Julie rió.
– Entonces hablemos en español -sugirió ella.
– No puedo. Lo he olvidado.
– Estamos citados para la cena -le dijo ella-. En cualquier momento después de las ocho.
Czesich cerró los ojos. Pasó un segundo o dos antes de que pudiera pronunciar las palabras:
– No puedo llegar, Julie.
Ella rió de nuevo, y él sintió que un cuchillo lo cortaba.
– Es cierto. No puedo ir a cenar. Lo siento.
– ¿Pero por qué? -dijo ella. Su tono le sonó entre juguetón y lastimero.
El dejó que la línea graznara por un instante.
– Estoy en Vostok. Habitación 208 en el Intourist.
– No hablas en serio.
Estaba tratando de serlo, pensó él. Abrió la boca para decir su verdad finalmente, pero lo que salió fue propaganda.
– Hasta ahora han sido maravillosos, encantados de verme. Los contenedores llegaron todos bien, en buen estado. Todo está bien. Los locales se muestran muy cooperativos
Siguió barboteando palabras, y ella se lo permitió. Tuvo la impresión de que sus palabras estaban alimentando una explosión en el extremo silencioso de la línea, pero si por lo menos podía seguir hablando un tiempo suficiente, a Julie se le pasaría el enojo y dejaría que su entrenamiento profesional se impusiera. Insultada o no. furiosa o no, había cosas que uno no debía decir a un grabador de la KGB. Por lo menos él contaba con eso. La otra opción era que ella lo echara a los lobos, para aclarar bien a quien fuera que estuviese escuchando que un norteamericano, con pasaporte diplomático con una garantía de seguridad absoluta, estaba en Vostok en una misión creada por él mismo, contra los deseos de la embajada, sin compañía y ninguna probabilidad de tener compañía.
Estaría en todo su derecho de hacerlo, y era capaz de hacerlo, de modo que Czesich siguió hablando, barboteando palabras.
El viaje en tren es espectacular también, y la ciudad en realidad es mucho mas bonita de lo que esperaba. Me han dado dos habitaciones, no a la altura de las de Moscú, claro, pero sí muy cómodas. Estaba en el baño cuando me consiguieron la comunicación, agua caliente en cantidad. Jabón. Papel higiénico. El director del hotel me invitó a cenar con él esta noche. Me van a instalar un télex. Mañana podré mandarte el número.
Ella lo dejó hablar, y por fin se le acabó el tema y se sumergió en un silencio espinoso.
– La conexión no es demasiado buena -dijo para beneficio de los grabadores imaginarios, pero en realidad se oía bien. El silencio se hizo más profundo.
Por fin ella habló:
– ¿Cómo está el clima?
– ¿Lo dices de nuevo?
– ¿Cómo está el tiempo allá?
Aturdido, Czesich miró por la ventana, pero antes de que llegara a decir ella agregó:
– ¿Los aviones vuelan?
– En tierra -y ella emitió una risa mordaz-. Niebla espesa. Dicen que a veces permanece así varias semanas en agosto. -En realidad, el desconocido Alexei que lo visitó en el tren le había advertido sobre las legendarias nieblas de Vostok. Y realmente parecía, por lo que podía ver a través de las cortinas de gasa, que la espesa niebla ya se había instalado.
Sintió que la paciencia de Julie se desarmaba. Este no era el momento de aferrarse a la verdad literal.
– Toda la jerarquía local me recibió en la estación, Julie. El Primer Secretario estaba allí, el jefe de policía, gente del Consejo de la Industria, periodistas. Todos están ansiosos por empezar a repartir los alimentos… a los niños especialmente. Todos hablan de los niños. Hay una cierta sensación de desesperación, sabes, de que si no los ayudamos esta vez, volverán a las viejas…
– Chesi -interrumpió ella bruscamente- recibirás un télex. Sigue las instrucciones exactamente ¿entendido?
Pensó en recurrir al truco del teléfono descompuesto, pero ya había ido bastante lejos. Estaba a salvo por uno o dos días. A partir de ahí iría paso a paso.
– Perfecto -dijo. Esperó que ella cortara la comunicación, y cuando no lo hizo, no pudo menos que decir-: Es el momento de correr algún riesgo por esta gente, Julie. Deberías ver…
– Chesi -interrumpió ella, revelando su furia-. ¿Qué es esto, tu respuesta a lo que te dije en el taxi?
– No -contestó él-. Temía que pensaras eso. Es mi respuesta a veinte años de ser un títere.
