– ¿Y quién estuvo involucrado en la preparación de estas lista?
– No sé. Volkov, quizá.
Mikhail Lvovich rió sarcásticamente. El guardia de milicia oyó el ruido y miró hacia arriba.
– Eres ingenuo, amigo mío.
Propenko no lo negó.
– ¿Cuáles son los lugares en el lado sur del río?
– Sólo la mina Nevsky.
– ¿Y en el Distrito Lenin?
– En Belaya Rechka -dijo Propenko. Tragó, comprendiendo de pronto lo que había preferido no ver-. En el orfelinato al lado de la iglesia de la Sagrada Sangre.
El Primer Secretario hizo una pausa y rascó una costra de pintura en el edificio.
– ¿Y qué se requeriría -dijo-, para poner esos dos lugares al final de la lista?
Este no era el favor que Propenko había esperado. Al principio le pareció que no le costaría nada a nadie. Sintió una pequeña oleada de esperanza.
– Los dos están al principio de la lista -dijo.
– Esa no es una respuesta a mi pregunta, Sergei. Ahora necesito una semana, diez días como mucho. Necesito diez días de garantía de que la gente que está aquí tratando de arruinarme no será bendecida públicamente por los poderosos de Moscú y en el exterior. Es un favor muy pequeño.
Propenko vaciló.
– No quiero recurrir a mis otras opciones con esta gente, Seryozha. Me conoces bastante como para saberlo. Necesito diez días para que mis delegados hagan algún trato con ellos. Pacíficamente. Sin sangre. No es accidental que la mina Nevsky y la iglesia estén en los primeros lugares de la lista. Si llevan alimentos allí es lo mismo que decirle a todo el oblast que Estados Unidos quiere que Kabanov pierda su posición. Moscú lo quiere echar. ¿Comprendes?
Propenko asintió. Comprendía. Comprendió, en realidad, que había sido un títere en un teatro de traición política. Comprendió que la gente que manejaba los hilos le decían: Estoy demasiado lejos para ayudar. Y que ambos lados trabajaban de acuerdo a los mismos principios: intimidación, manipulación, adulación, soborno, mientras la gente común seguía bailando su danza de hambre y terror. Se preguntó cuánto sabría su amigo, Víctor Vzyatin.
– Comprende, Sergei, que no estoy pidiendo un regalo. Te estoy preguntando qué exiges para hacerme este pequeño favor.
Propenko tardó medio minuto en contestar. En ese lapso varias docenas de respuestas vinieron a sus labios, toda una rueda de ruleta de opciones, y luego le parecería que la respuesta que emergió finalmente fue sólo una cuestión de suerte, un golpe más en la ruleta de Montecarlo.
– Mi familia ha sido amenazada -dijo, un hombre que hablaba en un sueño lluvioso y lleno de humo-. He sido molestado. Quiero que esto se acabe.
Las palabras no habían acabado de ser pronunciadas y ya Propenko sentía la necesidad de recogerlas del aire húmedo y meterlas de nuevo en su boca; pero era demasiado tarde. Sintió que algo le tocaba el codo, y vio abajo la mano del Primer Secretario. La estrechó envuelto en un mareo leve, negro, que nunca había tenido antes, y luego siguió a Lvovich mansamente dentro de la sala de estar. Y allí, con Vysotski graznando su sinfonía de ofensa moral como trasfondo. escuchó cómo los hilos insustanciales de conversación se ataban en pulcros lazos, con el cazador de pie al lado de su presa, sonriendo.
En el viaje de vuelta a casa, Raisa se apartó de él y miró por la ventanilla. Mientras esperaba en los semáforos, o cuando había un trecho despejado de camino, Propenko echaba una mirada a su nuca o al cuello húmedo de su abrigo. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar el volante. La sensación de estar partido en dos, presente a medias, no lo había abandonado, pero ahora su otra mitad estaba de pie en el balcón de Mikhail Lvovich.
– ¿Por qué mentiste cuando le dijiste que habías hablado con Bessarovich, Sergei?
– Porque no era asunto suyo.
Se detuvieron ante otra luz roja y el motor se paró. Propenko lo volvió a poner en marcha con un movimiento furioso de su muñeca.
– ¿Qué le dijiste a ella?
