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– Manejas mejor que yo -le dijo cuando apagó el motor-. ¿Por qué no te llevas el auto y vas a ver a tus amigos o a Tía Anna? A mí no me importa volver a casa caminando esta noche. Tengo que pensar unas cuantas cosas.

– ¿Tienes un problema, papá?

El se volvió en el asiento de modo que quedaron frente a frente. Lydia había sido efervescente y llena de argumentos ya cuando era una criatura, y él no quería crear en ella ahora lo que había sido inculcado en él. No quería ayudar a crear una mujer que pudiera retirarse de la Sede del Partido tranquilizada poique había pocos manifestantes.

– Me gustó lo que dijiste la otra noche. Sobre los Niños del Tercer Paso.

– Gente del Tercer Paso. papá.

– Correcto. Le encontré sentido. Las ideas son buenas -Se calló y miró por el parabrisas, tratando de adivinar qué lenguaje escuchaba.- Pero creo que omite algo. -El estudió su cara. Parecía dispuesta a discutir, por lo menos, si no a escuchar.- Las cosas como el marxismo, el capitalismo, el Tercer Paso, deben llevarse a la práctica en el mundo de la gente, sabes. Y todas las personas tienen fallas, de modo que esas fallas van a ser parte de cualquier sistema ¿Lo comprendes?

Ella asintió, mirándolo con cierta sospecha. Al final de la cuadra pasó un troley echando chispas

– No estoy diciendo que no se debe tratar de cambiar el sistema (algunos sistemas absorben las fallas mejor que otros) pero debes recordar que no se trata de cosas predecibles Se trata de gente, y las personas no actúan de acuerdo a la razón. La gente, los hombres en particular, pueden ser perversos, no es necesario que te lo diga

– ¿Esto tiene algo que ver con el hombre que vino a casa? ¿Es un kagebeshnik?

– Era Nikolai Malov de la oficina-dijo Propenko. sintiendo el nombre de nuevo justo debajo de sus costillas-. Tú lo conoces.

– Tu amigo, el de la oreja. Lo he visto a menudo últimamente. -¿Dónde? -Por ahí.

– ¿Por ahí dónde¿ ¿,Te ha estado siguiendo?

– Simplemente por ahí. papá. Lo vi en en el centro de la ciudad una o dos veces, eso es todo

Propenko se mordió la mejilla por dentro y trató de eliminar el miedo de su

voz

– Mi amigo el de la oreja ha tenido celos de mí durante treinta años. Que sea de la KGB o no es menos importante que sus celos ¿Lo comprendes? -Sintió que se estaba saliendo del camino. Había querido advertir, no aleccionar Había querido hablar sobre ella, no sobre sí mismo, ni sobre Nikolai Malov.

– Claro, papá

– Mi relación con él es complicada. No te la puedo aclarar porque yo mismo no la entiendo. Si la entendiera, sabría qué debo hacer, y todavía no se cómo actuar

Lydia lo pensó un momento.

– Mis amigos del Comité de Huelga dicen que sólo es por poder. El padre Alexei dice lo mismo.

– ¿Tienes amigos en el Comité de Huelga?

Ella se echó el cabello hacia atrás y desvió la mirada.

– Quiero decir que si este hombre tiene poder y si es celoso, los celos tienen poder. Es la lección de Stalin, ¿no es así? Si una persona tiene el poder, sus fallas y fuerzas importan mucho. Si el poder es compartido, todo es mejor, ¿no?

– La lección de Stalin es el miedo-le dijo Propenko-. Y quienquiera que mató a Tikhonovich está tratando de enseñarnos a todos de nuevo. Es una vieja táctica, prehistórica

– ¿De modo que este Nikolai está tratando de asustarte?

– A nosotros -dijo Propenko. Trató de olvidar todo lo que alguna vez había oído sobre los interrogatorios de Malov, de parecer lo menos atemorizado posible, pero Lydia no lo estaba mirando. Había vuelto los ojos al parabrisas y miraba la calle oscura, con los brazos cruzados tercamente sobre el pecho, exactamente como Marya Petrovna. Había terminado con el llanto del viernes y los tristes silencios del sábado.

