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Marya Petrovna observaba fijamente a los jugadores de fútbol en la pantalla, sin verlos

– Voy a rezar por Valentín Zastupov -dijo, pero sus pensamientos parecían estar muy lejos otra vez. y cuando anunciaron el informe meteorológico, Propenko cerró el aparato.

– Maxim solía decirme algunas veces lo que los guardias le hacían a los hombres en los campos de concentración -dijo, como si hubieran estado hablando nada más que de campos de concentración durante toda la noche.

Propenko se puso tenso en su asiento, sin ganas de oír.

– Decía que si pescaban a alguno tratando de escaparse lo metían con los perros cuando estos estaban comiendo. Los perros vivían en jaulas muy pequeñas. Los guardias obligaban a los otros prisioneros a mirar.

– ;Y sin embargo la gente trataba de escaparse?

– No muchos, no muchos. -Se rascó distraídamente un lunar en el dorso de su mano izquierda.- Maxim lo intentó una vez.

– En un camión -dijo Propenko. Eormaba parte de la mitología de la familia. Maxim Semyonich escabulléndose por la entrada en el camión del pan, y luego casi muriéndose de hambre en la estepa de Kazakhi. Lo había oído cincuenta veces. Lydia había sido criada con estas historias de desafío heroico, y esta noche le resultaba obvio a él que la habían llevado directamente al padre Alexei y sus mineros radicales: la habían llevado al campo de batalla a enfrentar a uno de los dos o tres hombres más poderosos del país… mientras su padre lo veía y se retorcía las manos.

– En la parte de atrás de un camión de pan -dijo Marya Petrovna-, escondido en el piso con ocho jergones de madera encima, aplastándolo. Cada vez, que el camión pasaba por encima de algún obstáculo en la calle los jergones volaban por el aire y le caían encima de golpe… Cuando oscureció saltó afuera, con la espalda y las piernas todas magulladas por los jergones, con grandes chichones en la cabeza donde lo habían golpeado… Saltó afuera y cruzó la estepa a pie, bebiendo en charcos sucios donde saciaban su sed los animales, caminando toda la noche y escondiéndose durante el día. Durante cuatro días no comió nada. Por fin llegó a las afueras de un pueblo y golpeó en la puerta de una cabaña para pedir comida, y la campesina lo entregó.

– Y en el campo le pegaron -dijo Propenko.

– Le rompieron los brazos. Agregaron dos años a su sentencia, y cerca del final de esos dos años extra murió.

– Era un hombre valiente -dijo Propenko, pero estaba apretando sus brazos cruzados contra el cuerpo, mientras miraba fijamente una mancha en el piso, y se preguntaba, si valiente era la palabra apropiada. ¿Qué habría hecho Maxim Semyonich si hubiera llegado a Vostok después de escaparse? ¿Habría besado a su amante esposa y a su hija y se habría ido a vivir en la clandestinidad? ¿No habría sido mejor cumplir la sentencia y volver a casa con vida?

– Demasiado valiente -dijo Marya Petrovna, como leyendo lo que pensaba.

– Pienso -dijo Propenko, sin mirarla-. A veces, pienso… me pregunto si… Lydia oyó esa historia tantas veces mientras crecía… me pregunto si ahora está comprometida con la iglesia para tratar de ser tan heroica como su abuelo… -Se calló. Expresado en voz alta, el pensamiento tomó un matiz que él no había querido darle. Marya Petrovna lo miraba.

Al cabo de un rato la vieja desvió la vista y se encogió de hombros, como si no hubiera esperado otra cosa de él. Se deslizó hacia adelante en la silla y se preparó para ponerse de pie.

– Te preocupas por Lydia, Sergei, pero tú no puedes hacer nada.

– Si no intento hacer algo, no soy un padre.

– Tú eres su padre hagas lo que hagas, eso es lo que no ves. No puedes protegerla como si fueras Dios.

– Un padre tiene ciertos deberes -dijo Propenko tercamente. Se sintió bañado en vergüenza, inmerso en ella. Puchkov, esta conversación, el norteamericano… se sintió como un niño asustado entre héroes y padres severos.

Marya Petrovna emitió un pequeño gruñido, se puso de pie y lo miró desde arriba.

