– ¿Qué quiere decir?
Bobin rió como si Czesich le estuviera tomando el pelo, de hombre a hombre. La camarera les llevó el té y los pastelitos, y sin preguntarle a Czesich cuánto quería le echó tres cucharadas de azúcar gruesa.
– Soy su anfitrión -dijo-. Soy responsable de su atención.
– Es gentil de su parte, Slava, pero he venido aquí para trabajar.
– No me comprende -dijo Bobin bondadosamente-. La manera de trabajar rusa es diferente. Los rusos combinan el trabajo con otras cosas: un poco de bebida, un poco de comida. Romance. Conversación. Antes de la Revolución, los campesinos acostumbraban cantar cuando trabajaban. De esa manera es más natural. No como los norteamericanos, los alemanes y los japoneses que son tan serios. -Su cara adoptó un semblante de concentración sombría.- Robots.
Bajo el efecto del vino, Czesich estuvo a punto de sugerir que la razón por la que los campesinos cantaban mientras trabajaban era que todavía no conocían el marxismo-leninismo, pero se detuvo a tiempo. Ahora Bobin tenía en la boca algo que parecía ser un cigarrillo norteamericano y el humo le llegaba por encima de la mesa pequeña, completando así la insalubridad de la noche. Alcohol, cafeína, carne roja con grasa, crema agria, azúcar, comidas fritas, humo: era la dieta clásica rusa, la actitud rusa clásica.
Recordó un restaurante en Georgetown que decoraba su menú con diminutos corazones rosados al lado de las entradas especialmente bajas en colesterol y grasa, y cuando Bobin le ofreció un cigarrillo lo aceptó y fumó encantado.
Bobin aspiraba tan fuerte que la ceniza se ponía roja como una fresa, luego giró la cabeza y soltó una bocanada de humo contra las cortinas. Afuera una luz solitaria brillaba en un halo de gotitas amarillas, y un autobús paso a marcha lenta por la calle brumosa La ciudad parecía muy tranquila y silenciosa, abandonada
– Un lugar rico, Vostok -dijo Czesich-. Quiero decir, las minas.
– Por cierto -le dijo Bobin-. Proporcionamos combustible a la mitad del país. -Otra vez se inclinó hacia adelante de modo que su vientre quedaba oprimido por la mesa.- Cuando los mineros tienen ganas de trabajar, claro.
Czesich mantuvo un silencio diplomático Le llevó un momento encontrar el cenicero con la punta de la ceniza ya cayendo
– Antes de este presidente nunca tuvimos huelgas, sabe -continuó Bobin, ahora algo excitado.
– O los diarios no hablaban de ellas.
– No, le digo. Nunca las tuvimos. Las huelgas eran algo que ocurría en los países capitalistas donde se maltrata a los obreros. No aquí. Aquí nunca teníamos huelgas. Nunca necesitamos que otros países nos dieran comida.
Czesich no tomó la observación como cosa personal. Los ojos de su anfitrión flotaban
– Anoche fui a la Sede del Partido -ofreció Bobin, y Czesich observó cómo emergía un ego más verdadero y más mezquino-. Me dirigí directamente a uno de los que hacían la supuesta huelga de hambre (comen, sabe, toman agua y comen un poco de pan) y le pregunté qué bien creía estar haciendo. "Aquí está-le dije-, muriéndose de hambre en vez de trabajar, en vez de alimentar a su familia y ayudar a su país. ¿ Y cual es la razón? (,Qué quiere?" -Bobin avanzó la mandíbula.- ¿Sabe qué dijo?
No tengo la menor idea
– Dijo: "En Estados Unidos el esposo y la esposa tienen un coche cada uno." -Bobin golpeó con los dedos el borde de la mesa.- En eso se ha convertido la Revolución ¿ Se imagina?
Este retazo de desinformación derechista dejó mudo a Czesich. Hizo girar el cigarrillo sobre el borde del cenicero y miró por la ventana.
Bobin extendió el brazo y volvió a tocarle el brazo.
– No hay disciplina-dijo, como si esta fuera una conclusión a la que había llegado después de mucha investigación de campo-. Ese es todo el problema. Eso es lo que este Gorbachov nos trajo.
