Abrió el grifo para tomar un baño.
Mientras la bañera se llenaba, se sentó en el borde frío y observó que una cucaracha corría por el suelo de baldosas blancas. Se imaginó haciendo la maleta y deslizándose escaleras abajo, inventando una historia para Bobin si por casualidad se cruzaban en el vestíbulo, sobornando para conseguir pasaje en el primer tren al norte, entrando en la oficina de Julie el lunes por la mañana y conocer a su Peter McCauley.
En el otro lado de la balanza estaba la oportunidad de dar comida a unos miles de personas que la necesitaban; la oportunidad de aturullar a las dos burocracias, encender una pira funeraria espectacular debajo de todos los viejos fracasos y hacer algo para festejar sus cincuenta años. Humillación por un lado y un martirio glorioso en el otro: ¿Qué clase de opción era esa, Julie?
De todos modos, después de bañarse y tomar el desayuno, todavía le quedaba un pequeño atisbo de duda. El tren a Moscú partía a las 2:45. Decidió ir a buscar la respuesta en la ciudad.
La niebla temprana de la mañana se iba transformando gradualmente en un cielo encapotado, y Vostok estaba bañado por una luz ámbar, y el aire condimentado con escapes de diesel y azufre. Czesich caminó hacia el norte al salir del estacionamiento del hotel y dobló a la izquierda para tomar una avenida de cuatro carriles paralela al Prospekt de la Revolución. El camino llevaba colina arriba, más allá de una serie de frentes de tiendas: un estudio fotográfico, una cafetería sórdida, una librería ofrecía pósters y calendarios y, aún ahora, las obras completas de V. I. Lenin, encuadernadas y relucientes con sus tapas duras rojas. Sobre los frentes de los locales se apretaban las casas de tres o cuatro pisos, con ventanas altas al estilo de antes de la guerra, con gárgolas que lo miraban desde las cornisas. Vio a un viejo que se apoyaba en un bastón delante del video zal y, siguiendo un impulso, le preguntó cómo llegar a la iglesia más próxima. El hombre pareció contento de prestar un servicio. Tomó el codo de Czesich y cojeó hasta la esquina, allí se volvió hacia el sur, luego cambió de idea, se volvió hacia el oeste de nuevo y señaló con un brazo.
– Vaya por aquí dos manzanas en la misma dirección en la que iba -dijo-. Doble a la izquierda y siga por esa calle, derecho, derecho, derecho y dará con ella directamente. Es la única iglesia que nos queda ahora. Cúpulas doradas. La va a ver.
Czesich le dio las gracias y, al volverse hacia el paso de peatones para cruzar, notó un movimiento extraño en el gentío detrás de él. No fue nada, se dijo, una sombra, un asomo de recuerdos de la guerra fría. No arriesgó otra mirada atrás.
En la esquina giró y se encontró con una multitud frente a un edificio largo y con rasgos distintivos. Mientras lo observaba, alguien abrió la puerta de vidrio del edificio empujándola, y salió una mujer de mediana edad que se debatió con dificultad entre cabezas y hombros. Paso a paso luchó para avanzar, yendo de un lado a otro y empujando hacia adelante hasta que salió a la vereda liberada y medio se sentó, medio se cayó sobre un banco, respirando con fuerza, y apretando un par de zapatos nuevos contra el pecho. Detrás de ella estalló una discusión: dos mujeres se gritaban cara a cara, y un joven alto trataba de separarlas, mientras alguien lo agarraba desde atrás y otras personas empezaban a gritar, agitaban un dedo y empujaban. Las ruinas de la civilización rusa, pensó Czesich. No pudo soportar seguir mirando.
