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– Lo siento -dijo al cabo de una manzana o dos.

Raisa no contestó.

– Soy un tonto. -Propenko trató de mirar accidentalmente por encima del hombro. Nada. Sin duda el hombre de Vzyatin estaría en el baño.- Sigo tratando de descubrir dónde empezó. He repasado todo mil veces. ¿Dónde empezó? ¿Empezó el viernes en la reunión? ¿O giré a la derecha un día, allá en el pasado, en vez de a la izquierda? Cada decisión que tomo ahora me explota en la cara.

Durante un minuto, pensó que Raisa no le iba a contestar. Miró por encima del hombro otra vez y vio que un auto se había detenido detrás de su Lada. Bien, pensó. Llévate las ruedas. Llévate ese maldito artefacto.

– Empezó con Lydia -dijo ella-. Pero tú te niegas a verlo, porque sigues pensando en ella como una niña pequeña que no puede estar involucrada en nada importante o peligroso. Pensar así te hace sentir fuerte.

Propenko lo pensó, y luego sacudió la cabeza.

– Empezó cuando me nombraron Director. Cualquiera en la oficina hubiera querido trabajar con los norteamericanos. Malov, Volkov, Zhigorin. Me promovieron por encima de todos ellos. Empezó allí, con Bessarovich. Está usando el programa de alimentos para vengarse de Mikhail Lvovich, para humillarlo, y me metió a mí justo en el medio de todo eso.

Oyó el tranvía detrás de ellos y se volvió para ver el número. Se acercó, amarillo y marrón en la oscura humedad de la noche, balanceándose y lanzando chispas, pero no les servía. A su izquierda y atrás, unos faros se arrastraban pegados a la acera.

Propenko tomó el brazo de Raisa y dobló por la calle Decembrista.

– Toda mi vida he tratado de mantenerme alejado de la intriga política, Raisa. No te imaginas las cosas que he hecho con ese fin.

– Empezó con Lydia -insistió Raisa-. En la iglesia. Nada de esto habría ocurrido, Cuándo nos ha invitado el Primer Secretario? No es nuestro nivel. No es nuestra gente.

Propenko volvió a mirar atrás. Ningún faro.

– Gente despreciable. Quejándose del mercado cuando hace años que no compra en el mercado. Vysotski en el altavoz. Cuando Vysotski vivía no hubiera ido ahí ni para usar el baño. No entiendo por que se tomaron el trabajo de invitarnos. ¿Para averiguar algo sobre el norteamericano?

– ¿Quién sabe?

– ¿Qué ocurrió en el balcón?

Propenko miró por encima de su hombro.

– Fumamos. Me habló de lo difícil que era tratar de ayudar a la gente para que luego se volvieran contra uno. Habló del "disfraz de la amistad".

– ¿Eso es todo?

– Eso es todo -Propenko escupió.

Estaban al final de la calle Decembrista, donde se une a la avenida Octubre, a una manzana del local de Tolkachev. Al cruzar el extremo de la calle, Propenko miró a su derecha. Un borracho se tambaleaba por la acera. Un perro olfateaba la alcantarilla. Ningún faro No venían a envenenarlo ahora No necesitaban hacerlo El se envenenaría a si mismo.

21

El lunes se levantó la niebla, y se pudo ver Vostok. Desde el patio de baldosas del hotel, Czesich alcanzó a ver más allá del Prospekt de la Revoliutsii hasta el extremo de lo que él había comenzando a considerar el Valle de la Devastación. Columnas de humo, blanco, amarillo y azul metálico, subían desde las fábricas y se aplastaban contra un techo de aire más frío varios cientos de metros más arriba. Vio los cables de alta tensión que formaban curvas y reflejaban la luz; rayas marrones y grises en los montones de escoria negra; chozas de madera esparcidas sobre un declive barroso. La ausencia de niebla le hizo sentirse vigilado desde todas partes: la gente en la parada del autobús, las babushki frente al hotel, un grupo de conductores de autobús y chóferes de pie fumando. Era casi la una de la mañana, hora de Washington. Dentro de ocho horas, Myron R. Filson, hijo, pasaría por el puesto de control de segundad en la entrada principal de USCA, colgaría su chaqueta en la percha de la oficina, encontraría a alguien dispuesto a escuchar el relato completo, no abreviado, de su excursión de pesca en Montana, y luego se dirigiría al télex. De acuerdo a sus instrucciones, los informes semanales del exterior todavía estarían en la máquina. Habría noticias de Elliot Bridgeman sobre la exposición de pósters en Kinshasa: algo del depósito de Viena sobre herramientas o provisiones eléctricas o medidas de paneles; Elissa Thurston haciéndose presente desde la ciudad de Belize.

