Despacio, después de algunas toses y sorbos de agua y ruido de papeles, la conversación recobró su ímpetu. Con el estilo afectado, excesivamente formal que todos ellos parecían adoptar en las salas de conferencias. Vzyatin habló sobre las dificultades que tenían para impedir que los transeúntes curiosos se amontonaran en el lugar de trabajo. El y el norteamericano lo comentaron, Leonid insertó algunas palabras, se disculpó por la coincidencia con la exposición de fotografías, prometió que la fila para sacar entradas iba a ser cambiada de lugar antes de que empezaran a despacharse los alimentos. Se convino que toda el área de aparcamiento sería acordonada con cerco de metal, que dos funcionarios, y dos serenos, vigilarían los contenedores noche y día.
Ryschevsky recuperó el habla. Apostilló que quería estar seguro de que "la parte norteamericana", como dijo él, estaría presente siempre que se abriera un contenedor. En la ausencia de un inspector de aduanas, les recordó, no se podía tocar los sellos.
Leonid se disculpó profusamente por la falta de télex y prometió que antes de las diez de la mañana del lunes quedaría instalado un télex en la oficina del Director. Mientras tanto, invitaba al Director a usar el que ya funcionaba en la oficina principal. Mencionó que habían reservado una mesa en el restaurante del pabellón, que su secretaria hacía té todas las mañanas, y preguntó si había algo respecto al equipo de oficina que el Director requería.
Propenko escuchó todos estos detalles como si estuviera a una gran distancia. Lo que le había dicho a Malov, lo que había hecho, volvía a su mente como una escena de una ópera fantástica.
La reunión iba a darse por finalizada; Ryshevsky y el norteamericano reunían sus papeles y abrían sus portafolios sobre la mesa.
– Dos puntos más -se obligó a decir Propenko-. Lamento decirle… -comprendió que había olvidado el nombre del norteamericano. Trató de disimularlo y seguir, pero el norteamericano se había dado cuenta.
– Antón Antonovich.
Propenko logró una sonrisa tensa.
– Lamento decirle Antón Antonovich, que uno de los camiones tuvo un problema mecánico después de pasar el puesto de control en Brest. Lo estarnas rastreando. Un camión sustituto está en camino pero tardará varios días.
– ¿Qué contenedores?
Propenko consultó su carpeta.
– Contenedores 1024-9996 y 1023-9996.
– Nada crucial.
Propenko asintió. Cuando se iba a referir al segundo punto, vio que Vzyatin miraba por la ventana de la misma manera que Ryzhevsky lo había hecho unos minutos antes.
– Y -dijo-, han robado uno de sus candados.
– El sello de aduana no estaba roto -Ryshevsky se apresuró a agregar.
– Fueron matones -explicó Vzyatin-. Muchachos que jugaban cerca de los contenedores cuando el empleado estaba adentro en el baño.
– Hemos tomado precauciones -dijo Propenko, molesto en extremo. ¿Qué pensará este norteamericano con su traje de mil dólares? El primer día, y estaban actuando como tontos: no hay télex, faltan contenedores, candados robados, discusiones internas-. Tres hombres más de la milicia y un guardia de noche y otro de día.
Antón Antonovich asintió, obviamente descontento, y Propenko esperó que se hiciera presente la famosa altanería americana. Esperaba una reprimenda, comparaciones poco lisonjeras con otros países, por lo menos un gesto desdeñoso, pero el disgusto pasó pronto, una sombra fugaz.
– En uno de los contenedores tengo candados de repuesto -dijo el norteamericano-. Junto con algunos artículos de regalo para todos ustedes de parte de la oficina de Washington.
Vzyatin y Leonid ahogaron sonrisas. Ryshevsky hizo una mueca. Propenko pensó: "Junto con algunos artículos de regalo". El hombre era afable. Había manejado a Malov como un cachorro.
Se pusieron de pie, se dieron la mano y salieron al corredor en fila. Propenko buscó a Malov y no lo vio. Se encontró caminando unos pasos detrás del norteamericano, tratando de encontrar una frase que suavizara el aspecto estrictamente comercial de la reunión, algo que diluyera la terrible primera impresión. Después de todo Antón Antonovich era un huésped en su ciudad. Después de todo, les traía alimentos, alimentos gratis. Estaba solo. Era el único visitante norteamericano oficial que Vostok había recibido en lo que llevaba de vida Propenko, y era probable que retuviera esa distinción por el resto del siglo.
