Raisa sacudía la cabeza.
– Justo al contrario -dijo-. Justo, exactamente, al contrario. -Salió del auto sin mirarlo y sin despedirse.
Eran las nueve y dieciocho minutos cuando Propenko abrió la la puerta de la sala de conferencias. Lo primero que oyó fue la voz de Malov. y supo enseguida que la reunión había comenzado sin él. La pesada puerta se le escapó de la mano y se cerró con un golpe. Todos levantaron la vista. Se sentó en el extremo de la mesa y miró con el entrecejo fruncido.
– Nosotros también queremos acelerar el proceso de despacho de aduana -le decía Malov al Director estadounidense, que estaba sentado solo a un laclo de la mesa, frente a Malov, Ryshevsky, Leonid, y el Jefe Vzyatin. Las obligadas botellas de agua mineral estaban situadas en el centro de la mesa para marcar la zona neutral, pero nadie había pensado en abrirlas. Leonid dirigió a Propenko una mirada nerviosa de súplica.
– Pero, como estoy seguro de que usted sabrá -Malov continuó con su absurdo comportamiento oficial-, hay formalidades que deben ser soportadas en cualquier país. Lo que nuestro jefe de aduana está diciendo es simplemente que necesitamos estar seguro de que ustedes no hayan importado accidentalmente alguna peste agrícola o enfermedad contagiosa junto con los alimentos.
– ¿Y eso va a llevar dos semanas? -dijo el norteamericano.
Propenko notó entonces que el ruso que hablaba el norteamericano, excelente sin duda, tenía un leve acento, una dureza moscovita que le recordó a la madre de su padre, la ardiente visitante de iglesias. En un extranjero parecía agresivo, y la asociación con la iglesia fue sal sobre las preocupantes heridas de Propenko. De todos modos, el extranjero daba buena impresión con su traje oscuro y pulcra camisa blanca, con las manos cruzadas adelante, su buena postura y el cabello cuidadosamente peinado Su manera de mirar con calma a través de Malov mientras este se quejaba y mentía. Sin preocupaciones, pensó Propenko. No le molestaban ni intrigas de oficina ni problemas de familia. El otro lado de la mesa parecía un equipo de escolares grandotes en comparación.
– Podemos tratar de hacerlo -dijo Malov con falsa sinceridad-. Pero los laboratorios más próximos están en Donetsk, un viaje de dos horas.
– Los alimentos ya han sido revisados. Sus propios inspectores vinieron al depósito en Nueva York. -El norteamericano se permitió un dejo de impaciencia en la voz.- Tienen el sello de la Agencia de Comunicaciones de Estados Unidos. Productos de calidad internacional. En todos los países del mundo todo lo que se requiere es una revisión visual en el lugar.
– Este no es cualquier país del mundo -dijo Malov.
Propenko sintió como si su cuerpo se estuviera hinchando y a punto de estallar. Ryshevsky hojeaba su reglamentación de aduanas. Leonid estaba inquieto. Vzyatin estaba sentado tieso con sus manos rojas cruzadas sobre la mesa y miraba al Director norteamericano como si quisiera memorizar su cara. Y el norteamericano, después de haber escuchado lo que Malov tenía que decir, se rascaba la mandíbula y contemplaba una de las botellas de agua mineral. Parecía divertido.
Propenko movió una mano y vio que la palma había dejado una mancha de humedad sobre la mesa.
– Señor Malov -comenzó el norteamericano con calma-. Como he trabajado en la Unión Soviética, con interrupciones, durante los últimos veintitrés años, puedo decirle que tengo el mayor respeto tanto por los agentes de frontera como por los inspectores regulares de aduana.
Propenko vio que las orejas de Ryshevsky enrojecían con el cumplido.
– También puedo decirle, que mi respeto es compartido por el Gobierno de los Estados Unidos y por el embajador Haydock en persona. -El norteamericano hizo una pausa y barrió una mota de polvo que había sobre la mesa con la yema de los dedos.- Y debo decir -continuó pausadamente, mirando sólo a Malov-. que comprendo su preocupación. Lo que señala está muy bien observado, y si estos alimentos fueran destinados a Estados Unidos, quizás oiríamos las mismas objeciones por parte de ciertos sectores. De hecho, estoy seguro.
