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– Lo he estado observando -dijo Anatoly-. Como camina, su ropa, la manera con que estrechó la mano de todos en la estación, hasta la de los chóferes, hasta la del viejo sereno del pabellón el otro día.

– ¿Cómo camino?

– Como un hombre que es dueño de la calle.

– Es un acto. No es lo que siento por dentro.

– Ponyatna -dijo Anatoly-. Comprendido. Hace que se parezca un poco a un espía, sin embargo. Al principio me engañó.

– Esperemos que no engañe a nadie más.

Anatoly asintió con tal seriedad que inquietó a Czesich.

– Ojalá.

En Vostok el tránsito de la mañana estaba plagado de camiones, taxis y autobuses, no tan diferente de la hora pico en una ciudad norteamericana, pensó Czesich. salvo que los camiones llevaban la inscripción de PERSONAS o PAN en vez de nombres de compañías, y estaban pintados de verdes o marrones parduscos, con avisos chillones y graffiti referentes a la ciudad. La manzana resultó ser un cuadrado de una milla por lado. Cuando llegaron a la primera esquina, Anatoly palmeó un ejemplar de Prenda metido entre los dos asientos.

– ¿Vio el diario?

Czesich dijo que lo había visto. El Pravda de esa mañana hablaba de Valentín Pavlov, el Primer Ministro, con un discurso más bien transparente, un juego de poder con la intención de usurpar gran parte de la autoridad de Gorbachov. Todo el mundo se daba cuenta. El kiosco en el vestíbulo del hotel estaba rodeado por personas con monedas de cinco kopeks en la mano que empujaban y daban empellones para agarrar un diario. Y a Czesich le había parecido que los hombres que salían del hotel por la puerta principal, los chóferes de pie en el escalón del frente y las mujeres que barrían las alcantarillas húmedas, estaban todos particularmente alertas, esperando que el viento cambiara.

– "Nuestra reciente disminución del orden y de la autoridad central" -citó-. ¿Qué quieren decir?

– Es el código para esto: presidente Puchkov.

– ¿No para el presidente Pavlov?

Anatoly movió la cabeza.

– Puchkov es la mano oculta.

– ¿Y entonces qué?

– Y entonces lo mismo que antes, pero peor.

Czesich observó los frentes deslucidos de los negocios que dejaban atrás y estudió las caras en la acera.

– "Rusia se ahoga en sangre y lágrimas", dijo Pushkin "y pone mi cabeza sobre su pecho."

– Da -repuso Anatoly del modo cansino en que a los soviéticos les gustaba decirlo, como los norteamericanos de la generación de Czesich en un tiempo decían “asi es"

Dieron una vuelta por tercera vez, y el pabellón quedó a la vista sobre el trasfondo de la desolación industrial. Anatoly lanzó una miradita atrás

– ¿Le gustan las anécdotas soviéticas?

– Las colecciono -dijo Czesich

La sonrisita arrugó la cara del chófer una vez mas, pero con poca alegría.

– Gorbachov. Reagan y Thatcher van al cielo a hablar con Dios -empezó, con los ojos fijos en la calle-. Reagan se acerca a Dios y dice. "Señor, cuánto falta para que mi gente sea feliz?

– "¿Su gente? -Dios mira hacia abajo a Estados Unidos-. Veinte años", dice.

– "¡ Veinte años! -dice Reagan-. No viviré para verlo." Se va a un rincón y llora.

– "Señor -pregunta entonces Thatcher a Dios-, cuánto falta para que mi gente sea feliz.'"

– "¿Su gente? -Dios mira hacia Gran Bretaña-. Cincuenta años."

– "¡Cincuenta años! -exclama Thatcher-. No viviré para verlo." Se va a un rincón y llora.

– "Señor -pregunta al fin Gorbachov- dime… Cuánto falta para que mi gente sea feliz.'"

– "¿Su gente? -Dios mira hacia la Unión Soviética-. Yo no viviré para verlo", dice, y se va a un rincón a llorar.

Czesich rió cortésmente, pero su nuevo amigo lo miró, y la sonrisa se desvaneció cuando dijo:

– Lección número uno.

