– ¿Qué hay ahí? -gritaba alguno.
Y uno de los viejos trabajadores gritaba en respuesta:
– Remolachas.
– ¿Remolachas? ¿En lata? Tenemos remolachas, devuélvanlas. -Y al cabo de un momento.- ¿Y ahora qué?
– Melocotones en almíbar.
– ¿Y en las bolsas?
– Harina de trigo.
– Lleguen al Vodka -gritó alguien, y la multitud de ociosos lanzó una carcajada.
Ryshevsky, el inspector de aduanas de cabello gris, era todo actividad, sin embargo, falto de sentido del humor como el Politburó y tan cauto como un detective. A este paso, calculó Czesich, Gorbachov se habría retirado y estaría escribiendo sus memorias cuando hubieran vaciado el último contenedor y comenzado realmente a entregar los alimentos, pero se calló. Los funcionarios de la aduana soviética eran de una raza especial. No se los sobornaba. Salvo en circunstancias muy especiales, uno no levantaba la voz. Si había que cambiar algo, se arreglaba que alguien de arriba le diera un golpecito en el hombro. El problema era que Czesich todavía no estaba seguro de quien estaba arriba. Necesitaría un día o dos para sensibilizarse con lo que ocurría con la jerarquía local. Mientras tanto se quedaría sudando bajo el sol, preguntándose qué estaría pasando en la oficina del embajador Haydock, y haciendo traducciones creativas para cosas como "aceite vegetal hidrogenado" y "BHT".
A la hora del almuerzo, se había vaciado un solo contenedor, y las cajas estaban abiertas a pocos metros de la multitud curiosa. Antes de salir para enviar un télex, Czesich llamó al viejo sereno desdentado y le deslizó un encendedor del Cuerpo de Infantes de Marina. El viejo sereno desdentado lo besó en las dos mejillas.
Leonid se había reservado todo un rincón del restaurante del pabellón para él, tres mesas con pequeños carteles de cartón que decían: RESERVADO PARA HUESPEDES EXTRANJEROS. Czesich miró una esquina soleada del Valle de la Devastación y se dedicó a dar cuenta de un fiambre de jamón frío y tomate, una sopa grasosa de gallina y arroz, un plato de carne dura y patatas fritas, una taza de té. Sospechó que era lo mejor que Vostok podía ofrecer, y comió sumisamente, mucho más allá de lo que le pedía su apetito.
Cuando estaba tomando su segunda taza de té, vio que Propenko se acercaba a la mesa.
– Buen provecho.
– Gracias -Czesich le ofreció un asiento.
– ¿La comida es satisfactoria?
– Muy buena.
– ¿Todo en orden en el hotel?
– No podía ser mejor. Bobin es un anfitrión cálido.
Propenko pareció sorprendido ante esta afirmación. Frunció el entrecejo y lo miró de cerca, como buscando el sarcasmo. Czesich lo había visto en el restaurante del Intourist el viernes por la noche y pensó que Propenko parecía tan desgraciado ahora como le había parecido feliz entonces. El y su mujer sentados al lado de la ventana como un anuncio a favor del matrimonio.
– ¿Un poco de té?
– No, gracias. Llamé a Mikhail Lvovich, el Primer Secretario del Partido del oblast. Le enviará un cable a su embajador esta tarde con una invitación oficial para venir a Vostok a pasar el fin de semana.
– Fantástico -dijo Czesich, aunque sin poder disimular la vergüenza que le producía mentir. No podía imaginarse mintiendo con expresión seria, por noble que fuera la causa. Propenko tenía el aspecto de un atleta, con la dignidad natural de un atleta. Le recordaba a Czesich una versión mucho más joven de él mismo. Un Tony orgulloso y sincero, que jugaba al hockey, antes de la corrupción.
– ¿Todo en orden en el hotel?
– Ya me lo preguntó. Está muy bien.
Propenko se frotó los ojos.
– Quería decir con los obreros, la descarga. ¿Todo bien?
– Había esperado que ya se habrían descargado cinco o seis contenedores, pero no es falta de los obreros.
– ¿Ryshevsky?
Czesich se encogió de hombros.
– Hablaré con él.
Propenko parecía tener dificultad para decir lo que había venido a decir. Echó de nuevo una mirada alrededor del salón, demorándose.
