– Correcto. Estoy con el programa de distribución de alimentos. -Al decirlo. Czesich sintió una pequeña punzada de culpa, pero continuó a pesar de todo.- Es un programa piloto. Estamos tratando de averiguar cuál es el mejor tipo de… ayuda que podemos ofrecer en este momento.
– ¿Está con la embajada?
Czesich asintió. Le pasó por la mente que esta era la clase de pregunta y de conversación dirigida, superficialmente agradable, favorecida por los fisgones de la KGB que habían sido destinados a sus exposiciones USCA, pero Alexei no encajaba en el molde. Por una parte, era demasiado viejo; demasiado bondadoso, no totalmente sobrio.
El tren iba como un cohete a lo largo de un tramo llano y recto, y Czesich sintió punzadas de duda que pasaban como fogonazos en la oscuridad tras las ventanillas. Su huida de la jaula burocrática era ahora casi real, y empezaba a preocuparlo.
– ¿Conoce a Peter McCauley de la embajada?
Pyotr Meekawley. Czesich recibió la mención de este nombre, que había oído primero de labios de Julie hacía menos de veinticuatro horas, como una especie de puñetazo burlón sobre su estómago blando. Se había creado una imagen mental dei amante de Julie, alto, seguro de sí mismo, apuesto como un modelo, y ahora miró al viejo y trató de hacerlo desaparecer.
– McCauley y yo compartimos un amigo íntimo -dijo.
Alexei pareció satisfecho.
– El nos dijo que trataría de enviar a alguien a Vostok, pero no esperé que viniera tan pronto. Ya nos ha ayudado antes.
Czesich sonrió por hábito, pero se sentía algo confundido.
– ¿Entonces usted vive en Vostok?
– Por supuesto. Nuestro amigo acaba de morir allí, asesinado. Bogdan Tikhonovich.
Una expresión automática de condolencia afloró a los labios de Czesich y la pronunció. El viejo le dirigió una mirada perpleja, estudiándolo todavía, y Czesich tuvo la intuición de que estaban hablando sin comprenderse, que Alexei lo había confundido con otro. Sintió que se esperaba algo más de él pero no tenía la menor idea de qué podía ser. El dolor de cabeza sordo del vodka había retornado.
Bogdan Tikhonovich Arkhipov -le apuntó Alexei-. En la iglesia… de la Sangre Sagrada.
– El guardián -dijo Czesich. Recordó que Julie lo había mencionado; recordó que había pensado que ella lo estaba inventando para tratar de asustarlo.
– El amigo de Meekawley.
– Claro. -Ahora comprendió. Muy a menudo, los artistas y músicos soviéticos que no eran bien vistos por las autoridades buscaban trabajo fuera de su actividad, como cuidadores de iglesias o ayudantes en aparcamientos, una tarea a la que no se presentaban o de medio horario que les permitiera retener la condición de empleados legalmente, y al mismo tiempo preservar la santidad de su arte. Era el equivalente soviético de los artistas -camareras de restaurantes y los novelistas- taxistas en Estados Unidos. El asesinado Tikhonovich y este Alexei, debieron ser poetas amigos o pintores abstractos o músicos de jazz y este McCauley estaba en el sector cultural de la embajada (¿no le había dicho eso Julie?) a cargo de establecer contactos con el grupo grande y flotante de artistas e intelectuales disidentes. Por eso ella se había enterado del crimen tan rápido; su amante había tenido que ver con el tal Tikhonovich. ¿Por qué no lo dijo directamente?
Ahora Alexei le iba a pedir un favor, Czesich lo sentía. Querría el nombre de directores de revistas literarias en Estados Unidos, o bien ofrecería pagarle para que le enviara provisiones de pintura o cuerdas de guitarra de Estados Unidos. Después de tantos años, Czesich se había acostumbrado a conversaciones como esta, amistades súbitas que conducían muy pronto a la famosa frase rusa: Oo minya yest ahdna prozba. Tengo que pedirle un favor.
Como siempre, le agradaría complacerlo.
– No conocía a Tikhonovich -le dijo, con su mejor voz bondadosa de norteamericano en el extranjero-, y no estoy en la misma línea de trabajo que McCauley. Pero si puedo hacer algo por usted, dígamelo. Sabemos que en Vostok las cosas no son fáciles ahora.
