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– ¿Por qué no? -ronroneó la mujer. Introdujo un dedo en el cinturón de él y se acercó lo suficiente como para besarlo.

Czesich no podía explicarle por qué no. Olió un perfume fuerte y vio una manchita de máscara mal puesta debajo del ojo derecho de la mujer y una de lápiz labial sobre un diente. Su cuerpo era un ejemplo de su respuesta a una situación crítica, un cálido latir en el centro, un cambio en la respiración: sin embargo, más cerca de la superficie, resistencia. Se hizo obvio que él le estaba bloqueando la entrada.

La mujer inclinó la cabeza hacia un lado e hizo un puchero. El dedo buscó alrededor del cinturón de Czesich. El le tomó la mano y se liberó.

– Realmente-dijo-, no.

– ¿Es que quiere un muchacho, no?

– Oh, no, claro que no. Usted me resulta muy atractiva, en realidad. Es sólo que… soy casado, sabe.

Su risita desagradable retumbó hasta la pieza de la dezhurnaya, que estaba allí, valorándolo, calculando el juego. Algo en su mirada amenazaba reducirlo a una soledad de adolescente, burlada y confusa. Se sintió partido, excitado, tentado; de todos modos resistió. Ella se encogió de hombros.

– Está bien, entonces, iré a decirle a Tío Slava que se puso los pantalones al revés. Un error nuestro. Dio una vuelta y se alejó, y Czesich miró el pasillo unos segundos sin comprender.

Cuando cerró la puerta, la suite adquirió su tono burlón. La mesa, las sillas del comedor y el sofá gastado tenían algo del aire desafiante de una prostituta, que no ama y no es amada. Todavía descalzo, volvió a abrir la puerta y aventuró unos pasos por el pasillo, pensando que podría verla allí y llamarla para charlar, por lo menos, y tomar una copa de vino. Pero no vio nada más que a la dezhurnaya, guardiana de las llaves, con un libro abierto en las manos y que lo miraba severamente.

Más tarde, dando vueltas debajo de una sábana gris, demasiado nervioso para dormir, arriesgado ya para tomar en cuenta la posibilidad de retroceder a una posición más segura, Czesich se preguntaba qué gene aberrante o capricho de la suerte era lo que lo había llevado tan lejos del territorio de su juventud. Esta noche en la calle Oriente, una mujer de pelo negro, linda y solitaria, se preparaba para acostarse en una casa que era propiedad de su madre, en un vecindario lleno de tías y amigos que la conocían desde que era una criatura. ¿Qué indicio era el que lo había prevenido contra esa vida?

18

Propenko iba camino al pabellón, con un retraso de unos minutos, estaba a punto de dejar a Raisa en La Policlínica del Distrito de Kirov, donde pasaría el día revisando los libros. Tenía la intención de recogerla a las seis y llevarla a cenar al Hotel Intourist. En el hotel, después de comer bien y bailar un poco, pensaba darle la noticia de la cena del domingo con el Primer Secretario.

Agosto era estación de nieblas y las calles estaban iluminadas. El semáforo al final de la avenida Octubre parecía un sol del tamaño de un kopek en la bruma del océano, y le hizo pensar en Sochi, los guijarros alisados de la playa y el aire dulce, el balneario del Consejo con sus jardines y habitaciones de techos altos y melocotones frescos para el desayuno. Este año, sus vacaciones estaban programadas para el mes de octubre, la mejor estación, y trató de fijar sus pensamientos en eso, intentó aferrarse a una visión de él y Raisa caminando por el paseo después de cenar, con Vostok y sus grises problemas a quinientos kilómetros de distancia.

– Ella tiene la sangre de mi padre -dijo Raisa.

Propenko no contestó. Lydia había vuelto a casa a medianoche, el día anterior, y había llegado henchida de revolución. Todo el Comité de Huelga había ido a la reunión de la iglesia, les dijo. El padre Alexei había vuelto de Moscú, los mineros y el Tercer Paso estaban preparando un gran funeral para Tikhonovich, y después demostraciones en masa en respuesta al discurso de Puchkov. La finalidad inmediata de esas demostraciones, se jactó, de pie al lado de la cama de sus padres, era convencer a Mikhail Lvovich de renunciar.

– No va a parar hasta que la arrastren a una celda.

