– Por ejemplo, le lavan la ropa en el hotel.
Bobin sonrió con petulancia. Observó cómo la camarera sacaba el corcho de la botella, luego se la tomó, sirvió las primeras gotas en su copa, y llenó la de Czesich. Estudió la cara de su huésped mientras probaba el vino, sonrió cuando Czesich pareció aprobarlo. Hinchó su barriga de tonel.
– Aquí puede tener el mismo servicio -se jactó-. Hable con la mucama. Si se lo pide, le planchará los calzoncillos.
Czesich asintió. No sentía deseos de seguir adelante con la comparación con Estados Unidos, pero Bobin lo instaba a continuar.
– Bueno, en algunos hoteles le dejan los periódicos de la mañana en la puerta a las seis, para que conozca las noticias antes de enfrentarse con el día.
Bobin asintió e hizo un gesto con su mano libre instándolo a que continuara.
– Mediante un pago extra puede pedir el desayuno en su habitación. Le dejan el menú la noche anterior, y usted solamente tiene que marcar lo que desea y colgarlo del pomo de la puerta: café, jugo, huevos, pasteles.
– Con un pago extra -dijo Bobin, anotándose un punto-. Aquí, el desayuno es gratis. Está incluido con la habitación. No sólo té y jugo, sino también pan, queso, carne si la hay. Esta mañana tuvimos hígado de oveja. Usted no estaba.
Czesich sintió una leve molesta irritación. Algo en la cara o voz o comportamiento de su compañero, había generado una asociación desagradable. Al cabo de un instante la comprendió; Bobin, con su amplia sonrisa, y secretamente tímido, le hacía acordar de sí mismo.
– Puede llamar a las dos de la mañana y le llevarán comida o bebida a su habitación.
– Está bien -aceptó Bobin-. Eso no lo ofrecemos. Aquí respetamos a nuestros empleados. Nadie debería tener que cocinar para otro en medio de la noche.
– Tienen teléfonos en los baños.
– Los deberes del baño son los deberes del baño. El teléfono no tiene nada que hacer allí.
– Los televisores tienen veinte o treinta canales.
Bobin se retorció un poco. Tuvo que abandonar la conversación un momento porque lo llamaron para asistir a un veterano que comandaba una barricada de sillas cerca de la entrada. La escena era similar a la del Ladoga, pero en escala menor y más tosca. Al veterano lo presionaba una multitud de hombres y mujeres jóvenes que pedían ser admitidos. Algunos de los hombres tenían las manos vendadas, o moretones azules debajo de los ojos, y se erguían como lo hacían los jóvenes forzudos de Boston Este, con los brazos separados del cuerpo, listos para asestar un golpe o un directo a quienquiera les sostuviera la mirada durante más de dos segundos.
– Mest nyet -Czesich oyó que el veterano gritaba a la multitud.- No hay lugar. -A pesar de la vehemencia con que las jóvenes parejas señalaban que en el salón había veinte o veinticinco mesas libres, el veterano sólo repetía su mantra mest nyet, mest nytt, a veces acentuándolo con la palabra zabronirovan, reservada para indicar que las mesas sólo parecían estar desocupadas. Algunas serían ocupadas más tarde en la noche por huéspedes, otras se mantenían libres como seguro, por si el intendente o el Primer Secreteario traían a su amiga. Czesich pensó en decirle a Bobin que en Estados Unidos, dos o tres tandas de comensales usan una mesa en una noche dada, pero Bobín volvía hacia él con una sonrisa orgullosa de propietario, que algún instinto aconsejó a Czesich que se quedara callado. Podría necesitar un aliado dentro de uno o dos días.
El plato principal fue un trozo de carne aceptable con patatas fritas aceitosas y un acompañamiento de remolachas ralladas y repollo en vinagre.
Mientras él y Bobin cenaban, las mesas vacías se fueron llenando gradualmente, y el ambiente de la sala se volvió cada vez más estridente. La gente empezó a beber en serio, cubriendo los manteles con grandes botellas verdes de champaña, y estilizadas botellas azuladas de vodka, tirando corchos al techo, fumando un cigarrillo tras otro. Una banda de rock and roll subió al escenario y bombardeó a la audiencia con una serie de melodías pop que las parejas jóvenes y de mediana edad aprovecharon para bailar extasiadas lanzando los brazos y moviendo el cuerpo en todas direcciones. En cierto momento se inició una refriega cerca de la puerta. Alguien se había cansado de esperar y empujó al veterano, que en represalia agarró un palo de escoba y lo agitaba sobre su cabeza como una porra; pero pareció como si formara parte del entretenimiento de la noche. Bobin habló con cariño de sus dos hijas, de un equipo de baloncesto que el hotel patrocinaba y que iba a hacer una gira por Checoslovaquia ese invierno, y que esperaba que algún día jugara en Estados Unidos. Siempre que quedaba poca comida o bebida, levantaba dos dedos como un señor, hacía un gesto a la camarera que se apresuraba a llevarles otra botella, o una cantidad de champiñones en vinagre u otro plato de pan negro.
Czesich empapó sus ansiedades liberalmente con el mejor vino de Georgia que tenía la casa, pero no conseguía olvidar la conversación con Julie o la sensación de que estaban a punto de desenmascararlo.
Durante el postre, Bobin algo bebido también, inquirió:
– ¿Casado?-en tono más personal.
– Mi esposa y yo estamos separados desde hace nueve años.
– ¿Hijos?
– Un hijo, de veintidós.
– ¿Y usted qué edad tiene? si no es un secreto.
– Cuarenta y nueve -dijo Czesich-. Cincuenta el mes próximo. -Al decir realmente la cifra en palabras, sintió un golpecito de entendimiento entre sus sienes. Cincuenta. El enorme cinco, cero. El límite del medio siglo latiendo como una bomba a unas pocas cortas semanas de camino. A la luz anticipada de esa explosión, muchas cosas cobraban sentido.
– Yo tengo cincuenta y tres -confió Bobin por encima del ruido de la banda, y una concupiscencia plateada y vinosa brilló en sus ojos-. No demasiado viejos para las mujeres, ¿no es así, Anton? -Golpeó tres veces la palma de su mano izquierda con el dorso de la derecha en el gesto de amor de los soviéticos.
– De ningún modo -dijo Czesich. Desde que les sirvieron el primer plato se había dado cuenta vagamente de que había mujeres jóvenes sentadas con hombres mayores en algunas de las mesas a lo largo de las paredes. Las mujeres llevaban ropa sensual que pasaba por ser la última moda en las provincias: vestidos con frunces, muy escotados y vaqueros muy ajustados, con tacones altos. Todas fumaban. La mayoría miraba alrededor con los párpados entrecerrados, como las estrellas de cine de la década del cincuenta. Le pareció un cuadro más bien triste, al borde de lo patético, pero de todos modos excitante. El salón oscilaba levemente y lo invadió una ola de autocompasión entre todo el ruido del rock and roll. Iba a cumplir cincuenta dentro de cuatro semanas, y dormía solo.
Bobin tendió la mano sobre la mesa y lo tocó en el brazo.
– ¿No dejó alguna novia allá en Moscú, no?
Por un instante espantoso, Czesich se preguntó si el mismo Bobin no habría escuchado su conversación con Julie. Ofreció su mejor sonrisa falsa.
– Desgracidamente, no.
Bobin se echó atrás en la silla, sacó algunas migas de su corbata, y contempló el salón.
– No creo -dijo moviendo los ojos despacio hasta mirar a Czesich cara a cara-, que muchos hoteles faciliten ese servicio en Estados Unidos.