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– ¿El director del Pabellón en una huelga de hambre?

Leonid no sonrió. Los dos estaban apoyados sobre los codos, hombro a hombro sobre la baranda de cemento. Propenko movió la cabeza lo suficiente para ver los ojos de Leonid.

– ¿Sabes que Lydia esta involucrada en las reuniones.?

– Me lo dijo mi hijo.

– ¿Sabes quién me lo dijo a mí?

Leonid sacudió la cabeza y sonrió para beneficio de algún observador oculto

– Bessarovich.

La sonrisa se desvaneció en la cara de Leonid como la nieve sobre un techo.

– Extraño -respondió.

– Más que extraño. ¿Cómo es que Bessarovich sabe más sobre mi hija que yo ?

Leonid frunció las cejas Saco un paquete de cigarrillos búlgaros del bolsillo interior y se lo tendió con un movimiento de la muñeca. Propenko lo rehusó. Aba|o los obreros luchaban paia recuperar su ritmo. Uno de ellos resbaló sobre el techo húmedo del contenedor y cayó sobre el codo. Se levantó riendo y sacudiendo el brazo. intentó un golpe de karate contra el cable colgante y se volvió a caer. Propenko se preguntó si los hombres no habrían estado bebiendo durante el recreo.

– ¿Hay sospechosos?

Leonid lanzó una bocanada de humo por el costado de la boca

– Si le crees lo que cuenta Malov. Huellas digitales en la pared de la iglesia Huellas en la tierra.

– Ese hombre miente con la misma facilidad que respira -dijo Propenko-. La otra noche poco menos que me acuso de una violación

Leonid no dijo nada durante unos segundos. Dejó el cigarrillo colgando de sus dedos, y una pequeña voluta de humo a lo largo de su cara. Propenko se dio cuenta de que había mencionado la violación solo para conocer la reacción de Leonid. compararla con la suya, con la de Raisa

La reacción de Leonid no lo calmó.

– Si ha llegado a ese nivel, amigo mío, espero que tengas a alguien que esté mas alto que yo con quien puedas hablar.

Propenko pensó en Bessarovich, trató de imaginar qué diría ella si él volara a Moscú, entrara en su oficina y le dijera lo que acababa de decirle a Leonid.

– Creo que sólo trata de tenerme en línea, con la llegada del norteamericano y todo eso. Le preocupa que pueda pedir asilo político, que lleve a la familia a Menkhettn.

Leonid tenía el aspecto de sentir dolor.

– No dejes de vigilarlo, Sergei, eso es todo. Lo viste en la reunión. Ultima-mente está un poquitín loco. Su mundo se está cayendo a pedazos como el de todos los demás. Espero que tengas a alguien que te pueda apoyar.

Una vez más, Propenko hizo un gesto de no importarle. Le dio un apretón de manos a Leonid y se alejó del pabellón, pensando en Raisa, en Lydia y en Marya Petrovna. En un análisis final, ellas serían las que lo apoyarían, y las únicas. No había querido decírselo a Leonid.

Raisa había tomado el auto esa mañana para llevar a su madre al policlínico para unos análisis. Quedaba a cinco kilómetros de su apartamento: quince minutos en un troley atestado o cuarenta minutos a pie. Propenko decidió caminar, pero había llegado a la mitad de la primera cuadra cuando cambió de opinión y se dirigió al oeste entre una multitud de peatones en la hora pico.

La Sede del Partido estaba ubicada bien apartada de la acera, detrás de un pequeño parque que tenía una estatua de Lenin en el centro. Cuando todavía le faltaban dos cuadras para llegar, Propenko empezó a tratar de oír cantos de manifestantes y a buscar gente que respondiera a su idea de un activista político, pero no vio ni oyó nada fuera de lo común. Apareció el espacio verde del parque, y todavía ninguna persona, ningún ruido inusual. Llegó a la esquina y torció a la derecha, vio el techo de la imponente sede de granito detrás de los árboles, vio la coronilla de la cabeza gris de Vladimir Ilych, un brazo extendido, dirigiendo a las masas. Pero no había masas para dirigir. Dio algunos pasos dentro del parque y vio algo, por fin, en el borde opuesto del césped: un crucifijo de madera, algunos grupos de gente dando vueltas alrededor de unos ocho o diez carteles clavados en la tierra como señales de calles. Otro puñado de manifestantes estaban sentados sobre una lona impermeable hablando entre ellos: supuso que eran los que hacían la huelga de hambre. En total, la protesta reunía a no más de cincuenta personas, y generaba tanta energía como una parada de ómnibus concurrida.