Propenko se puso a la par.
– Antón -dijo, abandonando el patronímico con la esperanza que hiciera todo más informal-. ¿Ha visto su oficina?
El norteamericano se detuvo y sonrió. Tenía dientes perfectos.
– Leonid tuvo la gentileza de mostrármela. Está muy bien. -Siguieron caminando juntos.- No sabía que usted era el Director. Le habría hablado ayer en el hotel pero el señor Bobin me secuestró. No tuve ni siquiera la oportunidad de agradecerle que me llevara, que arreglara todo.
Para sorpresa de Propenko en estas palabras no había ni una gota de superioridad, ninguna vanidad, ningún sarcasmo, ninguna cortesía artificial.
– ¿Como lo trataron en el hotel?
– Muy bien. Ayer hablé con la embajada y todos estamos ansiosos por empezar con la distribución. Gracias por ayudar a que las cosas se movieran hace un momento.
Habían llegado al final del pasillo y estaban entre las paredes temporarias de la exposición de fotografías y la entrada principal del pabellón. Propenko volvió a disculparse por los candados robados.
– No es nada, Sergei. Es un candado. Unos pocos dólares.
Salieron juntos y empezaron a bajar por la rampa. Abajo, Propenko alcanzó a ver al guardia de la milicia con aspecto alerta, y al viejo sereno de pie al lado de su pequeña garita haciendo un gesto obsceno hacia la ladera de la colina donde un grupo de adolescentes sonreían y paseaban.
Malov estaba de espaldas al pie de la rampa, fumando.
– Su ruso es excelente -Propenko se detuvo en el mismo lugar en el que él y Leonid habían estado dos días antes, mirando hacia abajo los contenedores cuidadosamente alineados. La niebla empezaba a levantarse, y parte del valle del río era visible: no era una vista especialmente bella-. Tenemos la costumbre de ofrecer a nuestros visitantes un recorrido por la ciudad cuando llegan. Si tiene tiempo mañana, me gustaría que mi chófer le mostrara la ciudad. Tenemos un maravilloso teatro de ballet nuevo, algunos jardines de flores a lo largo del río, un Museo de Historia Natural que es el orgullo del oblast.
– Me encantaría -dijo Czesich-. Pero deje que su chófer disfrute de su domingo libre. Podemos hacer la gira alguna tarde cuando no haya mucho trabajo
– Como guste -dijo Propenko-. El lo llevará al trabajo a partir del lunes a la mañana Su nombre es Anatoly. Lo estará esperando delante del hotel a las nueve menos diez.
– Oh, puedo ir a pie -dijo Czesich-. No hay más que cruzar la calle.
– Insistimos. -Propenko echó una mirada a Malov, que se había dado vuelta a medias y los estaba observando por encima del hombro.- Permítame que le dé mi tarjeta. -Escribió su número de teléfono particular en el dorso de su tarjeta del Consejo y se la entregó. El norteamericano a su vez le entregó la suya.
Volvieron a darse la mano y Propenko observó a Antón Antonovich mientras llegaba al patio, inspeccionaba algunos contenedores para comprobar su estado, luego se dirigía al viejo sereno y le daba la mano como si fueran iguales, viejos amigos Por el rabillo del ojo vio a Malov que subía por la rampa.
– Aquí no. Nikolai -dijo cuando Malov llegó a su lado-. No es necesario que exhibamos nuestras diferencias delante del norteamericano.
– Demasiado tarde para eso -dijo Malov. pero se dio la vuelta y bajó la rampa con Propenko, y luego siguieron por un camino hasta la parte posterior del edificio. Se quedaron ahí juntos, mirando el valle brumoso
– Me humillaste -dijo Malov al cabo de un rato. Ahora no había sonrisa, nada del engreimiento usual. La sonrisa y el engreimiento se habían borrado, revelando la verdadera naturaleza de Malov, mezquina y tensa. Propenko no dijo nada.