– Ya está, entonces -dijo.
Julie no contestó.
– ¿El Gran Hombre recibió la invitación?
– La recibió. Lo primero que hizo fue llamarme para que subiera, y la primera cosa que yo hice fue contarle lo que estaba pasando. No me dejaste otra opción.
– ¿Pudo captar el concepto?
– Todavía es una broma para ti, ¿no es así?
– En realidad, no -Czesich lo pensó un momento-. Una broma es lo que menos es para mí.
– Siento que lo hiciste sólo para darme una cachetada.
– Exactamente lo opuesto. Tú sabes por qué lo hice. Piensa en nuestras viejas conversaciones y sabrás por qué.
– Hay formas de proceder para todo, Chesi. Incluso para llamadas telefónicas.
– ¿Cuál es la forma de proceder para tener hambre?
Ella se quedó callada un rato, luego dijo:
– El trabajo en Moscú está descartado. Tú te ocupaste de que no pudiera ser.
Czesich estaba mirando a través de las cortinas de gasa, imaginando a Malov o Bobin escuchando la conversación. Había temas que nunca debían ser mencionados en líneas inseguras, pero parecía importante apartarse por completo de las reglas de su cauteloso mundo anterior. Quería decirle a Julie que la amaba… por lo menos como un amigo, sin importarle a quien estaba "viendo", pero le sonó demasiado meloso a su oído interior. De modo que proclamó su afecto de esta manera:
– Anoche traje a una prostituta a mi habitación.
Hubo otra pausa.
– ¿Qué se supone que debo decir? ¿Felicitaciones?
– No hice nada. En realidad, ni le abrí la puerta. Sólo quise decirte eso. No…
– ¿Algo más para confesar a los micrófonos?
– Nada que pueda mencionar. Pensamientos impuros, ese tipo de cosa. -Ahora se estaba esforzando, con temor de que cortara, de que ya hubiese colgado. La estática no le permitía saberlo.- Las cosas están cambiando -le dijo-, conmigo, quiero decir.
– Me alegro. Piensa en alguien que no seas tú.
– Eso es lo que creí que estaba haciendo.
– Piensa otra vez.
– Hay diferentes niveles.
– Filson quiere que lo llames enseguida. Ese es un nivel.
– Ya no opero más en ese nivel, eso es lo que estoy tratando de decirte, Julie. Filson ya no me importa, ni las reglas de Filson, ni…
– Tengo que dejarte -dijo Julie-. Aquí hay alguien.
– ¿McCauley?
– No seas infantil, Chesi.
– Aquí parecen conocerlo. Me estaba preguntando…
– Otro tema -dijo ella-, o corto. Lo digo de veras.
– ¿Por qué? -La línea no estaba tan mal que no le permitiera oír la incomodidad en su voz al oír el nombre de McCauley, y (quizá fuera la frustración del día o lo que había bebido o simplemente celos) sintió la necesidad urgente y avasalladora de saber qué significaba. Había procedimientos para todo. La existencia de cierto tipo de empleados de la embajada no se reconocía por teléfono.
– Fue extraño como ocurrió -dijo-. Estaba conversando con un miembro del clero local cuando venía en el tren…
La línea hizo clic una vez, la estática se convirtió en un zumbido continuado, y Czesich supo la respuesta.
22
Propenko observó cómo Ryshevsky caminaba arrastrando los pies hacia su automóvil con su gruesa libreta bajo un brazo. Malov seguía a Czesich camino al hotel, y la multitud de espectadores frustrados se desbandaba y se dirigía en dirección a la parada de autobús, con las manos vacías. En el extremo oeste del valle, dos franjas de nubes color lavanda se deslizaban por el horizonte. Las miró un momento, pero el malhumor no lo abandonaba.
Cuando la zona de trabajo quedó evacuada y en silencio, Shyshkin, el mayor de los dos serenos, hizo una gira por el perímetro; controlaba detrás y entre los contenedores, apartando los pedazos de paja a un rincón de un puntapié, buscando guerrillas de adolescentes en el terreno que lo rodeaba. Una vez seguro de su territorio, vino y se paró al lado de Propenko.
