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Propenko apoyó una mano sobre el hombro del viejo para calmarlo.

– El jefe Vzyatin va a venir a buscarme ahora. Nos ocuparemos de él. Pensaremos en algo.

El viejo asintió con tristeza.

– Quiza usted y Bondolenko le pueden pinchar un neumático una de estas noches, o algo así. Pueden vengarse de esa manera.

Ivan casi sonrió. El Rey del Jazz llegó caminando desde la parada del autobús balanceando los brazos de una manera exagerada, mirando de izquierda a derecha en busca de los lobos con calzado occidental que descendían sobre los contenedores al oscurecer. Shyshkin le deseó buenas noches a Propenko y fue a reunirse con su socio.

Como jefe de la milicia, Vzyatin pensaba que era mejor ser imprevisible, mantener inseguros a sus opositores. Algunas mañanas llegaba a trabajar antes de que amaneciera, trabajaba hasta la medianoche, se tomaba un día de semana libre y aparecía el domingo, pasaba su tiempo donde le parecía que era importante estar; en el pabellón de exposiciones, en las demostraciones, en su oficina en el Departamento General, recorriendo las calles. Le encantaba aparecer en escena inesperadamente, y en diferentes vehículos: el auto azul y amarillo del jefe con su fiel chófer, Oleg. al volante; o manejar él mismo un jeep común de sargento; o en uno de los Ladas o Zhigulis sin identificación de sus detectives. Esta noche salió del Prospekt Revoliutsii en un sencillo Volga negro con la puerta del conductor abollada y se deslizó por el camino de entrada muy despacio, mirando de un lado a otro, inspeccionando su reino, fichándolo todo en su mente de policía. Se detuvo frente a Propenko y sonrió por la ventanilla abierta.

– Sube, piernas largas.

Propenko se sentó atrás.

El Jefe se dio la vuelta y lo miró por encima del respaldo del asiento.

– ¿Huelo mal?

– Quiero estirarme.

– ¿Estás pasando por una de tus depresiones?

Propenko miró por la ventanilla del costado.

– ¿Sabes cuál es la definición psicológica de la depresión?

Propenko dijo que no lo sabía.

– Furia reprimida.

– En ese caso tengo una furia reprimida desde los catorce años, Víctor.

El Jefe pasó la mano entre los asientos, le apretó la rodilla a Propenko, y se volvió.

– Necesitas algo nuevo en tu vida -dijo por encima del hombro-. Una calavereada.

– No soy tipo de calavereadas.

– Demasiado puro ¿no?

– Puro como la nieve.

Propenko vio que el Rey del Jazz hacía el mismo recorrido que acababa de hacer Ivanich, tiraba de los candados americanos, escudriñaba en los rincones, debajo de la rampa del pabellón, entre los contenedores, inspeccionando el terreno que lo rodeaba como un general que planea su estrategia en vísperas de una batalla. El hombre estaba cuerdo, decidió Propenko, bien cuerdo. Sólo que había llegado a la conclusión de que la mejor manera de sobrevivir en la sociedad soviética era simular que uno estaba loco. De esa manera, la KGB lo dejaba a uno tranquilo, la milicia lo dejaba tranquilo; podía hacer casi cualquier cosa en la calle, e ir a su casa a estar con su jazz y sus dos o tres amigos íntimos, y la familia si tenía la suerte de tenerla. Esa era la manera de sobrevivir de casi todos los que conocía ahora. Limitaban su vida a un pequeño campo de deportes en el que por lo menos tenían la oportunidad de ganar; un trabajo que no llevaban a casa por la noche, unas pocas personas en las que podían confiar, un pasatiempo favorito, o un lugar favorito. Le parecía que su error había sido hacer justamente lo contrario, tratar de hacer su vida más y más amplia.

– Esta mañana pasé por la oficina -le dijo a Vzyatin-, y Lyuba me mostró dos télex. El primero llegó a las diez: "Proyecto occidental de ayuda con alimentos detenido temporariamente debido a razones logísticas. Sigue información." El segundo una hora después. "Mensaje anterior erróneo. Proyecto Vostok sigue adelante como planificado."

