– Una muy buena cena, Mikhail Lvovich -se oyó decir.
El Primer Secretario hizo un gesto con la mano a través del humo dulce.
– Nina es la cocinera.
Tres pisos más abajo, Propenko vislumbró una figura que recorría la acera. Cuando el hombre se dio la vuelta y regresó de frente a ellos, pasó debajo de la luz, y Propenko vio el uniforme.
– Imagina tener que vivir con una guardia de la milicia noche y día -dijo Mikhail Lvovich-. Imagina cómo se siente uno.
Propenko no dijo nada. Los hombres de Vzyatin no podían vigilar los contenedores de alimentos inmóviles; ¿cómo se podía suponer que podían custodiarlo a él, a Raisa y a Lydia y a Marya Petrovna? ¿De qué servía un teniente soñoliento en la calle si alguien quería matar a Mikhail Lvovich de un tiro o tirar una granada de mano por la ventana? Era para guardar las apariencias como en todo lo demás. Esta noche se sentía amargado, con Bessarovich por haberlo abandonado, con Vzyatin por su suprema confianza y sutiles manipulaciones. Se sentía vulnerable, tonto y maltratado. La alegría por su designación hacía tiempo que se había agriado.
– No puede saber lo que significa pasar los días tratando de mejorar la vida de las gentes, y tener que ser protegido de esa misma gente.
Propenko se alegró de que Raisa no estuviera allí para oír esto.
– Es una época en la que un hombre aprende a ver a través de los disfraces qué pasan por amistad, por lealtad.
Propenko observó al guardia de la milicia y volvía de nuevo por la parte más iluminada por la calle. Aspiró su cigarro y retuvo el humo en la boca.
– ¿Sabes qué estoy diciendo, Sergei?
Propenko exhaló el humo rápidamente y dijo que lo sabía.
– Solía observarte en las reuniones del Komsomol hace años, sabes. En el salón de la calle Morskaya. Tenías, cuánto, ¿dieciséis?
– Dieciocho.
– Dieciocho. Un campeón de boxeo.
– Campeón de oblast, Mikhail Lvovich. Nada más. Había mejores boxeadores en…
– De todos modos. Un maestro del Deporte. En el equipo olímpico, ¿no es cierto?
– No -dijo Propenko. Lvovich sabía que no había estado en el equipo olímpico y lo mencionaba, sin duda, para avivar un recuerdo doloroso. Lo había intentado dos veces. La segunda vez le habían roto la nariz con un golpe en la tercera vuelta de las semifinales, y no había podido hacer otra cosa que defenderse hasta que sonó la campana.
– Sabía que ibas a ir ascendiendo -dijo Lvovich. Caminó hasta el extremo del balcón y volvió, una excursión pensativa de seis pasos-. Reconozco la calidad cuando la veo, y la vi en ti hace mucho tiempo.
Más halagos, pensó Propenko. Ahora la sorpiente va a morder.
– He oído decir que hay problemas con el programa de alimentos.
– ¿A quién?-estalló Propenko.
– Amigos.
– No hay ningún problema. Empezamos mañana por la mañana.
– También se dice que hay tensión. Peleas. Contenedores faltantes. Oigo rumores de Moscú que hablan de que el norteamericano ha estado pensando en cancelar todo el espectáculo, que quizá ya lo han cancelado.
– Lo sabríamos -dijo Propenko.
– ¿Lo sabríamos?
De pronto a Propenko se le ocurrió que Mikhail Lvovich lo había invitado a su casa para relevarlo de sus tareas. Lo iban a dejar en la calle. Ese era el secreto que había sentido en la voz de Bessarovich por teléfono. "Algunos problemas deben ser resueltos más cerca de la fuente", había dicho, queriendo decir: Malov puede hacer sus juegos sucios porque es amigo de Mikhail Lvovich, y Mikhail Lvovich está a punto de despedirlo, y yo no puedo hacer nada para impedirlo. Sálvese como pueda.
– Ha habido uno o dos problemitas, Mikhail Lvovich. Pero todo proyecto tiene sus problemas. La comida va a ser entregada según lo programado. Lo garantizo.
Lvovich gruñó e hizo otra lenta excursión con su abdomen voluminoso, exhalando una nube de humo. Una lluvia muy liviana comenzó a golpear el árbol que tenían a la derecha, y se acercaron más a la pared.
– ¿Qué hay de Lydia? -preguntó Lvovich.
Propenko se quedó helado.
