– Completamente solo y desnudo -gritó él, y la risa fuerte y agitada de ella se fue desvaneciendo por el pasillo.
El tren jadeó, se zarandeó y se estremeció hasta detenerse. Un hombre con pantalones negros con manchas de aceite y una chaqueta negra acolchada golpeaba el tambor de los frenos con un martillo de mango largo a lo largo del tren. Czesich bebió de una de sus botellas de agua Evian y observó la conmoción en el andén, donde reclutas del ejército con la cabeza rasurada estaban formados en filas desordenadas, y una pareja de enamorados se besaban. En su organismo quedaba muy poco alcohol, no había nada en la mañana nublada que le impidiera considerar la magnitud de su misión no sancionada, la locura y el riesgo. Durante el tiempo que la embajada tardara en encontrarlo -y no pasaría demasiado-, él estaría solo, representando un papel en un remanso stalinista. Ahora asesinaban a servidores de iglesias en Vostik; ¿esperaba realmente cambiar algo con unas cuantas cajas de alimentos?
Cuando el tren volvió a ponerse en movimiento tomó sus útiles de afeitar y se escurrió entre los pasajeros que contemplaban los alrededores devastados de Uzinsk. La cara que lo recibió en el pequeño espejo del baño estaba demacrada e hinchada, no era el rostro de un héroe. Apoyó un pie contra la puerta, extendió crema de afeitar sobre las mejillas y el mentón, y evaluó las opciones. A menos que tomara el próximo tren hacia el norte, Julie se pondría furiosa con él, y con todo derecho. Tanto profesional como personalmente estaba sobrepasando los límites, presionándola entre la amistad y su carrera, violando todas las reglas de la embajada y la USCA. En lo que respecta a su situación personal, lo razonable habría sido quedarse en Moscú unas semanas, reforzar la debilitada amistad, ver cómo estaban las cosas en realidad con el apuesto McCauley.
Limpió el jabón de la hoja y empezó con el cuello, trabajando con cuidado en el camarote bamboleante y maloliente. En el aspecto profesional, lo razonable habría sido redactar un cable secreto a Washington presentando las razones por las que quería ir a Vostok, y luego esperar una audiencia con el embajador Haydock para presentar su caso, desapasionada, fría y diplomáticamente. Había por lo menos una posibilidad de que fuera la embajada laque estuviera demorando el programa, no el Departamento de Estado. "Información fresca", como decían en el lenguaje federal. Debió haber estudiado esas posibilidades, pasado algún tiempo con Julie, permitido que el gobierno de Estados Unidos hiciera su lenta jugada. Eso habría sido razonable.
Terminó de limpiarse el mentón, se salpicó la cara, se secó y contempló su nuevo yo en el espejo. Cabello castaño ralo, ojos castaños tristes, una cierta blandura insalubre de oficina que parecía rodear a un alma que se encogía. Había estado haciendo cosas razonables durante veintitrés años. Y he aquí adonde lo habían llevado.
De vuelta en el camarote bajó su pesada maleta y envolvió la cámara fotográfica en un pulóver y la metió entre su ropa interior. Luego se vistió para la batalla: una camisa blanca limpia, una corbata discreta, con diagonales negras y lilas; su mejor traje, lana negra y seda con una raya azul fina. Pasó un trapo a los zapatos y llenó el bolsillo derecho de la chaqueta con alfileres para la solapa y encendedores del cuerpo de Infantes de Marina, se miró en el pequeño cuadrado de espejo detrás de la puerta, se arregló el cuello, se sacó una pelusa de un ojo. Pasaron por un pequeño pueblo al lado del río, y vio a una campesina que caminaba pesadamente por las calles de tierra llevando una botella de leche contra el pecho como si fuera un lingote de oro. La mujer le recordó la dulce nostalgia del abuelo Czesich, la ruina detras de las fachadas frías y orgullosas de la Rusia de Pushkin.
'Desde un país de sombrío exilio -susurró Czesich a través de la ventana- me llevaste a otro país."
