– ¿Me estás escuchando?
– ¿Qué puedo hacer sino escuchar?
Malov rió amargamente. -Cómo cambia una persona cuando tiene una pequeña cuota de poder.
Propenko metió las manos en los bolsillos por precaución. No podía dejar de imaginar a Malov sentado a la mesa frente a Marya Petrovna. acosándola con preguntas. Detrás de esa escena, como un fondo de música fuerte y desafinada había una sarta de pequeñas humillaciones y ridículo sometimiento, una sórdida historia que se remontaba a veinte años atrás, de besarle el trasero a Malov
– Siempre pensé en ti como alguien serio -dijo Malov entonces, en tono de queja, insinuando, comenzando su ataque indirecto-. Estable. Últimamente no estoy tan seguro. Este estallido delante del norteamericano. El incidente en el río. Ya no estoy tan seguro.
– Sigues con lo de la violación, Nikolai.
– ¿Qué quieres decir con que sigo? He estado haciendo exactamente lo opuesto. Hablamos del caso y quedé satisfecho con tu explicación. Creí en tus palabras -Malov hizo una pausa y miró por encima del hombro-. Pero el caso es que la víctima se ha presentado. Y la descripción del violador concuerda contigo exactamente, Sergei. Mis colegas me instan a que te enfrente con la mujer para que ella pueda ya sea identificarte o descartarte como sospechoso, pero he estado eludiéndolos. Les quería evitar el mal momento a ti y a tu familia.
– Supongo que es por eso que fuiste a mi casa. Para evitarme el mal mo- mento. -La furia infló la voz de Propenko como una vela; no podía contenerla.- Cuando podías haberme contactado cualquier día, a cualquier hora, en el trabajo.
– Pasé por ahí.
Le tocó a Propenko el turno de reír amargamente.
– Como mentiroso -dijo-, estás perdiendo la habilidad.
Malov simuló que no lo oía, otro de sus trucos.
– El problema es tu grado de responsabilidad, Sergei, tu grado de lealtad. A veces me pregunto de qué lado estás en realidad
– ¿En qué lado de qué?
– Hay una guerra en marcha, por si no te has dado cuenta. Hay fuerzas que tratan de quebrar la Unión en pequeños pedazos. Hay gente que no querría otra cosa que ver el Partido hecho pedazos y tirado en el cubo de basura de la historia.
– Agentes extranjeros -dijo Propenko.
– En parte, sí. En parte, gente de nuestro medio, nuestra propia gente. Los que están más cerca de nosotros.
Propenko dirigió sus ojos hacia Malov y luego de vuelta al valle gris. Pensó en las celdas viscosas de la cárcel y en dientes rotos. Respiró profundamente.
– Hablé con Vzyatin sobre la violación -dijo-. El violador tenía un Lada rojo, es cierto, pero la descripción de la mujer lo presenta como mucho más bajo que yo. diez años más joven por lo menos y habla con acento del sur. Hay diez testigos familia y vecinos, que testificarán que mi Lada estaba delante de nuestro apartamento a la hora de la violación. No hay ninguna sospecha sobre mí, Nikolai. Es una ilusión. Tu propia creación. No creo siquiera que hayas estado en el río ese día Temo que puedas estar sufriendo alguna especie de alucinación. -Había empezado y ahora no podía parar.- Y cuando dices "Los que están más cerca de nosotros", no cabe duda que te refieres a Lydia y a su participación en la iglesia. La conozco y la apruebo. Si quieres llevar eso a tus jefes y tratar de usarlo contra mi eres libre de hacerlo. -Propenko se volvió de modo que él y Malov quedaron frente a trente.- Tú y Puchkov y todos tus amigos pueden probar todos los viejos trucos pero ya no significan nada, Kolya. El país no puede retroceder a lo que fue. Hazme lo que tengas que hacerme, pero escucha bien -Propenko sacó las manos de los bolsillos y aferró las solapas de Malov-. Si alguna vez vuelves a mi casa, e involucras a mi hija, mi mujer o mi suegra en alguna de tus asquerosas maniobras, si alguna de ellas pierde aunque solo sea una hora de sueño por culpa tuya o de tus malditos "colegas", te mataré. -Malov trató de sacar las manos de Propenko de sus solapas, pero este lo retuvo con más fuerza, arrugando la tela y acercando más la cara – No es una amenaza -dijo-, jamás he amenazado a nadie en mi vida. Es un hecho. Te mataré con mis propias manos.
