– La puerta cierra bien -dijo Leonid e hizo una demostración-. Daré al norteamericano mi llave extra. -Tomó a Propenko del brazo otra vez y lo hizo pasar delante de las oficinas principales para ir de vuelta abajo donde señaló una puerta común azul. Tendrá su cuarto de baño propio. Las mujeres lo están limpiando, tiran arena en el piso y lo barren. Se quejan de que no hay jabón. Falta papel higiénico desde hace dos semanas.
– Haremos algo -dijo Propenko-. Hablaré con Malov por lo del papel. El tiene las conexiones para los baños.
Leonid sonrió nervioso.
– Estuvo aquí esta mañana, haciendo cien preguntas con esa sonrisa que tiene. Anoche vi su Volga nuevo delante del hotel. Creo que estaba con Bobin. El hombre no puede menos que meter su nariz en todo. Es como un perro que corre aquí y allá y mea en todo lo que ve.
– Me ocuparé de él -dijo Propenko, y ante su propia sorpresa, su voz sonó segura y despreocupada. Comenzaba a sentir la autoridad de su nueva posición. Los diversos equipos de obreros les echaban miradas de reojo a él y a Leonid mientras cruzaban el foyer principal. Le pareció oír que una de las mujeres susurraba "direcktr" y entonces comprendió que, si bien el programa de alimentos tenía un elemento vergonzoso, también, de un modo perverso, tenía un elemento de prestigio. Había sido ungido por los poderes de Moscú para trabajar, no sólo con extranjeros, sino con un norteamericano. Bessarovich estaba detrás de él. Leonid era un amigo tan seguro como uno se podía desear. El jefe Vzyatin también. Que Malov hiciera su trabajo sucio. Malov no era el Director.
Leonid lo acompañó hasta afuera entre el ruido y el humo del diesel. Caminaron muy despacio por la rampa de cemento, admirando una ordenada hilera de contenedores descargados: las orgullosas cajas rojas parecían una herida abierta contra el gris del pabellón y el cielo gris de la ciudad. Los norteamericanos ya se estaban luciendo, y el color, la actividad y el alfabeto extraño atraían a casi tantos espectadores como la exposición de fotografías. La gente venía desde el Prospekt de la Revolución, atiborrando el perímetro del lugar de trabajo, y hacían preguntas a los que habían llegado uno o dos minutos antes que ellos. Ya era un acontecimiento público.
– Vamos a tener un problema para controlar la aglomeración, Leonidovich.
– No necesitas decírmelo. No puedo creer que me estén haciendo esto a mí. Todos los días tengo cuatro mil visitantes para mirar fotografías de pezones y mini-faldas. No puedo creerlo. En Moscú todos sabían que este mes teníamos esta exposición; hablé con Bessarovich de ella hace menos de tres semanas. Sabía cuánta gente iba a atraer. Y ahora voy a tener este circo de contenedores en el patio de adelante, justo al lado del Prospekt. La gente vendrá cuando salgan del trabajo para practicar su inglés.
– ¿No puedes hacer entrar a la gente a la exposición de fotografías por la puerta de atrás?
– Ya lo estamos organizando. Vzyatin pasó por aquí. Nos dio más hombres de la milicia, pero aunque entren por la puerta de atrás, tienen que pasar por aquí al lado. Van a detenerse a mirar y pedirán folletos. Es una pesadilla.
Propenko apoyó una mano sobre la espalda de su amigo, y no sintió más que hueso y músculos tensos como cables. Leonid tenía problemas que sólo él conocía. Cuando en el Pabellón Central hubo una exposición de arte los coroneles de la KGB le pidieron invitaciones. Cuando hubo una exposición de herramientas los jefes del Partido le exigieron muestras gratis. Cuando extranjeros alquilaban el espacio, llamaban de la oficina del Primer Secretario y le preguntaban a Leonid si le habían dado algún calendario alemán o relojes suizos o plumas esilográficas italianas. Ahora los nuevos capitalistas de Rusia, lo perseguían para que le diera nombres de sus contactos de negocios en Europa Occidental, y los miembros locales de Pamyat escribían cartas de protesta sobre "esta exhibición pública de pornografía decadente". Encima de todo esto, Leonid tenía que escuchar la Voz de América todas las noches, oír que otro avión desembarcaba judíos rusos en Tel Aviv, y preguntarse si él y su familia no deberían estar entre ellos.