El Jefe meditó sobre esta noticia un momento. Propenko miró el espejo retrovisor pero no consiguió ver lo suficiente de su cara como para saber en qué estaba pensando.

– ¿Estaban firmados?

– El segundo.

– ¿Con qué nombre?

– Bessarovich.

Vzyatin pensó otros pocos segundos.

– El primero debe haber sido un error, eso es todo. Sabes como son las oficinas de Moscú: una persona clava un clavo, la siguiente lo saca, y la próxima lo vuelve a clavar. Los mantiene en actividad.

Propenko asintió, algo desilusionado. Había estado deseando que el primer télex fuera el correcto, que Vzyatin le dijera que todo el proyecto había caído, que lo iban a destinar a algo de menor envergadura.

– Llámala si estás preocupado, pero si es algo importante, usa el teléfono del Departamento. Uno nunca sabe quién está escuchando en su oficina.

– ¿Y desde mi casa?

– Tu casa es peor. Te digo que llames desde el Departamento si es algo que no quieres que todo el mundo lo sepa.

– La llamé desde mi casa el sábado a la noche.

– Apostaría a que se mostró evasiva entonces ¿no?

– Muy evasiva.

– Es lo que te estoy diciendo.

Propenko cerró los ojos. Cuando los abrió, Leonid salía por la puerta del fondo y bajaba por la rampa. Se sentó adelante, saludó a sus amigos sin mirarlos realmente, y salieron despacio por el camino.

– Ryshevsky es un verdadero incordio, ¿no es verdad? -dijo Leonid.

Propenko se dio cuenta desde la primera palabra que había estado bebiendo. La bebida era el segundo buen método para sobrevivir, después de la locura.

– Todo lo que el idiota tiene que hacer es mantener la boca cerrada y aceptar una botella de regalo, pero no, claro que no, tiene que defender sus reglas sagradas. La santidad de sus límites.

Vzyiatin se detuvo al llegar al Prospekt Revoliutsii y esperó que se hiciera un claro en el tránsito.

– Mientras tanto -dijo-, mil kilos de hashish cruzan sus benditos límites, por el límite de Afghania todas las semanas.

– Antón Antonovich lo manejó bien -dijo Propenko, tratando de abandonar su malhumor

– Maneja todo bien. Un buen hombre. Aunque me pareció verlo entrar al hotel con Malov hace un momento.

– Malov lo siguió.

– De todos modos… -Vzyatin le echó una mirada a Propenko en el espejo y guiñó un ojo – Juzga a un hombre por la compañía con que anda

Propenko no respondió. Se dirigían a la casa de un amigo de Oleg, alguien que tenía que ver con repuestos para autos, semilega!. pero principalmente era una excusa para que los tres pasaran una hora juntos lejos de todos los demás. Leonid tenía que hacer una confesión (todos lo sabían) y les parecía más fácil que la hiciera en el auto, en una diligencia maquinada, que en algún café u oficina o en su propia casa delante de la mujer y los hijos. Lo que se suponía que Propenko y Vzyatin debían hacer era charlar de cualquier cosa hasta que Leonid estuviese dispuesto a decirles que los dejaba.

– ¿Alguna novedad en la investigación?

Vzyatin se encogió de hombros

– Nuestro jefe está en el momento en que no habla de ello -dijo Leonid por encima del respaldo. Todavía no podía mirar francamente a los ojos a sus amigos. Propenko conocía ese sentimiento.

– Estamos esperando -dijo el Jefe. Entró en el tránsito y dirigió el Volga hacia el este, a la estación de ferrocarril-. Existen los hechos y existe la política. Interrogar a los miembros de ciertas organizaciones es una cuestión de política. Hay que pasar por canales. Uno no entra directamente en la Sede de Seguridad del Estado y dice: "Disculpe, señor comandante Gavkov, querríamos hacer algunas preguntas a sus hombres sobre los silenciadores." Hay que hacerlo a través de Moscú. Hay que pasar por encima de Lvovich y de Gavkov sin que ellos lo sepan. Ese es el truco.

Al oír el nombre del Primer Secretario, Propenko se echó atrás un poco en la sombra. Se dirigían directamente al Prospekt Revoliutsii, directamente a la casa de Lvovich.