Propenko se vio actuar y se escuchó hablar como si estuviera viendo una película. Las palabras que salían de su boca eran las palabras de otro hombre, la cara de Malov era la cara de alguien real a medias, un espectro. Malov no dijo nada, pero su respiración se había vuelto entrecortada Durante unos segundos estuvieron en esa posición. Propenko una cabeza más alto, las narices a menos de medio metro de distancia. Malov bajó la vista hacia las manos sobre su solapa, y Propenko también las miro como si fueran instrumentos ajenos, y lo soltó.
Debió caminar hasta la esquina del pabellón y luego por el camino hasta el Lada que estaba aparcado en el frente, pero ese tiempo le quedó en blanco. Estaba mirando sus manos sobre el traje azul de Malov, y un instante estaba entrando en el Prospekt de la Revolución en estado de shock. No tenía ni la menor idea de adonde iba Eran las diez y treinta de la mañana. No tenía ninguna cita, ninguna inclinación a volver a la oficina y trabajar con los papeles que tenía sobre su escritorio, ninguna urgencia por llegaracasa. Simplemente conducía el auto, se movía entre el tránsito con los otros autos, se detenía en el semáforo rojo, arrancaba con el verde. Tenía la mente en blanco, y cuando vio el destello de una luz en el retrovisor al principio no sospechó. No oyó ninguna sirena. Debió haber recorrido varias manzanas con el auto detrás haciendo girar su lento faro azul, antes de acercarse a la acera.
Automáticamente, sacó el pasaporte, pero cuando se volvió hacia la izquierda, no había ningún hombre de la milicia. Estaba verificando con el retrovisor lateral para saber si las luces azules también eran imaginarias, cuando la puerta del pasajero se abrió y el jefe Vzyatin entró con una gran sonrisa. Pareció que quería abrazar a Propenko, pero se contentó con apretarle el hombro.
Propenko dejó que le apretara el hombro
– ¿Cuál es exactamente tu posición en este proyecto, Nikolai? -Vzyatin lo remedó, radiante.
Propenko todavía tenía el pasaporte en la mano. Vzyatin se lo tomó y lo metió en el bolsillo interior del traje.
– ¿Que te dijo afuera?
– Que yo lo había humillado.
– ¿Y tú qué le dijiste?
– Le dije que lo mataría si lastimaba a mi familia.
– ¿No usaste realmente la palabra matar?
– Dos veces.
La gran sonrisa se evaporó. Vzyatin se echó atrás en el asiento.
– Le conté lo que tú me habías dicho sobre la violación.
– ¿Y cómo reaccionó?
– Me dijo que no se podía confiar en mí. Quería saber de qué lado estaba. Le dije que apoyaba todo lo que Lydia estaba haciendo en la iglesia, pero no tengo la menor idea de qué está haciendo en la iglesia, Victor. Simplemente lo dije. Era un poseso. A partir del momento que entré por esa puerta y me di cuenta de que la reunión había comenzado sin mí, fui un poseso.
– Mucho antes de eso, Sergei. Masha lo notó hace meses.
La mujer de Vzyatin, Masha, era profesora de psicología en la universidad. Últimamente (para disgusto de los veteranos de la fuerza, cuya ¡dea de la psicología era patear al prisionero entre las piernas) el Jefe había empezado a incorporar algunas de sus teorías en el trabajo de la milicia.
– Lo odias desde hace años -observó Vzyatin, con su seguridad acostumbrada-. Pero tuviste miedo de tomar alguna medida. Ahora, por alguna razón, ya no tienes miedo.
– Tengo más miedo que nunca.
– No subconscientemente. Estás harto, y yo estoy harto -Vzyatin bajó la ventanilla y escupió. Durante un momento miraron fijamente los vehículos que pasaban.
– Ayer recibimos el test balístico de Moscú.