– Cuando nos vimos el viernes a la noche hablamos de una cena -dijo por fin en voz algo más baja-. En casa. ¿Le interesa todavía?
– Decididamente.
– Bueno, mi esposa volvió a mencionarlo esta mañana. Toda la familia está excitada. Mi hija. Mi suegra. ¿Podría venir el miércoles?
– Será un placer.
Propenko estaba de espaldas al salón. Malov y el inspector de aduana estaban cenando ¡untos en otra mesa a unos metros de ellos. Propenko ya había escrito su dirección y el número de su teléfono en un trozo de papel cuadrado, y disimuladamente lo deslizó por encima de la mesa.
– No es muy lejos. Estamos en el cuarto piso.
Detrás de una de sus acostumbradas expresiones de atención cortés, Czesich lo observó, tratando de descubrir qué estaba mal. Suponía que para alguien como Propenko (un hombre que podía haber salido directamente de un cartel de propaganda, corpulento, apuesto) nada resultaba confiable ahora. El esqueleto de hierro del partido se había oxidado y se inclinaba y doblaba bajo su propio peso, dejando a sus Propenkos decentes, crédulos y ambiciosos, abandonados en el cuarto piso, sin saber si quedarse o saltar. Se preguntó qué se sentiría en esa situación… eso agregado a todo lo demás en el camino hacia los enormes cinco-cero.
– Lo vi hablando con una joven esta mañana. ¿Era su hija?
La cara de Propenko cambió ante sus palabras y Czesich sintió una punzada de envidia.
– Muy bella.
– Está estudiando inglés.
– Quizá tengamos oportunidad de conversar el miércoles por la noche.
– Estará encantada.
– Creo que la vi el sábado en el funeral -dijo Czesich.
La cara de Propenko perdió su alegría, y trató de ocultarlo pasando los dedos sobre los labios. El culto público todavía significaba un riesgo en un lugar como Vostok. Czesich hubiera querido morderse la lengua.
– Sí. Es… ayuda allí ahora. Muy devota. Ella… le viene de su abuela, pienso. -Propenko trató de sonreír.
– Mi abuelo a veces me llevaba a la iglesia con él -dijo Czesich-. Servicios rusos ortodoxos. Pero mi madre era católica romana. Causaba muchos problemas.
Propenko asintió.
– Yo lo fui cuando era muy joven. Eso también causaba problemas. De otra manera.
Fue todo lo que se atrevieron a decir. Cuando Propenko se fue, Czesich dejó cinco rublos y un pin sobre la mesa y salió por la puerta equivocada por la parte de atrás del pabellón, donde la fila para la exposición de fotografías doblaba sobre sí misma. Más allá, en el primer montículo de escoria alcanzó a ver destellos de luz del sol reflejada y. más lejos aún, un humo negro que subía ondulando como para ocultar el valle a la vista de Dios. Pensó en la cara de Propenko iluminándose ante la palabra "hija", y en Anatoly cuando lo miró por encima del asiento, con tanta sinceridad. Echó una sola mirada a la fila de gente inspeccionando sus zapatos, trajes y posturas. Qué extraño era ser rico y envidiar a los pobres, mientras ellos lo envidiaban a uno.
En ese mismo momento, su única amiga verdadera estaba sentada en la oficina del embajador Haydock, traicionándolo, con todo el derecho del mundo.
A pesar de todas las garantías que le ofrecía Propenko. Ryshevsky no se movió más rápido después de almorzar. Insistió en que los obreros contaran hasta el último cajón de alimentos para ver si la cantidad estaba de acuerdo con los números de su lista de contenido; en tener la traducción exacta de cada componente; en volver a poner los cajones en el mismo orden en que habían sido sacados. Cuando abrieron el tercer contenedor -cuya carga había supervisado el propio Czesich dos meses antes, en el depósito de Brooklyn-, y se encontró con la bebida, los cigarrillos y un cajón con regalos modestos bajo "Artículos misceláneos", Ryshevsky pareció volverse loco. Se pavoneó por la zona de trabajo, escupiendo y mascullando y golpeando su tablilla con los nudillos. Los obreros contenían sus risas, y detrás del cerco de metal un gracioso empezó a cacarear como un gallo de corral.