Se quedó y observe durante un momento, aliviado. Ni siquiera un paranoico Mikhail Lvovich se sentiría amenazado por un grupo tan heterogéneo.

Satisfecho con su breve inspección y ya retrasado para la cena, se permitió el lujo de un taxi. El conductor fumaba y cambiaba de carril sin hacer señales, y movía la cabeza de atrás adelante al ritmo de una cinta de rock and roll occidental. Miró la ciudad que dejaba atrás y su sensación de alivio se desvaneció.

La primera cosa que notó cuando abrió la puerta del apartamento fue que Raisa y Marya Petrovna estaban sentadas demasiado juntas. Raisa tenía las dos manos sobre la muñeca de la madre y la frotaba una y otra vez como para reanimar la circulación.

– Algo ocurrió -dijo mientras se sacaba el impermeable y se reunía con ellas.

– Algo -repitió Raisa amargamente-. Tu Malov estuvo aquí hablando con mamá mientras yo estaba en el trabajo.

Propenko golpeó la mesa con el puño haciendo sonar la azucarera y derramando parte del té de su suegra.

– Volví a casa para llevarla a la clínica y la encontré mirando por la ventana y jurando como un cosaco.

La vieja se encogió de hombros y alisó el mantel con una mano.

– ¿Qué quería?

– Dijo que quería hacerte una pregunta sobre las entregas de alimentos -dijo Raisa-, pero acabó hablando de Lydia. ¿Qué estudia en la universidad, dónde quiere trabajar después, qué hace en su tiempo libre? Todo era incidental. Actuaba como un primo en una visita social, sonriendo todo el tiempo.

– ¿Qué le dijiste, madre?

– Le dije que encendería una vela por su alma en la iglesia de la Sangre Sagrada -dijo Marya Petrovna con ferocidad-. Le dije que a mi marido lo habían sacado de mi propia casa y lo habían golpeado en el sótano de la Seguridad del Estado, que habían tenido que atarle las manos antes de golpearlo porque eran unos cobardes. Le dije al flojo chekist: "Si usted no ha salido de este apartamento antes de que vuelva mi yerno, lo va a tirar por la ventana con su mano derecha. Maestro de Deporte en Boxeo" -le dije-. Una derecha y usted estará en la cuneta cubierto de vidrios y saliva".

Oyeron que la puerta del ascensor se abría y se cerraba. Los pasos de Lydia sonaron en el corredor, y el ruido de la llave en la cerradura pareció chupar parte del aire de la cocina.

– Quizá podrías haber omitido esa última línea, madre -dijo Raisa secamente, y se forzaron a sonreír.

Después de la cena, Propenko se sentó en el sillón con un ejemplar de El trabajo en la Unión Soviética en el regazo, y recorrió la primera página tratando de conectar esas manchas de tinta con hechos reales, vivientes. No parecía poder quedarse quieto. A través de la habitación, miró a Raisa que estaba sentada en la cama, cosiendo, contrayendo los músculos de su cara al concentrarse: luego a Lydia, que bebía té en la mesa de la cocina y estaba inmersa en un libro de poesía de Alchmatova.

Intentó otra vez encontrarle sentido a la editorial, pero abandonó rápidamente, entró en la cocina y se sirvió un vaso de agua. Lydia dejó de leer y lo miró

– Lydochka -dijo él-, voy al gimnasio por un rato. ¿Quieres practicar con el auto?

A ella le agradó el ofrecimiento.

Condujo nerviosa y cuidadosamente, aferrando el volante con las dos manos, con la frente arrugada como la madre cuando cosía, moviendo los ojos de un lado del camino al otro. El gimnasio estaba sólo a un kilómetro, y cuando llegaron. Propenko dejó que practicara el aparcamiento paralelo durante unos minutos mientras él practicaba lo que iba a decir.