Se trasladaron al salón de reuniones del pabellón, y allí perdieron una hora y media hojeando un libro de reglas de aduana del tamaño de una biblia, sobre tarifas y derechos de aduana, tipo de cambio, rublos. Esta vez, Propenko fue de poca ayuda. Parecía cansado y preocupado, y se sentó en un rincón neutral mientras Czesich y el inspector discutían; Leonid los miraba sin poder hacer nada. Finalmente, Czesich aceptó un pequeño arancel sobre los artículos para regalo, a pagarse en dólares por la Agencia de Comunicaciones de Estados Unidos dentro de sesenta días.
Pero el ímpetu se había interrumpido. Cuando volvieron al trabajo, casi terminaba la jornada y los obreros sólo tuvieron tiempo para volver a cargar y cerrar el tercer contenedor. Czesich se fue al hotel de malhumor. Su segunda patria, pese a toda su hondura y espiritualidad a veces podía ser un verdadero estorbo.
Malov lo alcanzó en la acera.
– Bien -dijo alegremente-, ¿cuál es su impresión de nuestra ciudad?
Czesich estaba lo bastante enfadado como para dársela. Pero elaboró una respuesta educada y esperó un alto en el tránsito.
– Dicen que su embajador nos visitará este fin de semana. Eso ¿lo pone nervioso?
A Czesich le pareció una pregunta extraña. La luz cambió y él y Malov cruzaron juntos hasta los rieles del tranvía.
– En absoluto. Por otra parte quizá no pueda venir.
– ¿Y si no viene? ¿Cuáles son sus planes?
Algo en la voz de Malov hizo sonar una segunda alarma. Malov le sonreía, pero se trataba de una sonrisa profesional siniestra, los ojos eran opacos y mezquinos. Czesich sonrió en respuesta, sorprendido de que le hubiera llevado dos días enteros darse cuenta de esto. Su instinto estaba oxidado.
– Si el embajador no viene -dijo-, tendré que ir a la iglesia solo.
Malov rió.
– ¿De modo que es usted creyente?
– Totalmente -dijo Czesich. Le causó un placer casi sexual engañar a los recopiladores de información del mundo. Había conocido a tantos a lo largo de los años, pero todavía le sorprendía que fueran tan parecidos. Chilenos, iraquíes, búlgaros, todos tenían la misma capa de afinidad sobre un fondo vicioso y sádico. Todos eran patológicamente patrióticos, agresivos y sin un átomo de compasión. Desde el momento en que abrió la boca en la reunión del viernes, Malov había exhibido todos los signos, y Czesich estaba enojado consigo mismo por no haberse dado cuenta antes.
Un tranvía pasó resonando, haciendo temblar el suelo a sus pies. Cuando hubo pasado, cruzaron juntos en medio de una niebla de escapes de autos y camiones.
– Usted parece preocupado -dijo Malov-. ¿Molesto?
Czesich sonrió. Lo clásico.
– Sí-dijo.
El disfraz de Malov cayó, revelando algo que Czesich había visto muchas veces. El peligro residía en que estaba envuelto en torpeza y parecía casi risible. En Estados Unidos perduraba, en su mayor parte, en el mundo animal del crimen organizado; aquí había sido aprobado por el gobierno por lo menos durante setenta y cuatro años.
– Veo que no comprende el humor americano.
Malov parecía estar resentido. Czesich se preguntó si no habría ido demasiado lejos.
– El Jefe me dijo que usted trabaja como Director de Seguridad en este proyecto.
– Correcto.
– Un cargo importante.
– En realidad no -dijo Malov fríamente-. No esperamos tener problemas.
– Espero que no. No esta semana, especialmente.
– Ninguna semana.
– Tengo entendido que algunos corresponsales norteamericanos vendrán con el Embajador -dijo Czesich-. Vostok será famosa.
– No me había enterado.