Tomó un atajo por una calle residencial lateral, evitando otra congregación más pequeña reunida alrededor de un experto timador que trabajaba con naipes sobre una caja de madera dada vuelta. Czesich dio una rápida vuelta a la izquierda, entró en el patio y giró en redondo, un viejo truco que Julie y él habían usado en la década del sesenta cuando hasta las exposiciones de artistas humildes justificaban la presencia de un espía. Pero nadie lo siguió dentro del patio ni lo esperó cuando volvió a la acera, trató de relajarse. El tránsito de peatones continuaba fluyendo melancólicamente, y cada persona sin excepción llevaba algo: rollos de papel higiénico colgando de un piolín; una gallina sin desplumar; bolsas de mercado repletas de huevos o pescado envasado; una caja vacía que decía TELEVISIÓN. Se quedó de pie en medio de la acera, dejando que el río de gente le pasara al lado, mientras tocaba el telegrama que tenía en el bolsillo del pantalón y miraba su reloj, vacilando. Al cabo de un minuto siguió su camino.
La calle lateral cruzaba el Prospekt de la Revolución una milla al oeste del hotel, y luego se hundía en un verdadero barrio pobre. Filson le había dicho que volviera con fotografías "que demostraran que realmente tenían hambre", pero Czesich ni siquiera pensó en enfocar la cámara.
Dos cuadras al sur del Prospekt el pavimento terminó bruscamente, pero siguió adelante tenazmente, caminando sobre una resbaladiza capa de barro, recorriendo, a la luz que se filtraba misteriosa, el paisaje de desolación. Los cercos estaban sin pintar, las casas de madera negra, desvencijadas, los patios atestados de objetos, con sogas de las que colgaba ropa lavada en el aire lleno de hollín. Alcanzó a oler humo de gasolina y carbón, y a ver una niebla fluvial al acecho al frente. Un perro callejero de patas embarradas pasó sin acercarse. Un auto de la milicia salpicó. Frente a una vista especialmente desesperada, no pudo menos que dejar el camino, y se paró con las manos sobre las estacas astilladas del cerco para mirar una casa que se inclinaba tanto a un lado, que parecía estar a punto de caerse sobre una pila de clavos, aserrín y vidrios tintineantes. En el patio del frente había un pequeño montón de ceniza de carbón como remedando los montones de escoria un poco más allá. Un gato negro estaba acurrucado en un escalón hecho con un durmiente del ferrocarril. Encima estaba la madera agujereada de la puerta, y detrás de un vidrio sucio, la cara de un hombre. Cuando Czesich levantó una mano para saludarlo, la vieja cara se quedó inmóvil un momento y luego retrocedió a la oscuridad.
Echó una mirada hacia atrás, en dirección a la ciudad, y entonces vio quien lo estaba siguiendo, un hombre de pelo lacio amarillento y el cuerpo de un defensa de fútbol americano, que simulaba estar sacándose el barro de encima del zapato. Czesich apuntó con su cámara y sacó tres fotos, pero el rubio sólo se enderezó y lo miró con desfachatez.
La iglesia no estaba donde le había dicho el viejo. Nervioso ahora, forzán- dose a no mirar por encima del hombro. Czesich camino por un laberinto de calles bajas durante casi una hora antes de descubrir la punta de una cúpula dorada bien en lo alto sobre una pequeña colina a su izquierda. La tierra a sus pies se volvía mas seca a medida que trepaba, y las casas eran más sólidas, aunque pequeñas y cubiertas de hollín, con patios escondidos detrás de cercas de tablas pintadas y daban sobre el río Don. Pronto vio otras dos cúpulas doradas, la torre de un campanario, el azul del costado de lo que parecía ser la rectoría, un añadido al lado del edificio principal. Echó una mirada rápida hacia atrás una vez, (el rubio no estaba a la vista) siguió por la calle de tierra hacia las puertas de hierro forjado de la iglesia, y se detuvo para sacar una fotografía. Era un cementerio ruso típico, cercos de hierro con puntas alrededor de la mayoría de las lápidas, retratos cubiertos con vidrio, en blanco y negro, debajo de los nombres. Había una tumba abierta, que acababan de cavar y estaba rodeada de flores, y la iglesia con su cúpula dorada mas allá.
El edificio mismo estaba tambaleante y arruinado, pero por lo menos tenía algún color, algún estilo; prometía algo mas allá de la gris utilidad neutra de Lenin. Czesich oyó las notas de un himno fúnebre que se filtraban por las paredes de madera y se sintió atraído.