– Ya te lo dije, Raisa. Hablamos de problemas sobre el permiso de aduanas.
– ¿Llamaste desde casa para hablar de permisos de aduanas?
Atrapado en una mentira, Propenko no dijo nada.
– ¿Le dijiste que ibas a la embajada?
– ¿Qué embajada?
– La de Estados Unidos.
– ¿De qué estás hablando?
Ella se volvió. El tránsito se movió hacia adelante.
– Pensé que ese era el motivo de la mentira, para que él no lo supiera.
– ¿Para qué iba a ir a la embajada de Estados Unidos?
– ¿Por qué gritas? Para conseguir los papeles para emigrar ¿para qué otra cosa?
– ¡Papeles de emigración!
– Otra gente lo está haciendo. -Ahora los dos gritaban.
– Y qué, ¿irnos a Estados Unidos?
– Claro, ¿adonde si no?
– ¿Primero Moscú, y ahora Estados Unidos?
– Leonid y Eva los están solicitando para Israel.
– ¿Leonid Leonidovich?
– Es judío -dijo Raisa.
– Crecimos juntos, Raisa. No necesitas decirme que es judío.
– Ellos van a ir. ¿Qué te pasa esta noche?
– Perderá el pabellón si presenta esa solicitud. ¿Qué le pasa a él?
– Presentaron la solicitud el viernes por la tarde. Se van.
– No lo creo.
Siguieron un kilómetro sin hablar, con el motor funcionando mal, y la presencia de Mikhail y Nina Kabanov que se les pegaba como olor a pescado podrido. Cuando entraron en el Prospekt de la Revolución, Propenko sintió que lo iba a invadir el malhumor. Raisa esperó, vigilándolo.
– Hablé con Bessarovich sobre Malov. -El Lada funcionaba mal, y tendría que mantenerlo acelerado para que no se detuviera. En un tramo inclinado, pasó a punto muerto y aceleró el motor. Sentía la necesidad de lanzar el puño contra el parabrisa.- Tuvimos una discusión el viernes después de la reunión. Lo amenacé.
– ¿Lo amenazaste? ¿A Malov? No físicamente.
– Le dije que si le hacía daño a alguien de mi familia, lo mataría.
– Oh, Dios mío -gimió Raisa-. Dios mío, Sergei.
– Vzyatin ha puesto un guardia cerca de la casa y gente que nos sigue. Bessarovich me había ofrecido ayuda, de modo que la llamé.
– Oh, Dios mío -repitió Raisa-. Me casé con mi padre.
– Tu madre no piensa así.
Raisa empezó a llorar sin hacer ningún ruido.
Justo más allá del pabellón, el Lada se detuvo. Propenko lo dirigió hacia la acera, movió la llave para apagar y luego para poner en marcha el motor, y escuchó cómo gruñía y luego la batería perdió gradualmente su carga. Pegó con una mano en el vidrio de la ventanilla y aplastó una telaraña.
– ¿Qué ocurre?
Un tranvía pasó retumbando. Propenko salió y miró debajo del capó, tocó con los dedos las formas negras y aceitosas, cables, metal caliente, la tapa engrasada de la batería. Era una mala jugada. Sabía perfectamente que el Lada no arrancaría hasta que se secaran los cables, y estos no se secarían hasta que se levantara la niebla. Cada vez que había una serie de días de niebla o lluvia, tenían la misma historia, y cada vez que ocurría se decía que hablaría con Anatoly acerca de comprar cables nuevos, y sieinpre lo dejaba hasta que salía el sol y lo salvaba. Escupió en la calle. Ahora tendría que comprar cables nuevos y un vidrio nuevo. O se ponían a esperar un taxi una noche de domingo o caminaban en el frío. Sacó los limpiaparabrisas, los tiró debajo del asiento y cerró la puerta con un golpe. Empezaron a caminar. Miró atrás una vez, como buscando un taxi, con la esperanza de ver a los hombres de Vzyatin. Nada. El tránsito ciego que pasaba silbando, las luces de la calle, los rieles mojados del tranvía, pero ningún idiota de la milicia. Pensó en caminar hasta el pabellón y usar el teléfono allí, pero estaba demasiado enfadado, sería demasiada humillación para esta noche. ¿Y a quién podía llamar ahora, a Mikhail Lvovich? Siguieron caminando.