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– Muéstrale -dijo el viejo-, y el calvo desplegó y abrió su maleta y sacó un candado de bronce. El cierre estaba abierto y se balanceaba colgado de la bisagra. Se inclinó hacia adelante, y lo puso derecho sobre los formularios de Propenko, y dijo: -Amerikanski.

– Estuvimos ahí anoche -repitió el viejo-. Uno de los candados del contenedor ya había desaparecido, y encontramos este colgado abierto, exactamente como está ahora. Los muchachos prueban todas las combinaciones de números hasta que dan con la correcta.

– ¿Qué muchachos?

– Delincuentes juveniles. La mafia les paga.

– ¿Y la milicia? -Propenko preguntó, con un leve pánico.

El desdentado movió una mano.

– ¿La milicia qué? El teniente está durmiendo adentro. Cada dos horas se despierta y da una vuelta con su linterna y hace pis fuera. Los muchachos están sentados en la colina riéndose. Cuando el teniente vuelve a entrar bajan como perros salvajes y empiezan otra vez con sus números, 0-0-0-1, 0-0-0-2, 0-0-0-3.

Propenko dio vuelta el candado. La combinación mostraba que los delincuentes juveniles habían tenido el tiempo suficiente para hacer mil doscientas sesenta y tres combinaciones. Sonó el teléfono.

– ¿Listo para la invasión norteamericana? -gritó Vzyatin a través del estrépito eléctrico.

Propenko tenía el candado en una mano, el teléfono en la otra, y miraba a los dos hombres al otro lado del escritorio imaginando treinta y ocho contenedores norteamericanos con su pintura brillante y totalmente vacíos.

– Víctor -gritó en respuesta, intentando amplificar la voz- un problema serio. ¿Puedes pasar por aquí antes de que me vaya?

– ¡No! ¡Puedo reunirme contigo en la estación o después para almorzar!

– ¡En la estación! ¡Estaré con Anatoly!

Cuando Propenko cortó, el desdentado señalaba sus condecoraciones.

– A mi me hirieron en los alrededores de Varsovia-dijo, y la palabra salió de entre sus encías sin dientes como Ba-so-ba.

Propenko asintió.

– Necesitaríamos una cabina -dijo su socio-. Yo trabajaría de noche, y él de día. A veces coincidiríamos en parte, por hacernos compañía.

Propenko no escuchaba.

– ¿Rompieron los sellos de la aduana?

– No. -El calvo hizo un gesto con la mano.- Quieren los candados, no la comida.

– Pero otras personas quieren la comida -dijo el más viejo-. Es sólo cuestión de tiempo. Los sellos de la aduana ya no significan nada.

El teléfono sonó de nuevo.

– Buen día, Sergei Sergeievich -tronó una voz en su oído, y pasó un segundo antes de que Propenko pudiera ponerle cara a esa voz.

– Mikhail Lvovich -haciendo lo que pudo para parecer respetuoso. Al oír ese nombre, las dos caras que tenía enfrente empezaron a hacer muecas. El más joven, que ahora Propenko consideraba como falto de cordura, simuló vomitar en el piso.

– Felicitaciones, amigo mío -decía el Primer Secretario-. Anoche cené en el Intourist, y Bobin me dio la noticia. Mis más calurosas felicitaciones.

– Gracias, Mihail Lvovich. El norteamericano llega hoy. Esperamos…

– Escucha. -El Primer Secretario lo interrumpió.- Nina y yo queremos que vengas a cenar a casa. Tú, Raisa Maximovna y nosotros. Nada más que nosotros cuatro.

Propenko vio pasar a Volkov por el vestíbulo. Su jefe desapareció de la vista, volvió, le hizo un gesto de que lo viera después en su oficina, y siguió.

– La noche que te convenga Mikhail Lvovich -dijo por teléfono Propenko, y se arrepintió enseguida-. ¿Qué estaba diciendo? Raisa se pondría furiosa.

– ¿Cuándo empieza realmente la distribución de alimentos?

– El lunes.

– El domingo, entonces. El domingo por la noche. -El Primer Secretario dejó escapar un sonido como si la cena con los Propenko fuera toda una ocasión que él y su esposa hubieran estado esperando todo el verano.- Antes de que estés demasiado ocupado. -Hubo una pausa breve, como si a Lvovich lo hubiese distraído algo en su oficina, y luego otro estallido de sinceridad sobre la línea crepitante.- No podían haber hecho mejor elección para esa función. ¿Cuándo esperas al embajador norteamericano?

