– Vell-kimm do Vostok -le dijo él. Ella pareció impresionada.
Petya Dolgovoy, otra aliada en las guerras de oficina, le dirigió una gran sonrisa y le dio un apretón de manos, y luego Propenko se encontró afuera, entrando en el Volga color durazno del Consejo, al lado de Anatoly, traqueteando por el Prospekt de la Revolución para conocer a su primer norteamericano.
– ¿Nervioso, Sergei?
Propenko sacudió la cabeza, y luego dijo:
– Sí.
Anatoly sonrió, y la gran mancha de nacimiento rosa y violácea se deslizó hacia arriba por el pómulo.
– Debería sentarse atrás, sabe. Ahora es un director.
– Volkov es de los que se sientan atrás Volkov y Mikhail Lvovich. Yo me voy a quedar adelante, con usted.
– Pero el norteamericano se sentará atrás ¿no?
El norteamericano tendrá puesto un sombrero de cowboy y llevará una pistola, y estará fumando un gran cigarro -dijo Propenko. Recordaba todas las caricaturas de la guerra fría. Veia a un Tío Sam ávido de sangre montado sobre un misil de dibujo animado, rumbo a Moscú. Veía al presidente norteamericano, Dzhonson pisando fuerte, con su inmenso pie desnudo, sobre bebés vietnamitas.
– Y ahora nos dan comida -dijo Anatoly como si casi no pudiera creerlo.
– Envenenada, sin duda.
– Sin duda.
Anatoly tomó el camino del río. La ciudad gris se asentaba en una elevación a la izquierda de ellos. A la derecha y abajo, más allá del arco llano del Don, se extendía el río poco profundo, el valle con sus fábricas y minas. Pronto aparecieron las cúpulas de la Iglesia de la Sangre Sagrada, de un dorado brillante contra un cielo arremolinado que parecía venirse abajo. Propenko miró hacia el otro lado.
– Puchko está en la televisión esta noche -dijo Anatoly. Echó una mirada para captar la reacción de Propenko.
– Hablando de veneno.
Anatoly asintió. Había perdido un padre no lejos de Varsovia, y un hijo no lejos de Kabul, no se sentía obligado a acomodar sus creencias al estilo conservador del Consejo. Últimamente, había tomado la costumbre de llevar un crucifijo de bronce colgado del cuello y hablaba de Lituania como si fuera un país aparte.
Dos gotitas de lluvia salpicaron el parabrisas.
– Va a hablar de los mineros -continuó Anatoly-. Va a decir que la huelga forma parte de la conspiración de la OTAN.
– Y eso hará feliz a Mikhail Lvovich.
Anatoly gruñó y detuvo suavemente el Volga al llegar al semáforo. A pesar de sus bromas a Propenko le pareció que el conductor del Consejo estaba más bien sombrío. Usualmente se podía contar con que Anatoly relatara una o dos anécdotas escabrosas en momentos de tensión, pero hoy parecía hacer los gestos necesarios para simular un buen estado de ánimo. Como Leonid, pensó Propenko. Como yo.
– Puchko es impaciente -dijo Anatoly-. En sueños oye latir el corazón de Gorbachov. En sus sueños está en la dacha presidencial en Crimea.
– Gorbachov está terminado -se oyó decir Propenko. Las palabras parecieron haber surgido de alguna fuente subterránea, un arroyo de agua limpia burbujeando entre la piedra, un chorro de opinión desprotegida. Miró la cara de Anatoly de soslayo. Anatoly lo sabía. Todos lo sabían. Y nadie tenía la menor idea de qué vendría luego-. Me sorprende que nadie le haya pegado un tiro en la nuca.
Siguieron un trecho en silencio. Propenko observó un avión que asomaba entre las nubes y se deslizaba hacia el aeropuerto.
– Recuerdo el día que mataron a Kennedy -dijo Anatoly-. Fue en noviembre, después de un aniversario. -Ahora habían dejado el camino del río y se incorporaron de nuevo al tránsito de la ciudad. Propenko divisaba la calzada congestionada del puente. Su estómago era un mar tormentoso, té y aprensión.
– El veintidós -dijo-. El cumpleaños de Marya Petrovna.
