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– En su honor.

– Muy gentil de su parte -dijo Czesich. Si iba a tener alguna posibilidad de sacar esto adelante, era importante actuar como modelo de tacto y autoridad en estos minutos iniciales. Vio que el chófer lo miraba por el retrovisor exactamente como la gente de Boston Este miraría a un huésped rico, a la espera de señales de esnobismo, protegiéndose tras una semblanza dura. La luz y la sirena era una bienvenida indirecta, todo lo que sus anfitriones se atrevían a arriesgar por el momento. y Czesich lo comprendía. Había crecido con eso, y todavía lo prefería a la cordialidad más fácil del mundo refinado. Le hizo una señal con la cabeza al chófer y le pareció ver una sonrisa.

A las pocas manzanas el hombre alto (que ahora Czesich suponía que era una especie de guardia de pocas palabras) repitió su gesto torpe, esta vez hacia el lado del chófer.

– Sus contenedores.

Estaban en una fila roja delante de la estructura de dos pisos y techo plano. A Czesich le agradó verlos, pero había contado sólo doce cuando el auto giró noventa grados a la derecha y entró en el camino al Hotel Intourist, un edificio de ocho pisos en forma de L, sencillo como una bolsa de papel. Otro hombre rechoncho, de traje, estaba ahí para recibirlo, de pie en los escalones del patio con las manos cruzadas adelante y con aspecto de estar nervioso.

Por un instante Czesich se preguntó si no le darían una escolta hasta la misma puerta de su habitación. No tuvo que tocar sus maletas. El hombre de la escalera resultó ser el director del hotel; Czesich retuvo el nombre esta vez: Slava Bobin. Bobin tomó el pasaporte de Czesich, se lo pasó a un socio, y dijo que se ocuparían del registro en el hotel, uno de los círculos exteriores del infierno en la Unión Soviética. Antes de que hubiesen puesto siquiera un pie en el edificio, Bobin había tomado a Czesich por el codo, y no lo soltó hasta que hubieron pasado el deprimente vestíbulo sin alfombra, trepado una amplia curva de escalones, recorrido un pasillo pegados el uno al otro, y abierto la puerta de entrada a lo que Bobin lo aseguró (dos veces) era la mejor suite del Intourist. Bobin olía levemente a salame, y de puerta a puerta no dejó de hablar… "Debe estar cansado del viaje -dijo.

Hemos estado esperando su llegada desde hace un mes. Estamos orgullosos de que hayan elegido a Vostok como una de las ciudades piloto. Tenemos muy buenos obreros acá, ya verá, no peores, verá, que los obreros norteamericanos. Si tiene algún problema con el hotel, cualquier cosa que necesite, póngase en contacto conmigo inmediatamente…" Y así sin parar, todo dicho en tono de conspiración, con la boca de Bobin sólo a pocos centímetros de la oreja de Czesich. El hombre de cuello grueso, el guardia y el general de la milicia habían quedado atrás, sin haber recibido ningún agradecimiento.

Bobin le entregó la llave a Czesich.

– He dado instrucciones a nuestro chef para que le mande una selección de aperitivos y algo para beber -dijo.

– No era necesario.

– Y me sentiría honrado si aceptara ser mi huésped en la cena. La mesa está preparada. Todo está preparado.

Czesich le dio las gracias, expresó su satisfacción con la habitación y le pidió a Bobin que lo comunicara telefónicamente con la embajada en Moscú en cuanto tuviera línea.

– Por supuesto. -Bobin anotó el número, hizo una rápida reverencia y salió de espaldas.

La dos cero ocho era una suite de dos habitaciones pequeñas, nada parecido a las que ocupaba en Moscú pero, después del viaje desde la estación, mejor de lo que Czesich había esperado. Las ventanas del cuarto de estar ofrecían la vista de un cubo de basura herrumbrado y de la parte posterior de las graderías de un estadio.

