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El servicio estaba a punto de terminar, los que iban a llevar el féretro se adelantaron, y Alexei agitó el incienso sobre el ataúd. Con su cámara cara y su curiosidad y sus relucientes ropas americanas. Czesich se sentía como un intruso, otro McCauley rico que interfería. Se deslizó de nuevo entre la gente y salió al cementerio, seguido todo el camino por un eco a capella. No tenía la menor idea de cómo uno se ponía a buscar su propia esencia más protunda después de tantos años de estarle escapando, décadas de tomar decisiones de afuera para adentro, casarse con la mujer con la que otros querían que se casara, diciendo las cosas que otros querían que uno dijera. Cruzó el cementerio a grandes zancadas, tratando de imaginar esa esencia, el camino correcto para llegar a ella. Sigan el camino del temor, había dicho el padre Alexei. Parecía muy simple. Aún en su estado de agitación, el camino del temor era obvio: llevaba más allá de las sombras de la KGB y los "amigos" de la embajada y derecho derecho derecho a través de las ruinas de la civilización rusa. Ya había estado andando por ese camino durante uno o dos días, de modo que tenía sentido seguirlo hasta el final.

Ahora era un samurai del mundo diplomático, y esta actuación final su harakiri virtuoso.

20

– ¡Los pepinos a dieciocho rublos el kilo! ¡Es un robo! Esta gente viene del sur, pasan unos pocos días dando vueltas por el mercado, estafando a todo el que ven, y se van de vuelta a casa con bastante dinero como para…

Nina Vasilievna dejó su queja incompleta y se metió en la cocina con un cesto que le colgaba del brazo con pulseras, dejando que Propenko imaginara diversos finales. Bastante dinero como para vivir como nosotros, podría haber dicho, en un apartamento de seis habitaciones bastante grande como para hacer competencias de atletismo. Bastante para comprar en el mercado negro un televisor y un vídeo japonés como el que tenemos en la sala de estar. Bastante como para comprar algunas onzas del oro que ves brillando alrededor de mi suave cuello.

Claro que, en el caso de Mikhail Lvovich y su esposa, no era en realidad una cuestión de dinero. Vivían de ese modo no porque tuvieran dinero, sino porque el hombre de la casa se movía en el centro de una maraña inimaginable de deudas, terror e influencia mal habida, una red pegajosa a la que había adherido y de la que se había nutrido durante casi treinta años.

Y, claro, Nina Vasilievna no tenía ningún motivo real para alterarse por los precios en los mercados privados, ya que la mayor parte de lo que comía le llegaba de almacenes especiales, una pequeña gratificación por el fiel servicio de su marido al Partido. Su indignación era tan sólo un recurso social, algo para hacer aparecer a los Kabanov como gente común, algo para suavizar el hielo del ambiente.

– Por lo menos uno puede encontrar pepinos en el mercado negro -dijo Raisa fríamente.

Mikhail Lvovich frunció el entrecejo.

Nina Vasilievna se quedó en la cocina y simuló que no oía.

Cuando reapareció, Propenko observó la forma descuidada con que servía la comida, como si los platos y utensilios tuvieran alguna infección de la clase baja.

Observó las superficies elegantes, mantel de encaje, óleos en las paredes, alfombras de Ashkhabadian, las caras blandas y consentidas de los anfitriones, pero todo estaba levemente fuera de foco. Se sintió presente a medias. La otra mitad estaba en su casa, sentado en la cama de la sala de estar con el teléfono en la mano tratando de clasificar lo que Bessarovich había dicho y lo que no había dicho, lo que él había preguntado y lo que había olvidado preguntar, lo que se había decidido. Le parecía que el resultado real de sus frases confusas y crípticas era muy simple: "Tiene que obrar por su cuenta, Sergei".

– Bien -dijo el Primer Secretario, arreglando el cuchillo y el tenedor con dos dedos gordos y escrutando directamente los pensamientos de Propenko-. ¿Ha hablado con nuestra amiga de Moscú recientemente?

– ¿Qué amiga, Mikhail Lvovich?

– La poderosa Bessarovich.