En el pabellón era obvio que. junto con los rumores del fin de Gorbachov, el fin de semana había corrido el rumor de la existencia de alimentos gratis recibidos de Estados Unidos. Se había reunido una multitud El viejo sereno y media docena de hombres de la milicia empujaban a la gente más allá del último contenedor. Los obreros estaban descargando un camión que había sido rodeado con cercos de metal portátiles para formar un corral alrededor de lo que iba a ser la zona de trabajo Las babushki parecían estar en todas partes con sus escobas que les llegaban a las rodillas. Czesich alcanzó a ver a Propenko que se despedía de una joven cuando ella le hubo dado un beso, se acercó hacia él.

– Cambió el tiempo -dijo Czesich mientras se daban la mano.

Propenko asintió distraído. Daba la impresión de no haber dormido desde la tarde del viernes.

El jefe de la milicia se les acercó-Nos vamos a quitar la ropa e ir al río a tomar sol -dijo- Olvídense del trabajo.

Czesich sonrió pero no pudo sostener su mirada. Nunca le había gustado la mentira abierta.

– El embajador ha aceptado hacer una visita -les dijo-. Hablé con su asistente anoche y van a arreglar el viaje lo más pronto que puedan. Posiblemente para el fin de la semana.

– Cuanto antes, mejor-dijo Propenko ausente

– Todo lo que se necesita a esta altura, por razones de protocolo, es una invitación oficial desde Vostok. Puede hacerse por teléfono, pero debería venir de muy arriba, el Intendente o el Primer Secretario, si es posible. Es estrictamente una formalidad.

– Puedo arreglarlo -dijo Propenko-. Llamaré al Primer Secretario esta mañana.

– Son amigos personales -dijo el Jefe, con un guiño. Propenko pareció molesto.

Se dirigían a la zona de trabajo cuando el hombre bajo, de cuello grueso y oreja deformada, llegó cruzando el patio a zancadas sonriendo como un vendedor. Se dieron la mano, y el hombre bajo, siempre sonriente, se disculpó y llevó a Propenko por el codo hacia la rampa del pabellón. Algo de este encuentro llamó la atención a Czesich. A pocos pasos de la rampa se detuvieron y se quedaron frente a frente. El hombre bajo era el que hablaba, sonriéndole a Propenko. tomándolo ahora de los dos hombros, charlando sin parar. Propenko parecía tenso y suspicaz.

– ¿Me repite cómo se llama? -preguntó Czesich al jefe, que también estaba absorto ante la conversación unilateral.

– Malov -dijo el Jefe sin volverse- Nikolai Phillipovich.

– Director de Seguridad ¿correcto?

– Más o menos.

– Día ocupado para él.

Fue una mañana febril, una de esas mañanas brillantes soviéticas, alegre- mente caóticas que recordaban a Czesich otras tantas de las exposiciones que había supervisado durante las décadas del sesenta y el setenta. Prevalecía un ambiente de feria. el placer del trabajo físico y una pereza natural mezcladas en la singular sopa rusa Los obreros formaban un grupo heterogéneo: tres jóvenes musculosos de veinticinco años que hacían la mayor parte del trabajo pesado, mas un armenio que manejaba el elevador de carga y otros dos hombres más o menos de la edad de Czesich. que se deslizaban por el perímetro de la actividad, dando una mano cuando era absolutamente inevitable, deteniéndose alrededor de cada veinte minutos para un perekur (recreo para fumar) mirando todo, tocando todo con su rudeza reforzada por un aire de virtuosa superioridad marxista.

La cadena empapada en vodka de Rusia, pensó Czesich. Un letargo para sobrevivir a Dios.

Sintió la tentación de utilizar sus armas de incentivo, pero dado el problema que habían tenido en la reunión del viernes, decidió demorar la apertura del contenedor con los regalos. Comenzaría directamente con los alimentos, seguiría con las calculadoras de bolsillo y licores más adelante en el día.

El lugar de trabajo era aireado y cálido, y los obreros adquirieron gradualmente un ritmo equilibrado y lento. Los pesados cajones de madera fueron levantados uno por uno con la grúa y depositados en el patio, abiertos, despojados de su contenido sistemáticamente por el inspector de aduana con sus listas de embalaje. Czesich se quedó al lado y le traducía. Los obreros se reunieron, y desde las barricadas, los espectadores curiosos alargaban el cuello.