– No hay ningún dato oficial…

– Extraoficial.

Propenko esperó sólo un segundo. Estaba aprendiendo muy rápido.

– Extraoficialmente -eligió la fecha de su aniversario de casamiento-, el primero de setiembre. Pero es un secreto de Estado.

– Conmigo está a salvo -dijo Mikhail Lvovich a través de lo que ya se había convertido en un estruendo cómico-. ¡El domingo por la noche, a las ocho en punto! -gritó y cortó abruptamente.

– El criminal número uno del oblast -dijo el calvo enfurecido.

Su socio lo hizo callar.

– Necesitamos una cabina y nos ocuparemos del resto.

Propenko necesitó un momento para reponerse. Las cosas ocurrían demasiado rápido… como en Estados Unidos.

– ¿Ya han hecho antes algo parecido?

Asintieron a dúo.

– Estamos en el aparcamiento al lado del mercado central. Donde depositan las piñas. El propio Mikhail Lvovich solía aparcar allí cuando iba a visitar a su amiga en la calle Matroskaya.

– Una noche oriné sobre su neumático -intercaló el calvo.

El mayor pareció consternado.

– Está loco -explicó Propenko-, pero nada lo asusta. Fue él quien vio el candado colgando. Echó a los chicos. Ahora es probable que ya falten dos o tres de los otros candados.

Propenko ya había tomado una decisión, pero se echó atrás en la silla y sopesó las consecuencias. Leonid se iba a preocupar. A Vzyatin le daría un ataque. Y sin duda alguna estos dos pasarían la mitad del tiempo detrás de los norteamericanos pidiendo comida, regalos, dólares, whisky. Complicaba las cosas, pero no era conveniente que les robaran los contenedores debajo de sus narices, pieza a pieza.

– Empiecen mañana-dijo, y sus dos visitantes se enderezaron en sus sillas como soldados-. Hablaré con el jefe Vzyatin sobre esto, pero ustedes me informan a mí. Por la tarde me vienen a ver y me entregan su informe.

Anotó sus nombres. Matvey Bondolenko era el loco, Ivan Shyshkin el viejo veterano desdentado, y les dijo que vieran a Lyuba Mikhailovna al salir. Se quedó con el candado.

Justo cuando estaban saliendo por la puerta, Matvey se dio la vuelta y anunció:

– Soy el Rey del Jazz, sabe. Esto sólo lo hago incidentalmente. Propenko arqueó las cejas. Shyshkin agarró a su amigo y lo empujó hacia la salida.

Volkov, borracho y lastimero, con las maletas preparadas para Bucarest, P;isó diez minutos simulando que le daba consejos a Propenko sobre cómo trabajar con los occidentales.

– Son hábiles, Sergei. Van a hacerte sentir como un tonto a cada rato.

– Luego llegó el tema importante:- Servozha, mi esposa vendrá a verte mientras yo esté afuera. Se quedará sola durante dos meses, sabes, y pensaba que podrías guardar algo para ella. Una caja o dos, nada más.

Propenko prometió hacer todo lo posible.

– ¿Te llamó Mikhail Lvovich?

– Hace quince minutos.

Volkov sonrió.

– Ahora vas a tener nuevos amigos.

– Y nuevos enemigos -dijo Propenko.

– Volkov siguió sonriendo.

Pese a sus tareas, el resto de la mañana pasó despacio. Propenko miró su reloj tantas veces que finalmente lo puso boca abajo sobre el escritorio para no verlo. A las once menos cinco bajó al baño de hombres, se lavó y secó la cara dos veces; se peinó y caminó repetidamente frente a los urinarios repitiendo las frases que Lydia le había enseñado durante el desayuno. "Khe-low -dijo tratando de torcer los labios como ella le había mostrado-. Velkum do Voxtok. Velkimm. Vellkum. Mai naim ees. Mai naim. Mai… Vell-kimm. "

Un idioma imposible.

Volvió a su oficina, revisó por última vez su lista, se puso la chaqueta y caminó por el vestíbulo. Lyuba sonrió y le deseó suerte.