Entonces tuvo lugar uno de esos cambios de actitud tan sutiles que él siempre captaba un poco tarde. Alexei vaciló, le dio las gracias un poco incómodo; hablaron un rato cordialmente de la huelga de mineros, de la situación con los alimentos, y del clima en Vostok. Pero no hubo ninguna petición de favores, y al cabo de unos minutos Czesich sintió que algo había salido mal. Alexei parecía haber bajado una cortina sobre sus ojos, haber cambiado de tema en medio de la conversación. Czesich se preguntó si lo estaba imaginando o si de alguna manera había ofendido al viejo poeta, y repasó las últimas frases intercambiadas con mucho cuidado. ¿Por qué siempre le pasaba esto? ¿Cuántas veces en su juventud había estado conversando alegremente con un primo o tío o un amigo de Boston Este y de pronto sentía que lo estaban mirando tras una cara falsa? Como si lo que la persona pensaba de él, y lo que le decía divergiera sin que se diera cuenta. Como si hubiese dicho algo equivocado, y su sensación de no ser el que se suponía que era -no lo bastante italiano, no lo bastante leal, demasiado libresco- se hubiese revelado como una infección vergonzosa. Recordaba haberse sentido así cuando sus compañeros de equipo en la secundaria EB descubrieron que algunas de las universidades a las que había enviado solicitud de ingreso no eran las debidas, o cuando su padre lo pescó en el dormitorio leyendo Los hermanos Karamazov a medianoche en vez de Playboy. Lo desorientaba y lo frustraba. Redobló sus esfuerzos en la conversación, pero los ojos de porcelana de Alexei se habían ensombrecido.
– ¿Le gustaría tomar una cerveza? ¿Pickles?
Alexei sacudió la cabeza, y hubo otro silencio, no tan confortable.
– Bien -dijo el viejo, poniéndose de pie, dando por terminado su encuentro antes de que hubiera empezado a dar algún fruto, le deseo el mayor de los éxitos con su programa.
Estaban de pie muy juntos entre las literas, Czesich casi treinta centímetros más alto trataba de mantener el equilibrio mientras introducía la mano en su bolsillo para sacar una tarjeta.
– Lo más probable es que me aloje en el Hotel Intourist -dijo-. Espero que venga a verme. Será un placer para mí hacer todo lo que pueda.
Alexei examinó la tarjeta un momento, luego la guardó sin prestarle atención y le dio un apretón de manos aparatoso.
– El mayor de los éxitos, el mayor -insistía en decir hasta que Czesich se desprendió, abrió la puerta y observó al viejo mientras se dirigía a los vagones de segunda clase.
Anton Antonovich Chizhik durmió como un lirón, un sueño medido por el traqueteo de las ruedas y mecido por el vaivén del camarote. Soñó que era testigo de un accidente de automóvil, todo era vidrios rotos y gritos. Ayudó a sacar un cuerpo despellejado de una zanja al costado del camino, y estaba muy orgulloso de sí mismo porque no se había mareado al verlo y tocarlo. Se arrodilló al lado del cuerpo, y entonces se dio cuenta de que no sabía ni lo más elemental de los primeros auxilios. El sueño cambió y él mismo estaba en una cama de hospital, retorciéndose de dolor, despellejado, en carne viva. Pedía auxilio, pero el doctor le pidió que esperara, y empezó a hacer unos trucos desesperados con los ojos, cruzándolos, agrandándolos hasta el tamaño de pelotas de golf, mirando en una dirección con uno, y en la opuesta con el otro.
Cuando se despertó, perplejo y con la boca seca, había amanecido y el Expreso Donbass atravesaba un área de carga del tamaño de un lago pequeño. Observó por la ventana una hilera tras otra de vías muertas, luego, escalonadas formaciones de contenedores detenidos, sin locomotora, cargados con carbón y madera; vagones tanque que goteaban y transportes militares plateados y relucientes. En el pasillo, la camarera amiga cantó:
– Uzinsk, Uzinsk. -Los frenos chirriaron. Golpeó la puerta dos veces.- Despiértese, camarada americano. ¿Quién está allí con usted?