúa, los pasaron por los ojetes en las cuatro esquinas del contenedor y bajaron. Con un delicado cambio de palancas, el operador levantó el aguilón de la grúa hasta que los cables quedaron tensos, luego izó el contenedor del suelo del camión muy lentamente. La grúa giró lo necesario. Quince toneladas se movieron en un arco cenado, se balancearon, oscilaron y se depositaron con un suave puní en el asfalto.

Fue un trabajo perfecto. Propenko se percató de que el operador de la grúa trataba de mantener una actitud de indiferencia para beneficio de su pequeña audiencia de conductores y obreros como si lo que había bajado con una jugada magistral no fuera comida americana por valor de trescientos mil rublos, sino simplemente otra caja de acero, tan sólo una tarea más.

Pero ninguno de los otros obreros parecía encararlo como una tarea cualquiera. Sus caras mantenían una expresión seria, y se lanzaban a cada tarea sin los acostumbrados arrastres de pies y rezongos. Quizá nuestro país no pueda alimentarse a sí mismo, parecían estar diciendo, pero podemos descargar contenedores como cualquiera en el mundo.

Claro que no había presente ningún norteamericano a quien decírselo, pero no importaba. El trabajo había adoptado un aire simbólico. Se había convertido en una cuestión de orgullo nacional.

Mientras los obreros trepaban al techo del primer contenedor y luchaban otra vez con los grandes ganchos, Leonid Fishkin cruzó el lote y llegó al lado de Propenko, con una sonrisa apretada. Propenko lo felicitó por los obreros.

– A nadie le gusta sentirse avergonzado-dijo Leonid.

Aunque tenían casi la misma edad, Leonid tenía el cabello enteramente gris y, como para minimizar el efecto, lo llevaba muy corto. Combinado con sus rasgos fuertes, el corte de pelo le daba un aspecto militar, una severidad que no tenía nada que ver con el hombre real. El hombre real -el más viejo amigo de Propenko- era generoso, honesto, y judío; que hubiese llegado al nivel de director del pabellón en la ciudad de Vostok, era un milagro si se tenían en cuenta estos tres puntos.

El día de la huelga de los mineros había sido tema de toda conversación en la oficina, pero Leonid tenía otras prioridades.

– Hablé con todos, Servozha, desde el jefe hasta las mujeres de la limpieza. Lo aclaré bien. Mientras esta operación se administre desde mi oficina, no se hará nada que deja mal a esta ciudad o a este país. Permite que te muestre el salón.

Leonid tomó a Propenko del brazo y lo escoltó hacia una rampa que llevaba a la puerta principal. Propenko no tenía la menor idea de por qué Moscú había elegido el Pabellón Central de Exposiciones, como sede para la distribución. La semana anterior había habido una exposición de fotografías levemente eróticas, y el primer piso había estado lleno de mirones. En la ciudad había otros edificios con grandes aparcamientos y espacio libre para oficinas, edificios en calles laterales o cerca de las minas, lejos de la vista del público. Era casi como si alguien quisiera exagerar el fracaso del gobierno al no alimentar a su pueblo, escribirlo con luces en el techo de la Sede del Partido: ¡CIUDADANOS! ¡NO PODEMOS ALIMENTARNOS A NOSOTROS MISMOS! ¡GLORIA AL ESTADO DE LOS OBREROS! No tenía sentido.

Subieron por la rampa de cemento y pasaron al lado de un guarda adormilado en la puerta del frente. Propenko había visto el salón de Leonid mil veces. Parecido a una caja, sencillo, un primer piso grande con una galería estrecha arriba en los cuatro lados. El pabellón, era usado por industriales polacos que exhibían mazas de madera para carbón y mangueras industriales, organizaciones del Komsomol para sus ferias y conferencias, el Colectivo de los Artistas del Oblast en Vostok para muestras como esta: exposiciones osadas de cuadros y postéis, y fotografías. La exposición de fotografías había sido abierta al público hacía horas, pero en anticipación a la llegada de los americanos, los obreros se movían de un lado a otro, molestando a todos: un equipo de mujeres limpiaba los vestíbulos, los hombres traían mesas extra del depósito, un electricista subido a una escalera cambiaba tubos fluorescentes.

Leonid llevó a Propenko arriba y le mostró una oficina pequeña, muy pequeña.

– Todo está listo, Sergei. Mesas, teléfonos, papel, lápices. El télex se instalará el lunes, una orden urgente. He reservado un sector del restaurante para el director norteamericano y cualquier otro huésped oficial que tengamos: corresponsales, gente de la embajada, etcétera. Tendrá acceso a una secretaria, si la necesita.

Leonid era un hombre nervioso por naturaleza, de un modo que lo llevaba a hacer tres veces más de lo que el trabajo requería, pero hoy parecía especialmente tenso, casi molesto. Propenko quería decirle, relájate Leonid, el que nos visita es un ser humano común, no es un rey… pero sintió la misma tensión en sí mismo. Por lo que él sabía, a Vostok nunca había llegado un visitante norteamericano oficial. Los Estados Unidos de América, después de años de enérgica propaganda en contra, habían resultado estar mucho más adelante que ellos, un reino de casi increíble fortuna y refinamiento. Los norteamericanos acababan de ganar una guerra en Oriente Medio en cosa de horas, contra tanques soviéticos y tropas entrenadas por el Soviet. A Propenko lo preocupaba que Vostok pareciera pobre a los ojos de Occidente.