No era la máxima preocupación de Propenko.
– La bala fue disparada a través de un silenciador.
– Un silenciador -repitió Propenko. Era algo que parecía salido directamente de las películas de espías de la CIA-KGB con los que habían crecido. Casi tuvo ganas de reír.
– En Vostok no proveen de silenciadores a la milicia. Ni siquiera yo puedo conseguir uno. Los silenciadores se les dan a cuatro personas en la cumbre del komitet.
Al oír esta palabra que había estado deslizándose por los límites de los pensamientos de Propenko toda la mañana, se dio la vuelta y vio una sombra en los ojos de Vzyatin. En sus sueños, Vzyatin no iba a ver a hombres que violaban a su hija, vería hombres violando a las hijas, hermanas y esposas de todos, deslizándose a través de un cerco por la noche y llevándose la mitad de una construcción, cientos de miles de rublos del mercado negro que cambiaban de manos en el aparcamiento, a oscuras detrás de la fábrica de acero. Sus sueños estarían llenos de esposas maltratadas y borrachos muertos de frío en las callejuelas, y la KGB. institución paralela para hacer cumplir la ley, interfiriendo a cada rato.
– Pudo haber sido un criminal -dijo Propenko-. Los criminales tienen silenciadores, ¿no es así?
– Por definición, cualquiera de los cuatro superiores del komitet serían criminales -dijo Vzyatin, tratando de no darle importancia. Pero al cabo de unos segundos la sombra volvió-. No dan a conocer los cuatro nombres, naturalmente, pero Malov debe ser uno de ellos. El tamaño de sus zapatos corresponde a la huella en el cementerio de la iglesia, pero eso no prueba nada.
Propenko dejó escapar un gruñido de dolor. Conocía a Malov desde que tenían quince años, y pese a todo lo que había visto y oído durante esos años, le parecía imposible (físicamente doloroso) forzar su imaginación para incluir a Nikolai el asesino. Nikolai el boxeador, sí. Nikolai el tenorio mundano, sí. Nikolai, el matón de oficina, el mentiroso, el funcionario de la KGB envidioso, cómplice, llorón. Nikolai. el aliado de Mikhail Lvovich y Boris Puchkov. Hasta Nikolai el torturador. Pero hasta hacía dos segundos, no a Nikolai de pie en el cementerio de la iglesia matando de un tiro en la espalda a un sereno de cuarenta años.
– Y yo amenacé con matarlo a él -masculló.
– Puede no haber sido él -dijo Vzyatin-. Si lo hizo no habría usado su propia arma y podía no haberse puesto sus propios zapatos, de modo que en realidad no tenemos nada, pero ahora debemos tener cuidado. Es un momento difícil. -Miró los autos y camiones que pasaban a toda velocidad.- Pondré un detective de civil frente a tu casa, sólo por seguridad.
La idea flotó a través del asiento, completamente irreal.
– Quedará allí todo el tiempo que sea necesario. Hasta que resolvamos el caso, o hasta que se arreglen las cosas entre tú y Malov.
– ¿Y qué pasa con Lydia?
– Alguien vigilará a Lydia también. Y a Raisa y a Marya Petrovna.
– Vas a necesitar la mitad de la fuerza.
– Yo me ocupo de la fuerza, tú ocúpate de ti mismo. Esto no es el cuadrilátero de boxeo ahora; esto es real.
– El cuadrilátero de boxeo era real -dijo Propenko, pero se dio cuenta de que lo decía sólo para protegerse, para hacerse creer a sí mismo que ya había pasado por algo parecido a esto antes; estaba simulando, desempeñando un papel, tal como se había engañado a sí mismo tantos años con Malov-. ¿Por qué no designas a alguien para seguir a Malov?
– Todavía no. No queremos mostrar nuestras cartas.
– No lo puedo imaginar. No lo puedo imaginar matando a un sereno de iglesia.
– Nikolai se está volviendo loco, Sergei. Ya se lee en sus ojos, en la manera en que se fue de la reunión de esta mañana, en cómo ha estado corriendo por toda la ciudad. Y el hombre no era un sereno cualquiera.
– ¿Qué quieres deicr? ¿Qué organizó unas cuantas reuniones?
El Jefe se encogió de hombros.
– Era el sereno de Alexei. Alexei está muy cerca de los mineros. Los mineros están tratando de deshacerse del Primer Secretario. Piensa en eso.
