Tolkachev bebió su té.
– Porque los huelguistas convocaron a un mitin público en la mina Nevsky, pequeño Sergei. Dicen que hubo dos o tres mil personas.
Propenko tragó saliva.
– Esto es el final de Lvovich, la locomotora que lo aplastará.
– Es lo que dice Lydia.
– Lydochka sabe más de lo que tú crees.
Propenko estaba seguro. Estaba empezando a ver claramente que la Lydia que conocía en casa (con su poesía rusa, sus pósters de rock & roll y sus amigos cuya idea de una revolución era comprar un par de jeans occidentales y fumar un cigarrillo búlgaro de vez en cuando) era sólo una pequeña parte de la persona real, cuya vida él ya no alcanzaba a abarcar con su imaginación. Estaba seguro de que ella sabía lo de la mina de Nevsky y no le había parecido prudente decírselo.
Tolkachev lo estaba estudiando como si necesitara una reparación.
– Me alivió ver que eran pocos -continuó Propenko llevando su confesión más allá del punto de consuelo. No había ninguna otra persona en la ciudad a la que le habría confesado esto, ni a Leonid o Vzyatin, ni siquiera a Raisa o Lydia o Marya Petrovna. Algo en el modo de ser de Tolkachev daba la impresión de que había contemplado o imaginado todas las traicioneras posibilidades del corazón humano, todos los compromisos que el miedo puede inspirar.
El relojero se encogió de hombros.
– Eso es normal, Seryozha. Es con lo que cuenta ese infame. Nadie quiere más caos que el que ya tenemos. Ese hijo de puta lo sabe. Lo ve ¿comprendes?
Propenko asintió y desvió la mirada, absuelto a medias.
– Pero esta vez calculó mal. No se puede hacer matar a la gente de un tiro en la nuca sin motivo alguno. No ahora. Hace veinte años se podía hacer, hasta hace diez años también. Ahora no.
– No puedo imaginarlo dando a alguien la orden de mandar al cuidador de una iglesia.
– No necesitó hacerlo, Sergei. Todo lo que tenía que hacer era crear las condiciones. ¿Comprendes? Stalin no mató a toda esa gente. En la mayoría de los casos ni siquiera dio la orden. Creó las condiciones. -Tolkachev se colocó las gafas de nuevo sobre el puente de la nariz y, como solía hacer, asumió el tono de un místico que le traduce a las masas.- Ciertas reacciones físicas tienen lugar a ciertas temperaturas y presiones. El universo está limitado por leyes. Las leyes son rígidas. Si uno tiene A y B, debe, dentro de cierta probabilidad, siempre tener C. Y lo mismo ocurre con los seres humanos. -Unió los dedos de las manos en un punto y los presionó uno contra otro por encima de su taza de té.- A cierta temperatura, a cierta presión, cierto resultado. Esto es lo que los creyentes a veces toman erróneamente como la voluntad de Dios. No es la voluntad de Dios, es simplemente el proceder del universo. Dios no tiene nada que ver con eso.
Era imposible saber si Tolkachev hablaba en serio o representaba una triste pantomima a sus expensas. El hombre había sido adiestrado en el fino arte de disimular su opinión. A veces hacía de viejo idiota, otras de profesor. A veces parecía creer en Dios, otras ridiculizar a los creyentes. Tenía un salario modesto -aumentado por gratificaciones por favores especiales- y un apartamento de una habitación lleno de textos de física y novelas francesas. Los fines de semana iba en el tren suburbano a su dacha y hacía vino de arándano, y preparaba verduras en conserva e iba de casa en casa contando historias de su vida en los campos. No había auto con chófer, ni viajes a Suecia para congresos profesionales, ninguno de los privilegios de los que gozaban otros hombres de ciencia de su calibre, pero Tolkachev no parecía echarlos de menos. Aun castigado y desperdiciado, con su genio enjaulado en esa pequeña tienda, había encontrado un tipo de paz. Propenko no podía menos
que compararlo con su propio padre, admirado en su profesión, cauteloso, cómodo económicamente… y desgraciado hasta el día que murió.