– Todos los importantes. Time, Newsweek, Washington Post. Después de todo, este es un programa piloto. En el resto del mundo la gente está ansiosa por saber cómo será recibido.
– Será muy bien recibido -dijo Malov-. Hoy hicimos mucho.
– ¿Eso es humor soviético? ¿Tres contenedores en ocho horas es "mucho"? Justamente estaba pensando en llamar a la embajada para quejarme.
– Nuestro jefe de aduanas está bajo cierta presión -explicó Malov y Czesich
recordó cómo había mentido, disimulado, y se había derrumbado en la reunión del viernes. De acuerdo a su experiencia, los agentes provinciales de la KGB pertenecían a dos categorías: los hombres rudos y torpes que constituían la tropa, que lo seguían y molestaban a uno y hacían preguntas transparentes; y los funcionarios mucho más refinados, afilados como una cuchilla ensangrentada, capaces de cualquier cosa. Estudió los ojos de Malov pero no pudo estar seguro todavía. Malov parecía haber recuperado su falso buen humor, pero en su voz había una mezcla de preocupación y venenos. Czesich se había hecho un enemigo.
– Debería mencionar que hubo un incidente en Donetsk no hace mucho -siguió diciendo Malov-. Se encontaron narcóticos en un envío de elementos de construcción. Creo que era un contenedor norteamericano.
Naturalmente, pensó Czesich.
– Haré lo que pueda para apresurar las cosas, si usted quiere. Teniendo en cuenta que va a venir su embajador y la prensa. No querríamos tener un disgusto.
– Le quedaría muy agradecido. -Una de las reglas fundamentales de Czesich era jamás hacer un favor a esta gente y nunca aceptarles uno, pero esta vez no la iba a seguir. Si Propenko no le iba a dar un golpecito en el hombro al inspector de aduana, tendría que hacerlo Malov… a pesar de las motivaciones retorcidas que podría tener Malov. Lo que importaba era poner la mayor cantidad de alimentos posible en la ciudad antes de que los grandes y lentos engranajes de la embajada empezaran a moverse, y entonces tener una historia preparada y las maletas hechas cuando la charada empezara a descubrirse.
– Siempre tratamos de que nuestros huéspedes extranjeros se sientan como en su casa.
– Muy gentil de su parte -dijo Czesich, pero no pudo eliminar la nota de sarcasmo en su voz. Se dieron la mano. Malov apretando muy fuerte; la batalla había empezado.
Czesich se había dicho que no bebería después del trabajo, pero quería sacarse de encima a Malov, de modo que fue abajo al bar de moneda fuerte, donde los soviéticos no eran bienvenidos.
El lugar era demasiado brillante, las paredes de los reservados estaban tapizadas en simil cuero de un rojo chillón y el salón estaba salpicado con otros bebedores solitarios. Acarició una cerveza tibia y dejó que la frustración del día se desvaneciera. Pidió una segunda cerveza, una tercera, una lata de nueces alemanes de siete dólares, y entonces comprendió que estaba sentado allí sólo para no subir a su habitación y hacer la llamada a Moscú. En algún momento de la tarde, su fe en la ardiente sangre rusa de Julie parecía haberse evaporado. Era más de las cinco y media; ahora tendría que llamarla a su casa, donde no se sentiría reprimida por el decoro de la oficina.
Una vez en su habitación pidió la llamada y tomó un sorbo de vodka para aclarar la confusión de la cerveza. A los veinte minutos sonó el teléfono. Lo tomó y oyó un silbido y un clic, luego la voz de Julie, sentimiento inconfundible.
– ¿El hecho de que sea una causa justa no establece ninguna diferencia? -dijo él.
– Hablé con Haydock, Chesi.
– Haz lo que tengas que hacer.
– Lo hice.
Hubo unos segundos de zumbido durante los que Czesich vio pasar veintitrés años de servicios leales al gobierno delante de sus ojos. No podía obligarse a condolerse.