– ¿Qué pasa con ella?
– ¿Cómo está?
– Bien. Una estudiante excelente, una buena hija.
– Nuestro Lyosha habla muy bien de ella, aunque él mismo ha dado trabajo últimamente. Los estudiantes viven en un mundo más simple… Se les mete una idea en la cabeza y no hay forma de sacárselas.
Propenko inspiró el humo del cigarro, miró enfrente y sus ojos encontraron los de Mikhail Lvovich, tratando de ver en ellos la próxima movida. "Es sobre el poder ¿no es cierto, papá?" le había dicho Lydia, y era exactamente así. Ahora él ocupaba un lugar donde se trataba de poder y de nada más. Pero ¿qué era exactamente este "poder"? ¿De qué estaba hecho? ¿Dónde residían; en la voz, en el título, en el número de deudas? ¿En el puro terror físico? Así ocurría con Malov constantemente corrían rumores sobre Lvovich, una mitología de lo maligno. Del Primer Secretario se decía que había forzado a la esposa del director de un periódico desleal a visitar a su marido en la cárcel, justo después de un interrogatorio; el marido desnudo y destrozado en una celda fría. Propenko se preguntaba si el mismo Lvovich inventaba esas historias.
– Estás enterado de las demostraciones, ¿no, Sergei?
– No puedes vivir en Vostok y no estar enterado de ellas.
– No te preguntaré qué piensas, porque lo sé. Te conozco desde hace años, te he visto en reuniones, mi gente me ha informado sobre ti. Sé que perteneces a un grupo de comunistas sólidos que no se van a doblar ante cada brisa que sopla. Pero tienes que comprender mi posición en esto. Las demostraciones me crean un problema enorme, con la venida del embajador de Estados Unidos y todo lo demás, un problema tremendo. Podría hacer una llamada telefónica ahora mismo y conseguir que vinieran los Boinas Negras y los metieran a todos en la cárceclass="underline" los de la huelga de hambre, los mineros, el cura loco, todos. -Lvovich movió el brazo para abarcar a todos sus enemigos.- En otros lugares lo hacen así. Fíjate en Tbilisi. Fíjate en Vilnius. Vienen, usan sus bastones, rompen unas cuantas costillas, tiran a algunos agitadores en el camión, y se acabó todo. Pero yo no odio a esos manifestantes, Seryozha, no soy ese tipo de hombre. Soy un padre. Comprendo a los jóvenes, y comprendo a los mineros. Mi tío era minero, sabes.
Propenko contestó que no lo sabía.
– Comprendo que la situación es difícil para ellos ahora. Nina y yo tenemos nuestras dificultades, también, aunque no apelamos llorando al mundo. Son tiempos duros para todos.
Propenko no se atrevió a mirarlo a los ojos. Siguió fumando y miró directamente por encima del techo del museo; un hombre de madera en el reino de la furia.
– Nunca te he pedido un favor, ¿no es así, Seryozha?
– No -confesó Propenko. Apenas si me has hablado durante treinta años, quería decirle. Nos estrechamos la mano en los desfiles del Primero de Mayo y el Siete de Noviembre, y el resto del tiempo volamos a diferente altura-. Nunca.
El Primer Secretario asintió.
– Bueno -elijo con solemnidad-, ahora tengo que pedirte uno. De padre a padre. De amigo a amigo.
– Bien -Propenko trató de cobrar ánimo. De padre a padre. Ahora iba a tener que contarle a Mikhail Lvovich todo lo de los Niños del Tercer Paso. Le iba a preguntar que dijera todo lo que sabía del rebelde padre Alexei y sus asistentes. Lo que se conseguía con puños, cadenas y electricidad en el sótano de Seguridad del Estado treinta años atrás, ahora se hacía con cigarros, caviar y alusiones vagas a la lealtad, la paternidad y los Boinas Negras. En Vostok, eso era a lo que llegaba la perestroika.
– Cuéntame sobre el programa de alimentos -dijo Lvovich-. Quiero decir, cómo funciona, en la práctica.
– Bessarovich nos dio una lista de los lugares de distribución. Tenemos que pasar los alimentos por la aduana, luego cargarlos en camiones y llevarlos a esos lugares. En cada lugar hay un contacto, que también está en la lista. Fijamos una hora y día, y el contacto se ocupa de que los alimentos vayan a las personas que más los necesitan. Si todo funciona como se espera, se necesitarán dos semanas para vaciar los contenedores. Como máximo tres.