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Esta mañana pensé en esa conversación, mientras pasaba por delante de todos esos apartamentos cálidos, empujaba las pesadas puertas de vidrio del metro; bajaba por la escalera mecánica con el viento caliente pegándome el vestido al cuerpo y veía la multitud de caras adustas en el andén y los veloces vagones que se balanceaban.

A veces pienso que, en algún nivel, Gorbachov es un instrumento de los dioses, y que su rol en la historia de la humanidad es el de romper esta costra mezquina y agria, mostrar algo del alma tierna del ruso al mundo. Recuerdo haberlo visto en televisión en su primer o segundo año en el cargo, de pie en la calle bromeando con la multitud, v lo sorprendente que esto parecía después de lo que le había precedido. Fueran cuales fueran sus motivaciones y el juicio final sobre esta época, para mí seguirá siendo maravilloso que haya surgido del sistema del que salió y que hiciera las cosas que hizo.

Hoy estuve pensando en esas cosas, todo el día, hasta llegara aturdirme, y he estado pensando constantemente en ellas desde la llamada de Chesi.

Parece que aún para mí misma, expreso todo en la política y la historia, veo todo en este contexto. Supongo que esa es mi coraza. Esta noche estaba casi lista para sacarme esa coraza, para estar desnuda con Chesi (literal y figurativamente), ver si podíamos salir de nuestra rutina de lastimar y ser lastimados, e intentar algo nuevo para cambiar; nuestras propias perestroika y glasnost. ¿ Y qué pasa? ¿Qué pequeña broma nos reservan los hados? Mi Don Quijote llama por teléfono desde Donbass una hora antes de cuando se suponía que estaríamos cenando juntos y me dice que ha tomado la política exterior de los Estados Unidos en sus propias manos. Estoy tan furiosa con él ahora… Tengo un nudo de furia en el estómago. No siento ninguna necesidad de comer, ninguna necesidad de hacer otra cosa salvo entrar en la oficina del Embajador mañana, como una hija asustada, de Stalin, y entregar a Antón A. Czesich a las autoridades.

Pero no es tan sencillo. Estos últimos días he mirado demasiado dentro de mí misma, para poder estar simplemente enojada con él y endurecerme hasta ese punto otra vez. Está actuando como un tonto, un niño que trata de hacer de héroe, pero hay una pizca de verdad en lo que está haciendo, una verdad profesional y una personal, y no puedo mentirme a mí misma como si no la viera.

Pese a la parte dura, herida de mí que pretende otra cosa, supongo que es un paso adelante no estar juzgándolo demasiado rápido o elegir la paciencia difícil antes del enojo fácil; esperar uno o dos días.

O, quizá me esté dejando engañar una vez más.

16

Hacía tres años que ei corazón de Marya Petrovna había empezado a fla-quear y agitarse, y desde entonces su rutina diaria se había vuelto cada vez más imprevisible. Algunos días se sentía fuerte como para ir al mercado o ir en tranvía a la Sangre Sagrada y cuidar la tumba de su marido, o encontrarse con Lydia después de las clases para dar un paseo corto por ios jardines de flores cerca del río. Otros días no salía del apartamento. Dos o tres noches por semana no tenía ganas de dormir, y se quedaba sentada hasta la mañana, tejiendo, rezando o escuchando la Voz de América por onda corta, luego se acostaba después del desayuno y dormitaba hasta la cena, o se quedaba dormida sin aviso sentada a la mesa. Para una mujer que había sido el centro alrededor del cual giraba la rueda de la familia, esta inconstancia era una especie de tortura, y Propenko veía con una mezcla de pena y culpa que su carácter áspero se iba suavizando poco a poco. El y Raisa dormían ahora en el cuarto de estar. Habían dejado el dormitorio de atrás para que Marya Petrovna no se sintiera atada a la rutina de la casa y, si bien su propio ritmo matrimonial se había visto alterado por esto, jamás se quejaron, nunca hablaron de soñar con un apartamento más grande.