13
La mañana que llegaba el director norteamericano, Propenko salió del apartamento veinte minutos más temprano; le acompañaban su mujer, su hija, y su suegra, y un estómago lleno de té. No había podido tomar un desayuno adecuado; había dormido sólo cuatro horas. Una silueta que no podía ver oscurecía sus pensamientos.
En la esquina de la calle Makeyevka giró a la izquierda cometiendo una infracción, siguió y se detuvo delante de un local pequeño, con ventanas que nadie había lavado desde Khrushchev. El Lada se detuvo antes de que él apagara el motor. Dentro de la tienda, Vladimir Tolkachev estaba sentado ante una mesa cubierta con despertadores, relojes de bolsillo y herramientas liliputienses aceitadas. Tolkachev levantó la vista cuando oyó
la puerta, sonrió y siguió girando un destornillador del tamaño de un dedo sobre la caja de un reloj de hombre.
– Pequeño Sergei -dijo, con los ojos puestos en su tarea-. Cuantos inviernos, cuantos años.
Propenko lanzó una risa nerviosa -se trataba de días, no años-, y se sentó en un banco para ver cómo el maestro terminaba su trabajo.
Tolkachev era físico de profesión y, según el padre de Propenko había dicho a menudo, excepcionalmente bueno. Pero, como un puñado de otros científicos brillantes de principios de la década de! sesenta, había decidido que su país lo necesitaba tanto que le permitiría decir lo que pensaba en foros científicos a los que asistían extranjeros, en revistas profesionales, en aulas y laboratorios. Peor aún, había cometido el error de dar por sentado que su genio le permitía tomarse una libertad literaria, y en una conferencia había repartido unas hojas escritas a máquina con su anteproyecto de cooperación científica y de paz mundial. Unos años atrás, bajo Stalin. semejante precocidad hubiera sido fatal. Pero a principios de la década del sesenta, le había valido a Tolkachev sólo un año y medio en los campos-donde aprendió a guardar sus ideas pacifistas para sus adentros- y un leve cambio en su carrera que lo había condenado a este frío negocio durante la última mitad de su vida.
Propenko lo veía los fines de semana en la dacha que Tolkachev había conseguido antes de caer en desgracia y que retuvo gracias a la ayuda política del Gran Sergei, pero no dejaba de pasar por el taller de reparación de relojes tres o cuatro veces al mes también. El negocio ofrecía un aire de desafío que le recordaba a Propenko lo que él no era.
– Camarada Director -dijo Tolkachev cuando hubo ajustado el último tornillo y dejado el reloj con todo cuidado sobre el banco de trabajo cubierto con un retal-. Esta mañana tienes una expresión preocupada. ¿Cuál es la última noticia?
– El norteamericano llega a mediodía.
Para indicar que el tema le interesaba, Tolkachev gruñó y se enjuagó las dos manos largas y delgadas.
– ¿Té?
Propenko no lo aceptó.
– Ahora esos hijos de puta van a caer sobre ti como buitres -dijo Tolkachev ocupándose de la tetera y la taza. Había armado una especie de defensa de metal alrededor del calientaplatos, de modo que el agua hervía en la mitad del tiempo usual-. ¿Ya se han lanzado en su vergonzosa súplica?
– ¿Quiénes?
– Los idiotas con los que trabajas y sus jefes idiotas.
– Todavía no.
Tolkachev se quitó los gruesos lentes y se dedicó a limpiarlos meticulosamente con la falda limpia de su camisa.
– No te sorprendas si recibes una llamada del mismísimo Jefe Idiota. -Mikhail Lvovich. segundo Secretario en la época de los problemas de Tolkachev, había formado parte de un grupo numeroso de jefes del partido que se apresuraron a denunciar al joven científico. Tolkachev, por cierto, no lo olvidó jamás.
– Ahora se está ensuciando los pantalones, el hijo de puta, con un norteamericano que llega a esta ciudad y los mineros en huelga. Ve como la locomotora se le viene encima por un túnel oscuro. -Tolkachev se volvió a poner las gafas y dejó oír un ruido suave como chuu chuu.
– Sin embargo anoche pasé frente a la Sede del Partido -confesó Propenko-, y no había casi manifestantes.