– Me tendrán que arrastrar a mí con ella-dijo Propenko. La luz cambió, y él casi chocó con el auto que tenían adelante.

Raisa no se dio cuenta. Su cara se había contraído como una nuez arrugada, y tenía los ojos húmedos de nuevo.

– Palabras de hombres -le dijo enojada-. ¿Qué bien hacen? La arrastran a ella, te arrastran a ti ¿y qué? ¿Mamá y yo formando cola en la prisión para llevarles ropa interior?

Sin sacar los ojos del camino, Propenko extendió el brazo y apoyó una mano en su hombro.

– Ella no lo ve -Raisa retorció un pañuelo sobre la falda y se sacó su mano de encima-. Se cree inmune a las heridas.

– Todos piensan lo mismo a su edad.

– Todo lo que mi madre y yo le contamos sobre mi padre… fue como si habláramos un idioma extranjero. No escucha a nadie excepto al cura, y él le llena la cabeza con la idea de que Jesucristo va a bajar del cielo para protegerla frente al edificio del partido. Nadie puede salvarlo a uno de esa gente. Ni Jesucristo. Ni tu padre el campeón de boxeo. Nadie.

Propenko apretó los dientes. Raisa era una niña de ocho años que jugaba en los columpios del patio después de la cena cuando el komitet había ido a buscar a su padre por primera vez, y el recuerdo de cuando lo sacaron afuera y lo tiraron sobre el asiento de atrás como una bolsa de harina estaba grabado en la carne de su memoria. La cosa más pequeña, un hombre de impermeable gris de pie con las manos atrás, un Volga negro cerca de la casa, volvía abrir la vieja herida y la hacía sangrar. Al cabo de veinte años de intentarlo, él no había encontrado la palabra o la caricia que la calmara.

– Esto no es 1951 -dijo-. Puchkov no es Stalin.

– Es la misma mentalidad, Malov y ese tipo, exactamente la misma, y tú lo sabes. ¿Por qué insistes en hablar así?

– Me ocuparé de Malov.

– Por favor, ¡ basta!

– Basta tú, Raisa -el tránsito se había agolpado ante otra luz roja envuelta en niebla; Propenko volvió la cabeza y vio que su mujer se encogía apartándose de él con los ojos enrojecidos-. Te estás destrozando. No eres así. No lo puedo soportar.

Consiguió hacer avanzar el Lado. Raisa había hecho una pelota del pañuelo en sus dos manos y miraba fijamente hacia adelante.

– Todavía no ha sucedido nada.

– ¿Que la gente venga a mi casa a interrogar a mi madre es nada? ¿Gente que acusa a mi marido de violación, deteniéndonos en el puesto del GAI? ¿Eso es nada? Tú pretendes que no lo ves, Sergei, y yo me vuelvo loca porque lo veo claro como el agua. Lydia y mi madre hablan como revolucionarias, y tú pretendes que todo es normal. Yo soy la única que ve la verdad. ¡Me haces sentir como si fuera una loca! ¿Por qué?

– ¡Porque hasta ahora se trata sólo de Malov, por eso! Es algo personal. Todo el gobierno de la ciudad no está detrás de nosotros como estaban detrás de tu padre, es sólo Malov. Y yo no he hecho nada. ¡Nada! Es por eso. Y no voy a dejar que él…

– Eres el padre de alguien que está involucrado con la iglesia -le retrucó Raisa-. Ahora con los mineros. Tu hija tiene amigos en el Comité de Huelga. Eso es algo Es bastante. Tú estás trabajando con extranjeros

– Eso no son crímenes, Raisa.

– Lo que hizo mi padre tampoco fue un crimen. Hablo fuerte y fue a la iglesia, es todo lo que hizo. ¿Es eso un crimen?

Propenko se acercó a la acera delante del Policlínico y se quedaron sentados un momento sin mirarse. El se había retrasado para su primer encuentro con el norteamericano. En el pabellón tendría que sentarse en una habitación con Nikolai Malov. y similar, ante un extranjero, que eran colegas, cantaradas. Mientras Malov le estaba partiendo su familia en dos.

– Por Lydia -dijo, con tanta calma como pudo-. tienes que olvidarte de tu padre. Tienes que olvidarte del pasado o no habrá futuro.