– Muy bien -dijo-. Los deberes están bien. Pero no se puede rehacer a una hija a su propia semejanza. Créeme, de eso entiendo. Lydia va a vivir como quiere, hagas lo que hagas. -Le tocó el hombro y pasó delante de él camino al dormitorio.

Propenko se acercó a la venta y miró abajo hacia la avenida Octubre. Un autobús emergió de la niebla, se detuvo justo debajo de él y dejó salir a un pasajero que cruzó la calle y desapareció en un patio enfrente. Pensó en Maxim Semyonich sentado demacrado y sin afeitar en la mesa de cocina de Raisa, y en Volodya Tolkachev inclinado sobre sus herramientas y resortes en el negocio polvoriento y ruidoso en la calle Makeyevka. A esos hombres se les olía el miedo. Tan sólo ver sus caras bastaba para que uno comprendiera que el mundo sereno común era una ilusión, que yacía como una mortaja sobre algo absolutamente desprovisto de piedad, un pozo negro. Todo dolor. Y terror.

Se sintió insoportablemente solo en el cuarto de estar oscuro. No podía imaginar tener que enfrentar lo que el padre de Raisa había enfrentado, una sala para interrogatorios manchada de sangre, golpes, brazos rotos, años sin la familia. No podía permitirse pensar en Lydia enfrentándolo.

La puerta se abrió. Raisa entró con una bolsa que llevaba huevos blancos y una botella de leche. Tenía la cara pálida y adusta.

– ¿Estuviste viéndolo, Sergei? -fue la primera cosa que dijo.

17

– Bien -dijo Bobin, desplegando su servilleta y alisándola sobre sus muslos. Su cara era regordeta y de color desigual, vagamente enfermiza. Hábleme de los grandes hoteles americanos en Menkhettn.

Czesich no era una autoridad en esos hoteles. Había pasado un total de cuatro noches en los grandes hoteles americanos de Manhattan, dos fines de semana extravagantes, separados por varias décadas. En 1958, cuando él tenía dieciséis años, una noche su padre ganó 750 dólares en las carreras de perros, y al día siguiente llevó a la familia a Nueva York. El único hotel de Manhattan del que su padre había oído hablar se llamaba el Plaza, de modo que tomó una suite en el Plaza y pasó dos días despilfarrando la ganancia. Paseos en auto, banderines y camisetas de la ciudad de Nueva York. Tours en autocar por Harlem y Chinatown. Dos cenas opíparas en Little Italy "para darle el gusto a tu madre". Lo que Czesich mejor recordaba de aquel fin de semana era a los mozos cortando rodajas de melocotón que ponían en vino tinto en La Grotta Azzurra, y a su madre y su padre cantando con la radio en algún lugar de Connecticut, una melodía nada frecuente.

Su segundo fin de semana en Nueva York, treinta años después, lo había pasado en el Gramercy Park Hotel con Eudora Bestweather. Eudora era una agente turística que gozaba de un sabático de un amante aburrido. Una mujer rolliza e irreverente. Fueron en Metro a la estación Penn un viernes por la tarde y pasaron dos días de agosto comiendo, visitando museos y haciendo el amor.

Los hoteles de Manhattan eran para Czesich una mezcla de esos recuerdos, un puro placer.

– Bueno -dijo, enfrentando la mirada a la defensa de Bobin-, no hay casi nada que los hoteles verdaderamente distinguidos no harían por sus huéspedes.

– Por ejemplo -apuntó Bobin. El director del hotel había reservado una mesa al laclo de la ventana en el restaurante del segundo piso, aunque la vista estaba oscurecida por la niebla que aumentaba; había pedido aperitivos, aunque la selección era idéntica a lo que Czesich había visto en su habitación pocas horas antes; se había ocupado de todo desde elegir personalmente a una camarera hasta elegir el plato principal y el vino. La bienvenida tan cuidada y la sonrisa escurridiza lo pusieron un poco incómodo, pero había sabido desde el principio que esta tarea iba a requerir un buen número de apretones de mano calurosos y cenas con mucha bebida y sonrisas forzadas. Esas eran sus especialidades ¿no era así? Talentos que había dedicado décadas a perfeccionar. Una empresa como el Programa Piloto de Distribución de Alimentos, en un país como la Unión Soviética, en un lugar como Vostok, era el vehículo ideal para esos talentos, la función de gala en una carrera de mentiras.