Propenko se preguntaba cuál sería la mejor manera de decirle al norteamericano que faltaba un camión, si alguna vez lo encontrarían o, si en este mismo momento soldados de la mafia estarían descargándolo en alguna callejuela al sur de Kiev.
– Alguien debe andar atrás de los inspectores de autos del gobierno -dijo, pero Marya Petrovna parecía estar ocupada en otra cosa.
– Maxim acababa de llegar a casa de vuelta del campo de concentración -dijo al cabo de un momento-. Y tú llegaste a la puerta como si fueras el hijo perdido de Lenin. Tan pulcro. Un pequeño Komsomol ansioso por agradar.
– No era pequeño, ni siquiera entonces.
– No. Eras alto y apuesto y acababas de lavarte la cara. Pero todavía eras un Komsomol, hijo entusiasta del marxismo.
– Lo era -admitió Propenko-. En cierto modo todavía lo soy.
– Qué vergüenza… Maxi se acercó a la ventana cuando Raisa y tú salieron y se quedó un largo rato mirando afuera mientras sacudía la cabeza.
Propenko había creído que ya no había nada que Marya Petrovna pudiera decir que lo lastimara. Tragó su bebida pero sintió tensos los músculos de la garganta.
Por fin, cuando se hubo tratado y dejado de lado la escena internacional, y avergonzado por completo al jefe de la GAI, escucharon al comentador embarcarse en una introducción larga y servil. Esta noche, dijo, el ministro del Interior, Boris Nikolaevich Puchkov, había accedido a participar en el programa y proporcionar un informe sobre la situación referente al orden público.
– En tres palabras -dijo Marya Petrovna-, no es buena.
Propenko subió el volumen.
Puchkov apareció en la pantalla, y sus hombros y cabeza parecieron llenar la habitación. Llevaba un traje azul sencillo, camisa blanca y corbata azul, y debajo de la frente alta los ojos eran muy oscuros y directos. Propenko pensó que toda la disposición de la cara tenía como finalidad sugerir la desaprobación paterna, como si esta fuera una persona totalmente segura de qué estaba bien y qué estaba mal, totalmente capacitada para instruir a todos los demás, totalmente segura de que sus hijos no necesitaban nada más que una buena reprimenda.
– Nuestro nuevo líder -dijo Marya Petrovna, usando vozhd', la palabra de Stalin, y empapándola con ácido.
– ¿Te parece?
– Sin duda alguna. Escucha.
– Respetados camaradas -Puchkov empezó sombríamente, tratando, como hacía siempre, de disfrazar su voz aguda y frágil con algo que sonara más viril-. Nuestro país, como es sabido, ha experimentado algunas dificultades durante los últimos meses.
– Años -dijo Marya Petrovna-. Décadas.
– Me preocupa, y estoy seguro de que también a ustedes, que ciertos grupos traten de sacar ventaja de esta situación difícil. Me entristece, y estoy seguro de que a ustedes también los entristece, que los valores hayan decaído en nuestro país al punto en que los ciudadanos estén ensuciando con carteles nuestras calles en vez de trabajar. Que haya jóvenes que se rehusen a servir en nuestras fuerzas armadas.
Niños criados con una dieta de narcóticos. Padres y madres que gastan su dinero en botellas de vodka en vez de zapatos y ropa para sus hijos e hijas. Ese pequeño grupo de extremistas está tratando de destruir una unión en cuya defensa tantos millones de heroicos hombres y mujeres soviéticos dieron sus vidas.
El Ministro del Interior hizo una pausa y echó una mirada a sus papeles dejando ver una mancha oscura en su calva al bajar la cabeza.
– Lo peor de todo es el hecho de que los mismos obreros de los que más dependemos durante esos tiempos de crisis son los que ahora insisten en inflamar nuestras heridas. Ayer, en la ciudad de Kuznoretsk, en Siberia occidental hubo una explosión que redujo para siempre la capacidad de producción de carbón de la mina Kirov. Hoy, en relación a este sabotaje, pusimos bajo custodia a un tal Valentín Borisovich Zastupov -Puchkov mostró en alto una fotografía y la cámara se acercó a la cara de un hombre hosco, de cabello negro con ojos opacos-. Zastupov era minero en la región de Kuzbass. En el interrogatorio confesó haber preparado los planes para colocar una serie de bombas en varias ciudades.