Como él mismo no era un hombre de mucha disciplina le pareció mejor no responder.
– ¿Recuerda a Andropov.? -Bobin cerró un puno gordo y lo hizo saltar sobre la mesa, haciendo sonar platillos y cuchantes.- Andropov fue un presidente
de veras
– Jefe de la KGB antes de eso, ¿No?
Bob sonrió.
– ¿Y su Dzheordzh Boosht?
– Touché.
Dejaron caer el tema. Después de fumar con fruición durante un rato, Bobin aplastó furiosamente su cigarrillo en el cenicero y encendió otro.
– Bueno, aquí es donde Estados Unidos nos gana -confesó, sosteniendo el cigarrillo delante de su cara, y diciendo Marlbara amorosamente
Czesich aprovechó el comentario:
– Da la casualidad que traje unos cuantos cartones de más -dijo-, en uno de los contenedores. Me voy a ocupar de que le lleguen algunos
Bobin se mostró sorprendido, como si nunca se le hubiera ocurrido esta posibilidad Se lo agradeció profusamente.
Y asi, pensó Czcsich es como funciona todo el país, como funciona la mayor parte del mundo. Algunos paquetes de cigarrillos a cambio de un recibimiento especial, un par de vaqueros occidentales negros por un parabrisas nuevo, y así sucesivamente. No habría un precio fijo para el servicio de lavandería de la camarera. Habría que pensar algo, un lápiz de labios, un par de ejemplares de Mademoiselle. De esa manera era más interesante, más intimo y creaba la ilusión de libertad.
Durante unos minutos, mientras Bobin fue a conferenciar otra vez con el asediado veterano, se encontró imaginando una escena en algún lugar de los laberínticos vestíbulos del Departamento de Estado de Estados Unidos. El estaba sentado a una mesa, frente a un tribunal de burócratas de carrera que trataban de decidir qué porcentaje de su pensión sacarle como castigo por su fiasco en Vostok. Ninguno de los burócratas había pisado jamás la URSS, y el trataba de explicarles que allí las cosas eran diferentes, que los reglamentos y normas escritas eran meramente una tela blanda en la que estaba pintado el retrato contuso de la vida real, que su viajecito sin autorización a Vostok debía ser tomado como un gesto creativo, el único enfoque práctico, quizás equivocado, pero bien intencionado. El tribunal no le creía.
Cuando Bobin volvió, no se sentó.
– Tengo que ocuparme de un problema en la cocina -dijo con tristeza, de pie al lado de la mesa y con la mano de Czesich en las dos suyas- Pero por favor, quédese Pida champaña, coñac, lo que quiera. Fue un gran placer aprender cosas de Estados Unidos
Czesich lo observó mientras paseaba lentamente por el salón, se detenía aquí y allá para intercambiar algunas palabras con uno de sus huespedes. Cuando Bobin paso por la puerta de la cocina, Czesich esperó un tiempo prudencial y se dirigió, un tanto inseguro, rodeando el borde de la pista, y a través del vestíbulo lleno de humo y por la escalera, al santuario de sus habitaciones
Eran las 10 de la noche, demasiado tarde para las noticias De todos modos
acababa de encender el televisor, con la esperanza de pescar un resumen del discurso de Puchkov, cuando alguien golpeó su puerta. Atravesó la alfombra descalzo, esperando encontrar a Bobin o a la camarera para preguntarle por su ropa interior, o a algún amigo del ocupante anterior que esperaba encontrarlo allí. En cambio, se encontró con una joven de pechos puntiagudos, con vaqueros blancos ajustados y tacones altos. Durante unos segundos se quedó mirándola, todavía medio borracho, sin comprender nada. Ella metió un pulgar en la cintura de los vaqueros -gesto tomado directamente de alguna revista de modas de Occidente, y echó una mirada a la habitación por encima de su hombro.
A Czesich le pareció que se había atragantado.
– ¿Sí?
– Usted es amigo de Slav -dijo ella, acercándose-. Slav dice que usted es simpático. He venido a hacerle compañía un rato.
– Oh, me parece que no… Yo…