Había un armario con platos y copas, una nevera, un baño limpio con una gran bañera de porcelana y un espejo enmarcado en un plástico anaranjado chillón. Estaba probando el agua caliente cuando un portero entró trayéndole las maletas. Le dio cigarrillos como propina y el portero se quedó en el centro de la habitación, sudando y examinó el paquete suavemente como si fuera una pieza de museo. Antes de salir por la puerta le hizo el saludo militar.

A lo largo de sus veinte años de registrarse en hoteles extranjeros, Czesich había establecido un régimen para sus primeras horas en un lugar nuevo -deshacer la maleta, bañarse, salir y ver la ciudad-, y trató de apoyarse en esta rutina una vez más para calmar una ansiedad insidiosa y en aumento, pero la estrategia le falló Apenas había echado la primera maleta sobre la cama cuando la conciencia de algo se introdujo en la habitación a través de aberturas ocultas. Deshacer el equipaje se convirtió en un acto de fe, ¿pero fe en qué? ¿En el buen humor de la Agencia de Comunicaciones de Estados Unidos y el Consejo del Comercio y la Industria? En la amistad de Julie? ¿En el impulso de borracho que lo llevó a esta habitación poco elegante de esta ciudad sucia?

No importaba, decidió. Ahora volaba, más allá de la lógica, escuchando un susurro. Guardó la ropa interior en los cajones pegajosos, y preparó un discurso desafiante.

Pero el teléfono se rehusaba a sonar. Cuando Czesich estaba abriendo la segunda maleta, oyó un ruido en el cuarto de estar y encontró a una empleada de la cocina que extraía platos de comida de una bandeja y los disponía en su mesa de comedor. Filetes de esturión ahumado, rebanadas de salame grasoso, una jarra de vodka, medio pan negro. Cuando trató de hacerle un regalo a la mujer, ella apretó la bandeja contra su pecho y salió de la habitación incorruptible.

Caminó, incapaz de tocar la comida, e incapaz de aferrarse a su justo desafío. A través de la alfombra oriental ajada, a la luz amarillenta y el nauseabundo olor a goma, insecticida y humo de cigarrillo viejo, Vostok se le estaba dando a conocer, y la sentía no solamente pobre, sino abandonada, apartada de las bondades más simples de la civilización de un modo que le recordaba la Rumania de Ceausescu y las partes más pobres de Polonia. El hecho de que estuviera llevando más de media hora conseguir línea a Moscú le pareció apropiado: Moscú, conectado con el mundo como estaba, existía en otra dimensión.

La tradición de deshacer el equipaje se había roto. Caminó por la sala de estar y hurgó en el escritorio, asustando a una gruesa cucaracha. Encendió y apagó la televisión. Probó otra vez el agua en el baño, comprobó si había tono en el teléfono, estudió los cajones desordenados del escritorio, el empapelado nuevo y el cuadro del mausoleo de Lenin que colgaba sobre su cama. Intentó de nuevo obligarse a ordenar sus pertenencias, pero le invadió una oleada de pesimismo, y se sentó en el sofá y se puso a reflexionar. Por primera vez en innumerables años había ido en contra de la corriente, y ahora se le echaba encima y sentía frío.

Se sentó en la bañera y se dio un baño caliente para reconfortarse, pero el consuelo lo eludía, encontraba risible su fantasía de Vermont Julie iba a odiarlo. Filson seguramente lo haría echar Iba a terminar viviendo de su pensión sin saber qué hacer en su apartamento de Washington, y hundiéndose en una vejez solitaria

El teléfono sonó en la otra habitación. Lo alcanzó a la cuarta llamada y le pidió al infante de marina que lo comunicara con Stirvin, la funcionaría de Asuntos oficiales. Pasó un minuto entero, mientras Czesich envuelto en una toalla goteaba sobre la alfombra y el diván, antes de que oyera la voz de Julie.

– Permite que te recuerde que esta llamada está siendo grabada por las dos partes -fue lo primero que salió de su boca, un pequeño chiste, otra defensa