– ¿Y qué tipo de interrogatorio habrá sido? -Marya Petrovna le preguntó a la pantalla.
– Durante el interrogatorio, Zastupov confesó que estaba actuando para una conspiración de mineros, no sólo de Siberia, sino también de otras regiones mineras, y que la catástrofe en Kuznoretsk y las recientes huelgas son parte de una estrategia para desorganizar la vida política y económica de nuestro país. En este momento, las fuerzas del Ministerio del Interior, y agentes del Comité de Seguridad del Estado, están investigando las afirmaciones de Zastupov.
Al oír el nombre de su ciudad en los labios de Puchkov. a Propenko le corrió un estremecimiento por la columna vertebral. Echó una mirada a Marya Petrovna por el rabillo del ojo, pero ella tenía su atención puesta en la pantalla.
Puchkov puso la fotografía a un lado y cruzó las manos sobre la mesa que tenía adelante.
– El Presidente me ha pedido que les asegure que nunca permitiremos que una pequeña minoría de manifestantes, conspiradores y huelguistas desbarate el orden social. Semejantes personas son parásitos que desean vivir a costa del trabajo de la mayoría de ciudadanos respetuosos de la ley. En algunos casos tienen la ayuda (financiera o de otro tipo) de provocadores extranjeros.
– Tu norteamericano-bromeó amargamente Marya Petrovna-. Parte de una conspiración.
Propenko intentó sonreír pero ahora, junto con el miedo, sentía una gota de sospecha. Esto era el genio perverso de gente como Puchkov y Malov. Podían decir algo que uno sabía que era una mentira, pero sin embargo la mentira estimulaba alguna glándula paranoide secreta; la glándula echaría unas gotas de veneno dentro de la sangre de uno, que comenzaría a su vez a odiar.
En otros casos, esta gente actúa por su cuenta, a partir de un deseo equivocado e individualista de interferir con el progreso de la perestroika -Puchkov hizo una pausa para dar énfasis y dirigió una mirada feroz a la cámara-. Estén tranquilos camaradas, que los mejores miembros de nuestros órganos de seguridad trabajan para asegurar no sólo que se solucione este caso particular, sino que las raíces de nuestro desorden, ya sea en organizaciones religiosas, políticas, científicas u obreras, sean arrancadas de nuestro bendito suelo soviético.
El Ministro del Interior concluyó su presentación con una brusca inclinación de cabeza. Propenko vio que el comentador había vuelto a la pantalla. Oyó la música de carnaval que introducía el informe deportivo, pero el informe deportivo no le interesaba esta noche. Las palabras de Puchkov quedaron flotando en la habitación, la clase de código elemental que todos los de su generación habían aprendido a descifrar y esperaban, después de Brezhnev, que podrían olvidar. Puchkov comprendía perfectamente bien que los mineros constituían el mayor obstáculo a su reposición del ala derecha, y con esta actuación les había declarado la guerra. Esta guerra se libraría con rumores, acusaciones falsas y fragmentos de verdad distorsionada. Los agentes de Puchkov y los matones de la Seguridad del Estado se dedicarían a arrestar, hostigar, intimidar y acosar a los grupos de iglesia y a los comités de huelga; se ocuparían de que sus parientes ancianos cayeran "accidentalmente" en el mercado, que las mejores fechas de vacaciones fueran cambiadas "en nombre de la imparcialidad socialista", de que se acusara a los padres de violaciones o se les dieran tareas de perfil alto para hacerlos fracasar. Propenko sabía cómo funcionaba; todos lo sabían. El conocimiento, las palabras del código y el miedo profundo e invisible tenían un lugar en el cromosoma ruso. Esperaba que Raisa no hubiese estado mirando la televisión.