– Has ascendido a una nueva altura ahora, pequeño Sergei. Ahí hay una temperatura diferente, una presión diferente. Las cosas ocurrirán a una velocidad diferente.
– Una clase de peso diferente -dijo Propenko.
En el local resonó una cacofonía de timbres, zumbidos y campanadas cuando todos los relojes que funcionaban anunciaron la hora. A Propenko se le hacía tarde para ir al trabajo. Se puso de pie y le robó un sorbo de té de la taza del viejo.
– Vine en busca de consejo -dijo en parte para halagar al amigo de su padre, y también porque era cierto.
Tolkachev puso una expresión seria y pensó un momento, mientras la habitación seguía zumbando a su alrededor.
– Cuando te abrumen, Seryozha -le aconsejó- sé el boxeador.
Propenko prometió intentarlo. Abandonó el lugar más nervioso que cuando había llegado.
En el edificio del Consejo trató de serenarse con la rutina. Lyuba Mikhailovna entró para contarle lo que había ocurrido en la oficina la tarde anterior, pero sus palabras parecían llegarle a través de un sueño. Ella dijo "El camión faltante sigue faltando, Sergei Sergeievich", y él respondió "Pónganse en contacto con la GAI y hagan controlar todos los caminos desde Brest", pero sus voces eran susurros entre el tictac y la campanilla de sus pensamientos.
Cuando Lyuba volvió a su escritorio, Propenko hizo una lista de las cosas que había que hacer antes de salir para la estación. Tenía que llamar a Vzyatin y asegurarse una brigada de policía extra para el lunes por la mañana, cuando la distribución de alimentos debía comenzar. Había que confrontar listas de carga, terminar de llenar formularios de aduana. Bessarovich había llamado para dejar un mensaje sugiriendo que concediera entrevistas a los medios de noticias locales. Tenía que ponerse en contacto con el director del Hotel Intourist, Slava Bobin, y averiguar si no había algún problema de último minuto. Pero en cuanto tomó el teléfono para hacer la primera llamada, escuchó un ruido en la puerta, y en el umbral aparecieron dos extraños. Era una pareja rara, uno de los hombres había superado la edad para jubilarse y tenía una buena cantidad de condecoraciones de guerra cosidas en su usada chaqueta deportiva, y cabello blanco desordenado; el otro alto, con una incipiente calvicie, más joven pero igualmente mal vestido y con gafas tan gruesas que sus ojos parecían tan grandes como la esfera de uno de los relojes de Tolkachev. El mayor hizo una leve inclinación de cabeza y dijo:
– ¿Camarada Director? -Le faltaban todos los dientes, un sobreviviente andrajoso de la generación que había salvado al país de la extinción. Por un sentido innato de agradecimiento, Propenko los hizo entrar.
Los dos hombres se sentaron firmes, con el sombrero sobre las rodillas. Además del sombrero, el más joven, de calvicie incipiente, llevaba una bolsa de papel, y Propenko dio por sentado, al principio, que habían ido para sobornar a Ryshevsky para conseguir trabajo en el depósito de la aduana y habían caído en la oficina equivocada.
Pero el mayor repitió su saludo formal.
– ¿Camarada Director? -y parecía esperar permiso para hablar.
Propenko asintió.
– Ayer estábamos en el pabellón donde están almacenando los contenedores de alimentos americanos. -Retorció su gorra con las dos manos, y Propenko vio que además de los dientes, le faltaba la mitad del dedo índice.- Querernos trabajar como serenos ahí. Tenemos experiencia.
El más joven y calvo movió la cabeza exageradamente para asentir.
– Me gustaría emplearlos -dijo Propenko cortésmente-, pero ya tenemos sereno allí. La milicia vigila los contenedores día y noche.
– La milicia es una mierda -dijo el calvo de pronto-. Mierda de los galpones del pueblo.
Propenko no pudo evitar echar una mirada al reloj que tenía delante. Eran las diez y cinco. Tenía que salir para la estación dentro de una hora, y la lista de cosas por hacer antes era tan larga como su antebrazo.