– Algo adolescente ¿no te parece?
– En absoluto. Siento que lo tomes así. -La imaginó apretando los labios, tensando los músculos de la boca, respirando ruidosamente por la nariz. Trató de sacar a relucir su propia furia, enterrada desde tanto tiempo atrás, pero se disolvió.
– ¿Recuerdas nuestra pequeña escena en el puente de Leningrado? -dijo ella después de otra larga y ruidosa pausa.
– Sin duda.
– ¿Recuerdas lo último que te dije?
– Una de esas observaciones que uno no olvida jamás.
– Bien, supon que la estoy repitiendo ahora -le dijo y la línea quedó muerta.
Se deslizó hacia abajo en la bañera, de modo que la boca le quedó casi al ras de la superficie jabonosa, y dejó que un chorro de agua caliente corriera entre sus pies. Desde Yalta, habían ido en tren de vuelta a Moscú, la última ciudad en la gira de Fotografía USA. Entonces estaban bronceados y eran inseparables; cantaban toda la noche con trovadores georgianos en el camarote contiguo; y Estados Unidos, con sus disturbios, asesinatos y ansiosos amantes abandonados, no podía haberles parecido más lejano. El primer día de la exhibición fueron atendidos por una poetisa y su hija, Nadya y Marina Shokhen, que los invitaron a su apartamento que sólo contaba con agua fría, y los introdujeron en un círculo de artistas y disidentes activistas. Durante las seis semanas siguientes durmieron apenas. Trabajaban en la exhibición de nueve a seis, luego iban en metro a diversos vecindarios alejados de Moscú a lecturas de poesía, cenas con mucha bebida y conversaciones maratónicas con los equivalentes soviéticos a Abbie Hoffman y Lawrence Ferlinghetti. Recordaba el silencio de esas calles a las 4 de la mañana, la sensación de estar solo con Julie por fin, después de un día lleno de gente, el placer de ir a toda velocidad por el Prospekt Kalinin vacío, en el asiento posterior de un taxi, muslo contra muslo. Recordaba ir en un autocar privado al trabajo más allá de San Basilio, leyendo en Izvestia artículos sobre Richard Nixon, y no querer volver a casa nunca.
Cuando finalmente la exposición cerró, él y Julie y los otros guías trabajaron durante doce días seguidos para desmantelar el espectáculo y empaquetarlo en contenedores de carga para el viaje de vuelta. También empaquetaron la mayor parte de sus enseres personales, se despidieron de Nadie y Marina y de los amigos disidentes, y evitaron hablar del futuro. Unas semanas antes habían tenido una alegre conversación sobre cómo darles la noticia a Marie y a Oliver, pero día a día, esa alegría había ido desvaneciéndose. En su ultimísima visita a la Embajada Estadounidense antes de dejar Moscú, Czesich encontró una carta de Marie en el casillero de correo de Fotografía USA. La madre y el padre estaban planeando una fiesta de bienvenida a casa. Se suponía que sería una sorpresa, pero ella pensaba que él Preferiría saberlo. Se preguntaba si se había dejado el cabello largo como los otros muchachos del bachillerato. Lo extrañaba y lo amaba.
Había llevado la carta al río Moscú bajo una lluvia fría y torrencial. La hizo un bollo y la tiró por encima de la baranda. En él se había hecho una división; a un lado, Marie, con su fidelidad viejo mundo y amores y odios francos; y en la otra, Julie, educada, liberada, reservada en asuntos del corazón. Creyó, esa tarde, que las dos únicas mujeres con las que se había acostado hacían pareja con dos mitades muy diferentes suyas, y que tendría que elegir a una y olvidar por completo a la otra si no quería verse partido en dos partes que sangrarían mientras él viviera.
Antes de volver a Estados Unidos, él y Julie habían planeado pasar unos días juntos en Helsinki, comiendo carne y bebiendo jugo de naranja, para celebrar su liberación del mundo comunista. Camino al norte se detuvieron en Leningrado para pasar la noche Estaban a fines de octubre, pero el invierno había llegado temprano, y desembarcaron del tren de Moscú para encontrarse con la ciudad cubierta por un colchón de nieve, los canales centelleando y oscuros, los edificios a lo largo del Prospekt Nevsky remozados. En el monasterio inactivo trente al hotel caminaron por los senderos resbaladizos junto con babushki de piernas arqueadas y pañuelo en la cabeza, y Czesich escuchó las campanas de la iglesia y sintió que se hundía de nuevo en una vieja piedad católica.