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– Lo sabemos, Sergei. A esas reuniones va mucha gente. Por ejemplo, el sobrino de Mikhail Lvovich.

– Imposible.

Vzyatin dejó escapar una risa incómoda.

– En algún punto de la línea, amigo mío, dejaste de prestar atención. Los tiempos han cambiado. Tú piensas que el Tío Leonid todavía está sentado en el Kremlin. Piensas que el país todavía está rebosante de comunistas leales como tú.

– Nos invitó a Raisa y a mí a cenar.

– ¿Brezhnev?

Esa era la manera con que Vzyatin echaba un manto de humor sobre todo. Cuanto más lo preocupaba algo, más bromas hacía. Propenko no pudo ni siquiera sonreír.

– El Primer Secretario.

– Quiere averiguar si no hay Makdohnlds khemburgrs en esos contenedores rojos. El y Nina fueron a Moscú el año pasado para la inauguración oficial. No le menciones el tema o pasará horas contándote sobre las khemburgrs y el papel con que las envuelven, y el servicio, y lo limpios que están los baños. Y así sucesivamente.

– Quizá quiera hablar sobre Lydia.

Vyziatin se sacó el cigarrillo de la boca y escupió.

– Mierda, Sergei. Lo que quiere es saber qué puedes conseguirle de esos contenedores. Es el Primer Secretario. Si no tratara de extraerle hasta la última gota de sangre a la ciudad, no estaría cumpliendo con su deber. Basta con que consigas que el norteamericano le dé algunas botellas de bebida o un libro con ilustraciones dedicado, o algo, y te dejará en paz…

Propenko asintió. Según el reloj de la estación eran las doce y diez. No había señal alguna del Expreso Donbass, y se encontró deseando que el tren llegara sin ningún pasajero norteamericano, que se cancelara todo el programa gracias a alguna maniobra política de Moscú, y él pudiera volver a su vida anterior, que desde su posición estratégica, le parecía maravillosamente tranquila. De pronto, perdido en sus pensamientos, miró hacia el centro del andén y vio a Nikolai Malov solo, detrás de un grupo de reclutas del ejército con sus cabezas afeitadas y que reían fuerte y nerviosamente. Malov parecía no haberlo visto. Propenko sintió la sangre en sus manos y dedos, y un impulso urgente (algo salido directamente de sus sueños) que se unía a su cuerpo despierto como si fuera un espíritu. Se obligó a desviar la mirada a preguntarle a Vzvatin si efectivamente había habido una violación a la orilla del Malenkaya el viernes por la tarde.

– Algo como una violación -dijo Vzyatin-. ¿Porqué?

Oyeron un silbato fuerte. El tren verde de pasajeros, con la locomotora echando humo al cielo plomizo, tomó la curva y se acercaba a ellos.

– Malov piensa que yo soy el violador. El martes vino al apartamento por la tarde y le estuvo preguntando a Marya Petrovna por mí y por Lydia.

Ahora caminaban hombro con hombro, y el tren venía detrás de ellos. Malov los vio y saludó amistosamente, con la mano. Vzyatin no dijo nada. Tenía los ojos fijos adelante, entrecerrados, y los labios apretando lo que quedaba del cigarrillo.

El tren rechinó mientras se detenía poco a poco. Malov se dirigió hacia ellos, y con tono insinuante y alegre, gorjeó:

– ¿Qué es esto? ¿Asunto oficial de la milicia?

Propenko no pudo mirarlo. Si miraba a Malov ahora le daría un golpe, y si le daba un golpe, si dejaba que esa parte de él aflorara fuera de sí, no lo podría volver a contener jamás.

– Una inspiración -dijo Vzyatin con voz agradable, sin sonreír-. Vinimos para pescarte, Nikolai.

Las puertas del vagón se abrieron con un golpe. Propenko levantó la vista y vio a la cobradora, y tras ella a un hombre robusto, de cabello castaño que sonreía seguro entre la multitud, vestido con uno de los trajes más magníficos que jamás había esperado ver.