– Son seguros, supongo -dijo Propenko, y señaló la baranda de cemento.
– Sello de la aduana soviética. Candados norteamericanos. Guardia de la milicia las veinticuatro horas.
– ¿La guardia de la milicia debería preocuparnos?
Leonid sonrió inquieto:
– Vzyatin no robaría cinco kopeks a su peor enemigo -dijo-. Pero el resto es un grupo de chicos del campo. Les gustan los fusiles, los uniformes y las chicas -Se encogió de hombros, y miró fijamente más allá del pabellón hacia afuera por encima del rio brumoso, hacia las minas.
– ¿Qué pasa7
Leonid volvió a encogerse de hombros.
– Esta muerte en la iglesia ha cambiado todo -dijo al cabo de un rato-. Lo siento. De pronto estamos en una situación nueva.
– Una nueva clase de poder -dijo Propenko. El también miró hacia el distrito minero, como si pudiera ver qué estaban haciendo los huelguistas. Recordaba más o menos una docena de asesinatos en Vostok durante su vida, usualmente como resultado de una pelea de borrachos con cuchillos, en uno de los bares más bravos, o de una pelea de familia en los vecindarios pobres al sur del río. Era imposible considerar la muerte de Tikhonovich dentro de la misma categoría-. Mi suegra lo llama la segunda crucifixión -dijo.
– ¿No te preocupa?
– Me preocupa, Leonid. Todo me preocupa ahora.
– Vzyatin me contó que alguien pintó un slogan en la iglesia la noche del crimen. Sus hombres lo vieron cuando llegaron. "El Partido es la Mente, el Honor y la Conciencia de Nuestra Era" en letras rojas.
– Matones -dijo Propenko sin darle importancia. "El Partido es la Mente, el Honor y la Conciencia de Nuestra Era" era el tipo de tontería oficial que podía haber brillado iluminado sobre la Sede del Partido hasta no hacía tantos meses.
– Es claro -dijo Leonid amargamente-. Cuando algo sucede, siempre se habla de matones. Supongo que fueron matones los que convencieron a los mineros de ir a la huelga. O agentes extranjeros. O judíos.
Propenko movió la cabeza como para sacarse de encima un insecto zumbador. Leonid estaba hablando tan bajo que el ruido de los motores de los camiones tapaba sus palabras. Había pensado que los días de susurros habían quedado atrás.
– ¿Has oído algo de una organización llamada el Tercer Camino?
– Tercer Paso -dijo Propenko. Un pequeño espasmo le pinchó el pecho. No llegó a ser dolor-. Niños del Tercer Paso
– Celebran sus reuniones en la iglesia-Leonid miró hacia abajo a los obre ros-. Pensé que podías haber oído hablar de ellos. Mi hijo está involucrado.
Propenko olía su propio sudor.
– Anoche organizaron una demostración frente a la sede del partido. Fueron quinientas personas.
– ¡Quinientas!
Leonid asintió.
– Te lo dije. Este crimen ha cambiado todo. La gente está harta. Los mineros están a la espera de que su amado Alexei vuelva y celebre el funeral. Después puede llegar a haber cinco mil personas frente a la sede del partido
Propenko se masajeó la frente. Una mujer abrió de golpe las puertas del
pabellón y empezó a barrer la rampa con entusiasmo, haciendo incntos delante de su jefe y del nuevo Director. Propenko y Leonid simularon concentrarse en el trabajo que se realizaba abajo. Ya se habían descargado diez contenedores, otros veintiocho estaban esperando en catorce camiones que rugían y humeaban. El operador de la grúa, los obreros y algunos de los conductores habían hecho un alto para fumar y estaban al lado de la grúa, riendo con las cabezas echadas hacia atrás. Propenko los observo con una punzada de envidia.
– Anoche, camino a casa, pasé delante del edificio del Partido -dijo Leonid despacio cuando la mujer se alejó y se puso a trabajar en la parte inferior de la lampa- Para ver por mí mismo. A veces pienso que debería estar allí con esa gente