Malov sonreía. El norteamericano se estaba derrumbando. Propenko hubiera querido estrangular a los dos hombres.
– Pero lo que me intriga -el norteamericano volvió a alterar su tono, de un modo que no resultaba tan agradable- es que este programa ha sido discutido durante un año. en los niveles más altos, no sólo en Estados Unidos sino también en Francia y Alemania. Sus funcionarios de aduanas de mayor jerarquía estuvieron presentes, y sin embargo durante esas conversaciones nuestras pautas de inspección agrícola no fueron cuestionadas ni una sola vez.
Malov intento interrumpirlo, pero el norteamericano levantó una mano con toda cortesía.
– Lo que me lleva a la conclusión de que o los funcionarios de aduana de mas alto nivel de su país ignoran sus propias leyes, en cuyo caso haré que el embajador Haydock los instruya inmediatamente…
Ryshevsky tragó y miró por la ventana como si viera que una posesión favorita se le escapaba en la niebla.
– …o, y esto me parece más probable, tropezamos aquí con alguna clase de esfuerzo de parte de los funcionarios locales para interferir con un programa de ayuda internacional. Y esto es una novedad que, creo nuestros corresponsales de noticias en Moscú tendrían interés en conocer, así como la prensa francesa y alemana también.
El norteamericano había estado mirándose las manos mientras hablaba. Ahora levantó sus cejas castañas como si la idea que acababa de mencionar fuera algo sorprendente, algo que nunca había pensado antes de este mismo minuto. Miró a Malov directamente a la cara.
– Discúlpeme-dijo Propenko. Cuatro cabezas se dieron la vuelta. Miró al norteamericano y dijo, tembloroso pero fuerte-: Sergei Propenko, del Consejo de Comercio e Industria. Nos encontramos ayer en la estación. Soy el Director soviético.
El norteamericano pareció sorprendido. La cabeza y los ojos de Propenko se volvieron por voluntad propia, hacia Malov. Tuvo que recurrir a una concentración total para no gritar.
– Nikolai -dijo dejando salir el nombre entre sus dientes entrecerrados-, ¿puedes decirme cuál es exactamente tu posición en este proyecto?
– Director de Seguridad -contestó Malov rápidamente.
– ¿Y me puedes decir qué tiene que ver precisamente el Director de Seguridad con las inspecciones de aduana?
– Estaba asistiendo a Yevgeni Ivanovich. Nosotros…
– ¿Yevgeni Ivanovich es mudo?
– Claro que no -dijo Malov.
– Estoy aquí desde hace veinte minutos y Yevgeni Ivanovich no ha dicho una palabra. Tú has sido el único que ha hablado. -La voz de Propenko se fue haciendo gradualmente más fuerte, como si alguien moviera el botón del volumen de una radio.- Nos has estado representando en esta conversación, aunque no tienes absolutamente ninguna experiencia en el área, ¡y casi nos has llevado directamente a titulares internacionales! -Apretó las manos debajo de la mesa y se dirigió a Ryshevsky.- Yevgeni ¿tienes alguna documentación sobre esta regla de inspección?
– Justamente estaba buscándola, Sergei.
– Bien. Dime si la encuentras. De lo contrario empezaremos con el despacho de aduana el lunes por la mañana, a las nueve.
– Había esperado que comenzaríamos esta tarde -dijo el norteamericano.
– El lunes por la mañana es lo más que podemos hacer. Ese era el plan original.
Leonid y Vzyatin miraban a Propenko como si nunca lo hubiesen visto. Ryshevsky estaba simulando una búsqueda de la regla inexistente. Después de permanecer sentado tieso durante dos minutos, con la mandíbula contraída, Malov echó atrás su silla y salió de la sala dando un portazo.
La reunión desfallecía. Leonid abrió una de las botellas y sirvió un poco de agua mineral en el vaso del norteamericano. Este tomó un sorbo por cortesía. El jete Vzyatin tosió y pareció guiñar un ojo. Propenko no le respondió el guiño.