14

Czesich bajó a la plataforma y lo recibió un equipo de seis hombres con expresión adusta, verdaderos soviéticos. Dos tenían traje oscuro, uno de ellos de un metro noventa y buen mozo sin ostentación, el otro casi unos treinta centímetros más bajo, de cuello grueso, ladeaba la cabeza para ocultar una oreja deformada. Uno llevaba un uniforme gris de la milicia con la gran estrella de general de división en cada charretera. Los otros tres, a juzgar por su vestimenta modesta, eran chóferes o asistentes de alguna clase. Tomaron las valijas y se fueron sin decir una palabra. El general de división y los dos hombres de traje se presentaron. Czesich les dio la mano y olvidó sus nombres enseguida.

Frente al edificio de la estación se desarrolló una discusión a un costado, sobre quien llevaría al norteamericano al hotel, pero se resolvió de inmediato. Czesich se sentó en el asiento de atrás de un Volga color durazno detrás del chófer con la mancha de nacimiento violácea y el más alto de los hombres de traje. El general de división con su auto azul y amarillo de la milicia encabezó la salida del aparcamiento, seguido por el hombre de cuello grueso en un Volga blanco brillante, con Czesich y sus dos taciturnos compañeros cerrando la marcha.

Tres funcionarios, pensaba, tres Volgas nuevos, tres chóferes, las señales de empobrecimiento estaban en todas partes.

Cruzaron el Don, ancho y lento allí, e inclinado de oeste a este, y se mezcla-fon directamente en el tránsito de la ciudad. La calzada estaba flanqueada por humildes casas de madera en lotes minúsculos, el tipo de vivienda que se ve en todas Partes en Rusia: de un piso, techo de metal o alquitranada, postigos tallados azules o verdes como protección para las ventanas del frente. Aquí y allá un cerco o un cobertizo pintados alegraban el vecindario, pero las casas en sí estaban pintadas de marrón o negro gastado por el tiempo, las aceras estaban llenas de barro, el cielo plomizo, como si estuviera a punto de vomitar un chubasco de hollín.

Más adelante había una falange de edificios de apartamentos destartalados color maíz, otra ubicuidad soviética. Czesich miró fijamente los balcones manchados con herrumbre y los frentes de las tiendas de planta baja con carteles genéricos deteriorados: Telas, Reparación de Relojes, Panadería. Algunas babushki pasaban por las aceras acarreando bolsas con las dos manos; a un lado a la izquierda alcanzó a ver dos pirámides negras de escoria (enteramente surrealistas) y otro recodo del río. Antes de partir había estado haciendo algunas investigaciones en Washington, y sabía que el ochenta por ciento de los edificios de Vostok habían sido destruidos durante la retirada alemana; que la ciudad había sido liberada en octubre de 1943, a costa de cincuenta y dos mil vidas soviéticas; que era conocida por sus depósitos masivos de carbón y fábricas metalúrgicas; estaba al tanto de su historia cosaca, sus fértiles suburbios y su activo puerto de río. Pero lo que buscaba ahora, lo que siempre buscaba cuando entraba en una ciudad por primera vez, era las huellas digitales del lugar, la percepción de lo que hacía que Vostok fuera Vostok. A primera vista la ciudad parecía singularmente gris, carente de rasgos y de belleza, pero comprendía que eso era sólo otra máscara. Enterrada debajo de esta fachada agria corrían ricas vetas ele amor y coraje, un alma rica, cimiento de la realidad soviética. Lo sentía en su sangre.

Bajó la ventanilla y olió sulfuro y gas.

Sus compañeros estaban sentados con la cara hacia adelante, callados como guardianes de cárcel, y en un instante de pánico Czesich se preguntó si sería porque el Consejo de Comercio e Industria de Vostok ya tenía su número. La naturaleza precaria y ridícula de su posición se le reveló en ese mismo momento. En cuanto el Consejo se enterara por la gente de Moscú que el programa estaba en suspenso, sólo una combinación imposible de suerte y de simulación fantástica podría salvarlo. Era un suicidio profesional, y él lo sabía.

Pero enseguida reparó en una sirena de policía que silbaba y una luz azul que destellaba más adelante. La caravana de automóviles parecía haber entrado ya en el corazón de la ciudad, y allí las cosas eran más viejas y menos horribles. Arboles delgados daban vida a los bordillos y los edificios eran pequeños; estrechas casas de ciudad pintadas en colores pastel, algunas con barandillas de hierro forjado en los balcones y altas ventanas al estilo francés. El hombre apuesto que ocupaba el asiento del pasajero señaló cohibido la luz destellante de la policía y se dio la vuelta.