Entre Propenko y su suegra había un residuo de tensión debido a viejas batallas, por vivir tantos años en el mismo apartamento estrecho, pero no era algo que alguno de ellos tratara de ocultar, de modo que importaba poco.

Esta noche, Lydia estaba limpiando la iglesia para el funeral del sábado, y Raisa había ido a la casa de su hermano en busca de huevos, de modo que Propenko y Marya Petrovna estaban solos. El mezcló para ellos su kokteil especial de vainilla, helado, jugo de manzana y hielo, y se sentaron frente al televisor a esperar que empezaran las noticias nacionales.

Vremya comenzó, como venía sucediendo desde hacía varios meses, con un informe sobre la carencia de alimentos en varias repúblicas y con escenas del continuo ballet político: ahora Gorbachov, ahora Pavlov, ahora Yeltsin haciendo torpes piruetas en la pantalla. Después de semejante introducción era necesario ofrecer algo alentador, y las historias siguientes eran siempre positivas y patrióticas. Esta noche incluyeron tomas de un rompehielos nuclear mientras salía del astillero de Leningrado en su viaje inaugural, y un largo reportaje sobre la colectividad de una fábrica que había desarrollado un sistema eficiente para la producción de azadas y palas de alta calidad. En la pantalla apareció un hombre con botas negras de goma y ropa de trabajo oscura, de pie al borde de un campo que sostenía dos palas, una hecha según el sistema antiguo, y la otra con el nuevo. La cámara enfocó los mangos de madera laqueada.

Marya Petrovna bostezó.

Propenko llevó las copas a la cocina y las volvió a llenar, y cuando se sentó de nuevo, estaban pasando las noticias internacionales. Una compañía japonesa había comprado uno de los estudios cinematográficos de Hollywood (esto era un aliento de distinto tipo, destinado a convencer a la audiencia que el suyo no era el único super poder que hacía agua). Mientras la cámara ofrecía una panorámica del estudio y de la calle, Propenko escrutó a los transeúntes para ver cómo caminaban, cómo estaban vestidos, si parecían felices o desgraciados. A esta distancia era difícil decirlo.

– ¿Cómo era tu norteamericano? -preguntó Marya Petrovna.

Propenko sintió que se ruborizaba.

– Sólido. -Escuchó al comentador unos segundos.- Tan sólido, que me quedé mudo como un colegial. Me sentí como si me hubiesen enyesado. Un norteamericano, pensaba. Un Norteamericano.

– Tan solo otro cuerpo con dos piernas, Sergei.

– Lo sé. Pero me quedé helado. Tuve la sensación de estar rodeado de ojos, que vigilaban todo lo que hacía, que registraban cada palabra, criticándome.

– Ese es tu propio interior -le informó Marya Petrovna-, que se escapó y se instaló en la cabeza de otro. Tienes que sacarlo y traerlo de vuelta.

– Me hizo sentir joven. Me hizo recordar mi primera cita con Raisa.

Marya Petrovna gruñó como si no quisiera que se lo recordaran.

Vieron una investigación sobre un borracho que manejaba un auto en Gorki. Un periodista y su equipo habían tendido una emboscada en el aparcamiento de un café al borde del camino, y el periodista le gritaba preguntas a los conductores tambaleantes que bajaban de sus camiones. Uno de los conductores caminó directamente en dirección a la cámara y, con los párpados medio cerrados por efecto de la droga, se puso a sacudir el dedo regañando al equipo de televisión. ¿No se daban cuenta de que estaban interfiriendo con el trabajo? ¿No sabían que algunos de estos rebyata estaban despiertos desde hacía dieciocho o veinte horas? Manejando por caminos sin marcar, cruzados por zanjas y con baches del tamaño de… se calló de pronto, movió la cabeza en dirección al periodista y preguntó cuándo lo pasarían… para avisarle a su familia.