– Los norteamericanos hablan un dialecto más duro, más agresivo-insistió Lvovich-. Más adecuado para hacer tratos. -Propenko estaba tratando de olvidarse de Bessarovich ahora, de olvidar la comida en el plato, y prestar toda su atención a la conversación. Mikhail Lvovich no los había invitado para hablar de lingüística.
– Los ingleses cometieron el error de tratar de extender su manera de vivir a todo el mundo -dijo Nina con seguridad.
– También lo hicimos nosotros -repuso Raisa-. Por lo menos los ingleses no produjeron a un Stalin.
– No -dijo Nina sonriendo-, dieron vida a Estados Unidos.
– Exactamente.
Propenko limpió la última gota de huevo de su plato con el último trozo de carne. Raisa estaba demasiado lejos, sino le habría tomado la mano debajo de lamesa. No había comido casi nada.
– Estados Unidos tiene sus propios problemas -dijo Mikhail Lvovich-. Se está derrumbando.
– Un pepino no cuesta la paga de medio día en Estados Unidos.
– Tiene razón, Raisa Maximovna -admitió el Primer Secretario, asegurándose de que usaba el patronímico para que Raisa supiera que se acordaba de su padre-, pero los amigos que han estado allá dicen que sectores enteros de las ciudades son demasiado peligrosos para transitar por la noche. Hay niños en las calles con ametralladoras, y otras cosas.
– Dicen que si uno se lo señala a los norteamericanos, se encogen de hombros -acotó Nina-. No les preocupa ¿te imaginas?
– Quizá los preocupa y no pueden hacer nada para remediarlo.
– Siempre se puede hacer algo: una huelga de hambre, por ejemplo -Lvovich repitió su sonrisita sarcástica. Nina dejó escapar un sonido que pareció una risa, pero Propenko y Raisa no entendieron el chiste-. ¿Qué dice su americano de todo esto, Sergei?
Propenko se encogió de hombros. Ahora no necesitaba más enemigos. Tendría suerte si al finalizar la noche conseguía mantener una tregua incómoda.
– No tiene por qué preocuparse por eso -dijo-, con todo el dinero que tiene. -Raisa le dirigió otra mirada de enojo. Mikhail Lvovich y Nina sonrieron.
– Deberían ver sus trajes.
– Los compran en México -dijo Mikhail Lvovich-. A los mexicanos les pagan casi nada por ellos. Los mexicanos son los nuevos esclavos negros en América. Ahora -pareció dispuesto a desarrollar esta teoría, pero miró a su mujer y cambió de opinión-. Nuestros trajes no son inferiores bajo ningún concepto.
Nina retiró los platos y sirvió café con una botella de café armenio cinco estrellas.
– ¿En definitiva, cómo es su americano, Sergei? ¿Cuál es la verdadera historia?
– Competente. Un hombre decente.
– ¿Agresivo?
– No especialmente.
– Lyosha lo vio paseando ayer por el Prospekt Mira -dijo Nina-. Tomando fotografías de todo, como un espía.
– No es ningún espía -dijo Propenko. Raisa le dirigió otra mirada. Se habían encontrado con Czesich en el restaurante de Bobin el viernes por la noche, y al cabo de unos minutos de charla cortés ella había dejado de mirarlo como si fuera un espécimen en el zoológico y lo invitó a cenar. A Propenko le sorprendió, pero luego se puso orgulloso, contento por haber recuperado a su esposa. Ahora, demasiado tarde, los dos sintieron la trampa.
– ¿Cómo sabe que no lo es? -dijo Mikhail sonriendo.
Propenko se encogió de hombros, y de algún modo se las compuso para reír… sólo unas carcajadas suaves, pero cambiaron el clima al instante.
– Los extranjeros no van a volver a ganarnos -dijo-. Lo estamos haciendo muy bien solos, sin ninguna ayuda de afuera.
Mikhail Lvovich se inclinó sobre la esquina de la mesa y palmeó a Raisa en el brazo.
– Sabe más de ganarle a la gente que nosotros, Raisa -le elijo con un guiño-. En ese departamento el especialista es él, no nosotros.