Y, si el télex del pabellón funcionaba, desde la capital de las minas de carbón de Donbass leería:

A: RAMA DE ULTRAMAR DE USCA. FILSON DE: USCA, RLF 2. CZESICH TEMA: INFORME DEL PARAÍSO

DESPACHO DE ADUANA EN PROCESO RÁPIDO

ALOJAMIENTO. ETC… EN ORDEN. ESPERO PRIMERA ENTREGA ALIMENTOS HOY. MUY NECESARIO. AUTORIDADES CONSEJO LOCAL COOPERATIVAS Y ACOGEDORAS. DIFÍCIL COMUNICACIÓN TELEFÓNICA. LO INTENTARE MIÉRCOLES 10 A M HORA WASHINGTON.

SALUDOS AAC

FIN DEL MENSAJE

Czesich iba y venía por el patio, preparando el guión por enésima vez. El télex mantendría tranquilo a Filson por ahora. Al finalizar la tarde, Julie se daría cuenta de que no tenía la menor intención de volver a Moscú. Entonces tendría que ir a ver al embajador Haydock. Haydock se pondría rojo y patearía durante media hora más o menos: nada que Julie no pudiera controlar. Ella volvería a su oficina, descargaría su malhumor por la línea de larga distancia a Vostok, pero por debajo de toda la desaprobación oficial, esperaba que una o dos gotas de sangre rusa rebelde hervirían, algo del viejo afecto. El volvería a Moscú dentro de unas semanas después de alimentar a alguna gente hambrienta, de haber sacudido la situación política en Vostok y enterrado para siempre las cenizas calientes de su viejo yo. Julie lo vería diferente. El se vería a sí mismo diferente. Y el único precio a pagar sería aguantar la furia de la burocracia por el tiempo que tardara Filson en echarlo de un puesto que hacía tiempo que despreciaba.

A las nueve menos diez, el Volga color melocotón se detuvo frente al hotel. y el chófer de cabello gris, con la espantosa marca de nacimiento salió y mantuvo la puerta de atrás abierta. Necesitó un momento, pero Czesich recordó el nombre. Anatoly Le dio las gracias a Anatoly de todos modos, pero dijo que prefería sentarse adelante, y vio que un temblor de sorpresa cruzaba la cara estropeada.

– El pabellón está enfrente -dijo-. Me parece que no vale la pena que venga a buscarme para llevarme allí. Me hace sentir como un norteamericano consentido.

Anatoly sonrió.

– Ese es su papel -dijo-. Norteamericano consentido. Nos desilusionará si no lo interpreta. -Salió del aparcamiento y fue hasta el semáforo del Prospekt Revoliutsii.- Mi papel es el de chófer. -Dejó de mirar la luz para ver la cara de Czesich.- Y tenemos un adelanto de ocho minutos. ¿Qué le parecería que le hiciera dar una vuelta a la manzana todas las mañanas para que tuviéramos la ocasión de hablar de política? Nunca he llevado a un norteamericano.

Czesich dijo que le parecía bien, y Anatoly se alejó del semáforo con tanto cuidado como si condujera una limusina. El Volga. auto oficial del Apparatchiki soviético, era un automóvil cuadrado, poco elegante, que recordaba a los Ramblers de la juventud de Czesich, con un sistema de escape traqueteante y un interior sencillo como un escritorio del gobierno. Pero los asientos, el tablero de instrumentos y las ventanillas estaban inmaculadas, y Anatoly había dejado atrás su antifaz de suspicacia. Czesich decidió arrellanarse, relajarse y aprender lo que pudiera.