– ¿No tiene chófer hoy. Sergei Sergeievich?
– La esposa de Anatoly vuela a Murmansk. Lo dejé ir temprano para que pudiera despedirla.
– Usted es un patrón generoso.
Propenko asintió.
– Todos dicen que usted y su socio están trabajando bien. Ivan. Estoy contento de haberles dado este trabajo.
El viejo se chupó las encías para dejar de sonreír. Su socio, el Rey del Jazz. se había dedicado a lavar los contenedores de noche para mantenerse despierto Leonid le había dicho que pedía prestados un cubo y un cepillo en el restaurante del pabellón después de cenar y, sin beneficio de jabón, frotaba y enjuagaba los contenedores hasta que quedaban tan limpios como si fueran nuevos
– El norteamericano le hizo un cumplido hoy. Dijo que quería llevarlos, a usted y a Bondolenk a su país con él para que enseñaran este trabajo a los norteamericanos.
Ivan abrió un lado de su raída chaqueta deportiva y tocó el cuello de una botella que llevaba allí.
– Nuestra recompensa -dijo-. Whisky americano. A la esposa le gustará.
– Todos tenemos algo. Todos menos Ryshevsky.
– Burro estúpido -dijo Ivan.
Propenko había querido hablar con Ryshevsky después de almorzar, y luego después del trabajo, pero creía que Bessarovich lo había abandonado ahora, que no tenía a nadie atrás, ningún poder, nada con qué amenazar. León id había estado ocupado con la exposición de fotografías toda la tarde. Vzyatin se había hecho ver un minuto al comienzo del día, y luego había desaparecido. Propenko había quedado con la extraña sensación de ser un miembro desleal de la tripulación de un avión sin piloto.
– ¿Vuelve a su casa ahora, Sergei Sergeievich?
– Tengo el automóvil averiado. Voy a salir en busca de repuestos.
– ¿Dónde está aparcado?
– Lo arrastraron al aparcamiento de la calle Chernyshevsky
Iván gruñó.
– Bastante seguro. -Miró a la calle como juntando valor, y Propenko pensó preocupado que se disponía a pedir un aumento o unas cajas de alimentos para llevarlas a la casa de su hermana. Había pasado por su oficina antes de almorzar y la había encontrado atestada de mensajes de conocidos y amigos de conocidos, gente con la que no hablaba desde hacía meses. Todo el mundo, desde su peluquero hasta el portero del gimnasio, parecía esperar una lata de duraznos americanos o una bolsa de lecho en polvo. Volkov tenía razón. Ahora tenía amigos nuevos. Algunos en las altas esteras
– Tengo que decirle algo importante, Sergei Sergeievich -dijo el sereno.
Propenko asintió y esperó.
– ¿Se acuerda de esta tarde, cuando hubo el problema?
– Sí.
– ¿Whisky, cigarrillos: ese problema?
– Estaba allí -dijo Propenko.
– ¿Recuerda cuando usted y el norteamericano y Ryshevsky fueron adentro?
– Lo recuerdo.
– ¿Y yo me quedé con el contenedor abierto?
– Exacto.
– ¿Conoce al hombre con una oreja deforme?
– Malov.
– Un cajón de whisky.
– ¿Qué quiere decir?
– Un cajón de whisky americano-repitió Shyskin bajito-. El de la oreja.
– ¿Lo robó?
– Lo tomó -le corrigió Ivan.
Propenko apretó los puños en sus bolsillos.
– ¿Por qué no lo detuvo?
Ivan no contestó, y la pregunta, flotando sin respuesta, pareció tonta. Los serenos no andaban por ahí diciendo a los chekisti qué podían y qué no podían hacer, y todo el mundo lo sabía.
– Está bien -dijo Propenko-. Lo aclararé.
– Usted dijo que quería un informe. Por eso se lo dije.
– Hizo lo correcto, Ivan. No quise decirle que debió haberlo detenido. No podía detenerlo. Hizo lo que correspondía.
– Primero lo llevó detrás del contenedor, del lado en que no había gente. Al cabo de un rato lo sacó de ahí y lo metió en su auto, el auto blanco. Piensa que yo no veo.