– Lydia está en ese cargo ahora. En eso estoy pensando… Es lo único en que piensa Raisa.
Vzyatin frunció sus grandes cejas negras.
– No es bueno -dijo.
– No es bueno -repitió Propenko-. ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Prohibírselo? Tiene veinte años. ¿Se supone que debo educarla a la antigua, para que termine viviendo asustada y siendo una obsecuente como su padre?
– Su padre no se portó como un obsecuente hoy, por lo que pude ver. -Vzyatin se puso un cigarrillo entre los labios y lo dejó ahí, sin encenderlo.-
Quizá deberías decirle que hiciera alguna otra cosa durante una temporada, que hiciera otro tipo de contribución.
– No.
– ¿Por qué no? Tú mismo dijiste que en realidad no sabes qué hace ahí.
– La conozco. Y no voy a tratar de rehacerla a mi propia imagen.
Vzyatin abrió la boca como para replicarle, pero echó una mirada a los ojos de Propenko y sacudió la cabeza.
– Tú eres el padre -dijo, y después de una pausa-: ¿Adonde vas ahora?
– A la oficina. Raisa y yo vamos a cenar al Hotel Intourist después del trabajo. Estamos invitados a cenar con Lvovich el domingo y quería darle la noticia allí, más bien que en casa.
– Habla con Bessarovich primero -dijo Vzyatin-. Antes de ver a Kabanov. Ella te dijo que la vieras si tenías algún problema, no es así?
Propenko asintió. No recordaba haber mencionado esa parte de su conversación a Vzyatin.
– Eso puede ser considerado un problema, ¿no te parece?
Propenko volvió a asentir.
– Es un momento delicado, Seryozha. Kabanov está asustado, pero todavía da las órdenes. Todavía tiene centenares de personas, gente importante, que están en deuda con él. Tres primeros secretarios renunciaron la semana pasada, Kuibishev, Khabaravosk y Donetsk, ¿lo sabías?
– No -dijo Propenko, aturdido. Por unos segundos pensó que comprendía lo que Tolkachev había querido decir: si uno tiene A y B, uno debe, con cierta probabilidad, siempre tener C. Durante unos segundos pareció que C le iba a ser revelada, una velada Regla del Universo que emergía, pero entonces los viejos preconceptos se apoderaron de él.
Su amigo Víctor Vzyatin, conocedor de secretos, le dio una palmada fuerte en el muslo, y le dijo que no se preocupara.
19
El sábado por la mañana la niebla todavía se pegaba a las ventanas del hotel, confiriéndole un color gris amarillento. Czesich se despertó sobrio y solitario; se quedó bajo las sábanas por un tiempo, escuchando el silbido y el golpe de una aspiradora en el vestíbulo. Habían pasado cuatro décadas, y el ruido todavía le evocaba el oscuro apartamento en el segundo piso en la calle McKinley, la sensación de mediocridad lúgubre, las guerras entre sus padres los domingos por la mañana. En esas batallas de fin de semana había algo de ritual, la botella de vodka vacía y las andanadas de insultos; el mismo guión año tras año. como si su padre y su madre se hubieran encerrado en jaulas antagónicas y podían arañar y rugir pero nunca salir del todo de ellas. A veces le parecía que esos gritos habían bastado para hacerlo escapar de la vida doméstica, y correr por todo el mundo en busca de un arreglo con más sentido.
En la puerta del vestíbulo se oyó un golpe tímido y salvo por la sobriedad lo contestó al estilo soviético, en ropa interior, sin afeitar, receloso. Vostok ya estaba haciendo obrar su magia sobre él.
En la puerta encontró a una hermosa joven uzbeki con ropa de trabajo azul claro, que se rehusó a mirarlo a la cara. En la mano izquierda tenía una hoja doblada de papel de telegrama, a sus pies, la edición del sábado de Pravda: el saludo de Bobin a los grandes hoteles de Manhattan. Czesich aceptó el telegrama, pero el tiempo que tardó en dirigirse al cajón del escritorio la mujer le había dejado el Pravda justo en la entrada a la habitación y se había escapado. Se quedó de pie en el umbral, medio desnudo, con un lápiz de labios y un télex en la mano: YA NO ES DIVERTIDO, PRIMER VUELO BUEN TIEMPO O TREN. JS.