– Yo tenía veintinueve años -dijo Anatoly-. El último año de soltería. Estaba con esta Natasha en el apartamento de un amigo que había llevado a su familia a Pyatigorsk. Afuera helaba, pero ella abrió la ventana que daba al patio. La radio sonaba al lado de la cama y la habitación estaba a oscuras. Se podía ver adentro de los apartamentos de enfrente -mujeres lavando platos, alguien sentado a la mesa leyendo un periódico, otro afeitándose-, eran las diez de la noche. Lo recuerdo como si fuese ayer. "Felicidad doméstica", dijo Natasha. Era una mujer muy sarcástica, Sergei. Salvaje y sarcástica. Yo intentaba conducirla a la cama, mientras le desabrochaba el vestido, pero me rechazó y se acercó a la ventana. Frente a la ventana, metió la mano por debajo de su vestido, se sacó la ropa interior y la tiró al patio, pienso que como una protesta contra la vida doméstica. Desde seis pisos de altura. Corrí a la ventana, y vi como su ropa interior caía a tierra. Le digo que nada me ha afectado jamás como eso. Esa noche fui como un semental. Estábamos revolcándonos en la cama cuando por radio dijeron que habían matado a Kennedy. Lo recordaré mientras viva.
Ahora habían cruzado el río, y Propenko vio la casa de cemento verde de la estación, y una muchedumbre que cruzaba las vías con bolsas de compras. Anatoly llevó el Volga del Consejo justo enfrente y paró el motor.
Voy a encontrarme con un norteamericano por primera vez en mi vida -le dijo Propenko-, y tengo un bulto en mis pantalones.
– En Estados Unidos -dijo el chófer-, eso es una señal de respeto.
Llegaron con un adelanto de quince minutos. Durante un rato pasearon de abajo arriba por el andén, vigilando el cielo tormentoso y mirando los trenes suburbanos que llegaban y desembarcaban sus cargas de gentes del campo. Cuando Vzyatin se acercó a grandes pasos entre la multitud con su uniforme gris bien planchado, Anatoly se fue a sentar con el chófer del Jefe. Propenko y Vzyatin caminaron hasta el otro extremo del asfalto, donde Propenko sacó el candado de su bolsillo y se lo entregó.
– De uno de los contenedores norteamericanos.
– Que me parta un rayo -dijo Vzyatin.
Propenko le habló sobre los otros candados que faltaban y sobre el Rey del Jazz y su socio desdentado, y vio cómo las cejas pobladas como orugas se le juntaban.
– Está bien -dijo el Jefe. Miró hacia el norte a lo largo de las vías-. Una vergüenza. Después de esto iré directamente allá y le daré una patada en el trasero al teniente Erfimov. Nunca volverá…
– Necesitaremos una cabina.
Vzyatin encendió un cigarrillo y tiró la cerilla a la vía.
– Hay una enfrente, en el estadio. Haré que Erfimov la traiga sobre sus espaldas. -Fumó enojado durante un minuto.
– Esos dos, Shyshkin y Bondolenko, no están tan locos como aparentan. El nieto de Shyshkin tuvo problemas hace unos años; le gusta provocar incendios. Una noche lo llevé detrás del Departamento Central y apoyé mi cigarrillo sobre su brazo. Se acabaron los incendios. Shyshkin me regaló una botella.
Un tren de carga pasó, desparramando pedacitos de carbón. Vzyatin sacó una hilacha de la solapa de Propenko.
– Tenemos huellas de pisadas en el cementerio de la iglesia -dijo por encima del ruido del tren-. Tamaño cuarenta y dos. Lástima que en Vostok haya sólo cien mil personas con ese tamaño de zapato.
– ¿Nada más?
– Tuvimos que enviar la bala a Moscú. ¿Quién puede saber qué le pasará en Moscú?… Aparte de eso, todavía estamos a la caza de pistas. Todos los que viven a menos de tres calles de la iglesia piensan que esa noche vieron algo sospechoso. Treinta testigos, treinta descripciones diferentes. La imaginación rusa.
Propenko sintió que Vzyatin lo estaba estudiando, escrutando dentro de su mente. Al cabo de unos segundos el Jefe dijo, con una vez perfectamente tranquila:
– No te preocupes por Lydia.
– No puedo dejar de preocuparme. Está involucrada con la iglesia.
– ¿Por qué no entras y lo dices por el altavoz?
– Los Niños del Tercer Paso -continuó Propenko más tranquilo-. Va a las reuniones.