– No muy recientemente -dijo Propenko. Raisa le dirigió una mirada-. Hablamos a mediados de semana.

– Una mujer poderosa, nuestra Lyudmila Ivanovna. Bien relacionada.

Propenko asintió de manera neutral.

– Me dijo que le transmitiera sus saludos.

– ¿Lo está tratando bien?

– Ni bien ni mal, Mikhail Lvovich. Vino aquí a organizar las cosas, y ahora que las cosas están organizadas, llama de vez en cuando para decir hola, tengo la impresión de que los alimentos americanos no la preocupan como para desvelarla de noche.

El Primer Secretario le dirigió una de sus sonrisitas burlonas y sus ojos recorrieron la camisa de Propenko y su sencilla chaqueta deportiva.

– ¿De modo que el programa está en camino?

– En camino. Mañana a la mañana empezamos a distribuir comida.

– Felicitaciones.

Lvovich había llegado a dominar su acto: la sonrisa, los ojos mezquinos, exactamente la mezcla correcta de sarcasmo y sinceridad, de modo que uno no pudiera estar seguro de qué era real y qué imaginario. Propenko asintió, y los músculos de su cuello ejecutaron una pequeña danza convulsiva.

La comida fue caviar rojo en huevos revueltos en manteca, y un trozo de carne suculenta, tan lujosa y elegante como todo lo demás en la casa. Propenko y Mis anfitriones comieron despacio, con gusto: Raisa paseó la comida por el plato. Después de pasar con dificultad por varios temas, se refugiaron en una conversación sobre la universidad, donde las dos parejas tenían a un hijo.

– Las clases comienzan pronto -dijo Nina contenta-. Lyosha dice que los profesores son demasiado exigentes. Siempre se queja de eso.

– Lydia también -dijo Raisa, y giró la mirada hacia Propenko como para decirle: si tú puedes mentir, yo puedo mentir. Si vinimos aquí a pasar nuestra noche de domingo mintiendo y simulando ser amigos de esta gente, mentiré y simularé que somos amigos-. Especialmente de inglés -agregó-, dice que el inglés debe ser la lengua más desconcertante de la tierra.

– Después del chino -interrumpió Mikhail Lvovich. Tiró del rabillo de sus ojos para ponerlos oblicuos.

– Después del chino, naturalmente.

– Pero el inglés es un idioma mucho más importante -dijo Nina.

– Mucho más importante -repitió su marido-. El idioma de los negocios.

– Hasta los japoneses están aprendiendo inglés.

– En vez de chino -dijo Mikhail Lvovich.

Propenko decidió que debían haber practicado este dúo en innumerables actos oficiales. Trató de prestar atención simultáneamente a su anfitrión y su anfitriona, y a la vez saborear su comida.

– Dentro de pocos años -dijo Nina resignada-, los japoneses se apoderarán de todo en el mundo de los negocios: bancos, fábricas, materia prima. Ya controlan los mercados de dinero, saben.

– No estés tan segura de tus predicciones, querida -le dijo Mikhail Lvovich-. No descartes a los rusos desde ya.

Esta afirmación era tan absurda que los dejó callados a todos por un momento. A Propenko no le sorprendió que sus anfitriones hablaran de bancos y de mercados de dinero. Los Kabanov eran comunistas por conveniencia, y los comunistas por conveniencia estaban descubriendo que les convenía dominar palabras como "convertibilidad", "estrategia de inversión", "tasas de interés" como en su momento dominaron palabras como "decadencia de la burguesía", "enemigo del pueblo" y "medios de producción". Con la danza imprevisible de Gorbachov-Yeltsin-Puchkov-Pavlov que tenía lugar en Moscú pensaban era una medida prudente tener un pie a cada lado del cerco.

– Es claro que los norteamericanos tienen una ventaja en el campo de los negocios. El inglés les resulta natural.

– Es natural para los ingleses también, Misha-dijo Nina Vasilievna, con un aire de exasperación cariñosa, dando vuelta los ojos y tocando la mano de su marido como si hubiera dicho algo completamente estúpido pero no se le podía reprochar-. Y eso no parece ayudarlos a ellos.