– En ese caso lo que tenemos que hacer -dijo-, es asustarlo a él. papá, ¿conforme?

Propenko dio un espectáculo con la pesada bolsa. La rodeaba, golpeando con su izquierda sobre el cuero, a la altura de la cabeza, una vez, dos, y luego con la derecha, dura y baja. A medida que su cuerpo entraba en calor, iba retomando el ritmo y giraba cada vez más ligero, golpeaba más rápido, hacía tintas, extraía su fuerza desde los pies y las piernas. Se acercó unos pasitos y se lanzó contra el vientre de su contrincante con los dos puños; cada golpe mandaba la bolsa arriba y atrás con su cadera. Algunos boxeadores, gimnastas y levantadores de pesas dejaron lo que estaban haciendo y observaron al fuerte hombre maduro. Pero el fuerte hombre maduro estaba ciego a todo lo que no fuera la bolsa movediza y saltarina, y el trabajo sudoroso de sus propios brazos y piernas. Castigó la vieja bolsa hasta que empezó a perder arena que fue dejando un dibujo sobre el suelo de cemento, y el gerente del gimnasio se le acercó y le pidió muy cortésmente que parara.

12

Czesich no sabía realmente qué pensar del hombre que estaba sentado en la litera de enfrente. Parecía tener setenta o quizá setenta y cinco años, pero se movía y se sentaba como un hombre más joven. Su ropa correspondía a la clase obrera, sencillas botas negras de trabajo, pantalones arrugados, una camisa holgada azul y limpia, pero los ojos eran los de un artista, firmes, algo soñadores. Los pómulos bien marcados se destacaban sobre una barba larga y rala como las que llevan los sacerdotes ortodoxos, pero si este hombre era un sacerdote, Czesich era un macartista, un abstemio, un hombre de Langlev. Cuando el tren salió de la estación, Czesich, que se preciaba de hacer juicios rápidos, ya había decidido que tenía como huésped a un poeta algo borracho que se interesaba desde mucho tiempo atrás por los Estados Unidos y que ahora lo iba a mantener despierto la mitad de la noche haciéndole preguntas sobre Jack London y Marilyn Monroe. Eso estaría muy bien. Tenía un historial de encuentros con personajes interesantes en los trenes soviéticos. En el viaje de Yalta a Moscú en 1968, él y Julie se habían encontrado con un grupo de gente de teatro y se habían quedado hasta la madrugada bebiendo Tsinandali e intercambiando anécdotas sobre Brezhnev.

– ¿Le molesta que cerremos la puerta? -preguntó el viejo. Su voz resonó en el pequeño compartimento, aunque había hablado en tono bajo.

Un poeta acostumbrado a leer para el público, decidió Czesich. Cerró la pesada puerta corrediza y echó el pestillo.

Su huésped sonrió con los labios cerrados, y dijo:

– Alexei -y tendió una mano frágil.

– Antón Czesich.

– Czesich… Czesich; no es un nombre ruso -observó el viejo-. ¿Croata?

– Es ruso. Antes era Chizhik. -El viejo no pareció comprender, y Czesich

repitió "Chizhik", un poco más fuerte, y agitó las manos en una cruda imitación del pinzón.- El pájaro.

– ¿Entonces por qué usa Czezik y no Chizhik?

– Porque los funcionarios de inmigración lo cambiaron en 1917. Lo escribieron mal.

– Ah -dijo Alexei sonriendo-. ¿Y por qué usted no lo volvió a cambiar?

Hizo la pregunta con amabilidad, pero, Czesich la encontró algo irritante. Los ojos imperturbables de porcelana también empezaban a irritarlo, aunque le recordaban los del padre de su padre, otro Alexei, otro ruso pequeño, tuerte y nervudo. En realidad, Czesich solía quejarse del nombre mutilado, que ahora empezaba en Polonia y terminaba en Yugoslavia. Le habían quitado tanto su país como su nombre, decía a menudo, y le parecía improbable que alguna vez se los devolvieran.

El poeta esperaba una respuesta.

Czesich se encogió de hombros.

– Nunca se me ocurrió hacerlo.

Durante unos segundos siguieron en un silencio amistoso.

– Me han dicho que va a Vostok.