Propenko recordó un proverbio ucraniano que su padre solía citar: La serpiente adula antes de morder.
– El embajador norteamericano vendrá pronto, saben -dijo Lvovich, como si fuera una información privilegiada que compartía con amigos íntimos y no un rumor. El propio Propenko se la había dado-. Deberíamos organizar una recepción, Sergei, ¿no te parece?
– Sin duda.
– Quizás en el Intourist. Bobin tiene un salón. Hablaré con él mañana.
– ¿Cuándo viene el embajador? -preguntó Raisa.
– ¿Es que su esposo no le cuenta sus secretos? -Mikhail Lvovich se inclinó hacia atrás en la silla y deslizó las yemas de los dedos debajo del cin-turón. Desde el codo a la muñeca los dos antebrazos descansaban sobre su vientre.- Es una broma, Raisa. No mire a Sergei como si tuviera una amante. No la tiene. Lo estamos vigilando. Lo sabemos. Es tan fiel como la guardia del zar.
Propenko golpeó la cucharita sobre el platillo y mantuvo los ojos bajos.
– Sabremos la fecha esta semana -continuó Lvovich. Echó una mirada a su mujer-. Nunca hemos tenido un embajador norteamericano en Vostok. Es la primera vez.
– Es maravilloso, Misha -le dijo Nina, dirigiéndose a él, como si fuera un rey.
Pero tu castillo, pensó Propenko, está construido sobre las humillaciones de otra gente.
Durante la comida, una sinfonía de Shostakovich había estado sonando suavemente por el sistema de estéreo japonés, pero cuando Nina trajo cuatro porciones de torta de limón helada a la mesa, Mikhail Lvovich se levantó y puso a Vysotski. Propenko vio una sonrisa amarga en la boca de Raisa, y pensó por un momento que este gesto sería lo que la empujaría a una guerra franca, que saltaría de su silla y señalaría con el dedo gritando: Ustedes son la clase de gente sobre las que cantaba Vysotski ¿no se dan cuenta? Ustedes son los que lo convirtieron en un héroe popular, porque todos los odiaron durante años y no encontraban la manera de expresar su odio hasta que llegó Vysotski. Vysotski fue el comienzo del fin para ustedes, ¿no lo comprenden?
Pero ella sólo bebió su café y picoteó un poco de la torta con un tenedor de plata. Sin embargo, Propenko sintió un cambio. La guitarra ruda y la voz áspera parecieron alterar la luz en la habitación, exponiendo el yo oculto de Kabanov: maligno, inescrupuloso, desprovisto hasta del mínimo rasgo de piedad. La elegancia, la comida maravillosa, la charla y las sonrisas habían sido como un lindo pañuelo de encaje sobre la jaula de una serpiente, y ahora el pañuelo se deslizaba, y la puerta de la jaula se abría. A Mikhail Lvovich le era imposible pasar toda una noche sin mostrar sus colmillos, sin recurrir al poder, y Propenko sintió que ese poder ahora llenaba el aire que respiraba. Se preguntó si la música habría sido elegido como una burla.
El cazador va tras los lobos.
El cazador va…
Sangre sobre la nieve
Y las manchas rojas de banderas.
Tomaron café y la torta mientras escuchaban algunas canciones; luego el Primer Secretario se levantó y se dirigió a una cómoda ornamentada. Abrió el cajón de arriba tan cuidadosamente como un joyero abre el estuche de un collar de diamantes y extrajo una cajita.
– ¿Un cigarro, Sergei? -dijo dándose la vuelta con dos cigarros gordos en la mano. Invitó a Propenko con un gesto a salir al balcón.
– Y los hombres se van -dijo Nina alegremente.
En el balcón, Mikhail Lvovich le ofreció a Propenko un cigarro cubano (imposibles de conseguir en Vostok desde la época de Brezhnev) y lo encendió. Miraron hacia abajo el Museo de Historia Natural y el Hotel del Partido, y dos faroles de la calle empañados por la niebla. La noche estaba fresca.
Para su gran vergüenza, Propenko se encontró en una postura más bien sumisa, vuelto a medias hacia el Primer Secretario, con una expresión de buena voluntad clavada en la cara. Tal es la magia del poder.