– Victor está a la espera de que los mineros ataquen el palacio -dijo Leonid demasiado fuerte.
– Todos están esperando eso -dijo Vzyatin.
– Yo no -dijo Leonid con tristeza, pero pareció que no podía seguir adelante.
– ¿Qué es lo último que se sabe de la huelga? -preguntó Propenko para darle tiempo.
– Las minas siberianas se unieron hoy -dijo Vzyatin- Kolyma se unió. Oro. sal, carbón, los mineros se están uniendo todos. Querían que Puchkov se fuera desde hace mucho tiempo, pero ese discursito que pronunció por televisión les dio ganas de matarlo.
– Un amigo de mi hijo es taxista -dijo Leonid-. Anoche estaba sentado en la estación de ferrocarril, tarde, y vio que llegaba un vagón del Ministerio del Interior lleno de soldados. Cree que fueron a la base del ejército. Cien o más.
– Lvovich quiere tenerlos a mano -dijo Vzyatin.
Propenko se hundió aún más en el asiento. Ahora estaban en un vecindario de hermosas casas color pastel, sobrevivientes de la guerra, símbolos de la igualdad comunista. Leonid dijo:
– Eva y yo presentamos la solicitud.
Pese a que los dos lo sabían de antemano, ni a Propenko ni a Vzyatin se les ocurrió nada que decir, y Leonid quedó enredado un momento en las ramas de la vieja amistad.
– Por Mark y Sara -dijo él-. Se dio media vuelta en el asiento y miró a Propenko a los ojos. Propenko no pudo hacer salir ni una palabra de su garganta.
– Es un error, amigo -dijo Vzyatin-. Demasiado pronto.
Leonid sacudió la cabeza, sostuvo la mirada de Propenko por otros dos segundos, y luego se dio la vuelta de nuevo.
– Perderás el pabellón en menos de una semana. Pasarán meses, quizás un año, antes que de que te dejen ir. ¿Qué pasa mientras tanto?
La bebida alegraba a Leonid y lo soltaba pero, aún bebido, no pudo sonreír ante esto
– Eva dice que están asesinando a la gente en la iglesia Nuestro hijo esta involucrado con la iglesia, es el momento de irse. Ella tiene razón. -Intentó una broma- La lección de esto es que los judíos nunca deberían tener nada que ver con iglesias.
– Lydia está involucrada -se obligó a decir Propenko. Tanto a Vzyatin como a Leonid se los había dicho pero por separado.
– Tu Lydia está involucrada. Marcos de Leonid esta involucrado. Solo mi Andrei es el buen komsomol -dijo Vzyatin-. Le besaría el pene a Pudbkov si lo tuviera a su alcance. Que no es como lo educamos. Te lo aseguro.
– Nosotros fuimos buenos komsomoles
– Nunca le besamos el trasero a nadie. Sergei. -El Jefe hizo salir a un taxi de su canil- Hablando de traseros, ¿cómo te fue en la cena con Mikhail Lvovich? ¿Salió el tema de Makdohnlds khemburgrs?
– No pasó nada -dijo Propenko. Ahora estaban sólo a dos cuadras de la casa de Lvovieh. avanzando despacio. Se preguntó si Vzyatin se habría enterado de algún modo de su conversación en el balcón, y tomaba este camino sólo para torturarlo.
– ¿Llamaste a Bessarovich antes?
– Te lo dije, el sábado por la noche. Desde mi casa
Enfrente de la casa del Primer Secretario había un Chaika negro, con un guardia de la milicia en la puerta. Vzyatin le echó una mirada al guardia cuando pasaron. Propenko miró al otro lado
– Ese hombre está acabado -dijo el Jefe, como si supiera cosas que nadie mas sabía. Era en parte el motivo por el cual lo habían designado jefe: primero porque hablaba como si conociera secretos: segundo, porque los conocía.
Ni Propenko ni Leonid intentaron contradecirlo
Vzyatm salió del camino principal |usto antes del puente y siguió el curso del río hacia el sur. Las casas ya eran más feas, monstruos de cemento de seis pisos. situadas en el centro de lotes de piedra. Habían plantado árboles a lo largo del frente de los lotes, y ofrecían una mancha verde en el desierto, pero la impresión general era árida, ruinosa y pobre.
– ¿Cómo puedes dejarnos solos para luchar contra estos sinvergüenzas? -dijo Vzyatin desde el asiento de adelante.
Lo había dicho como una broma amistosa, pero Propenko se dio cuenta por la inclinación de la cabeza de Leonid que no lo había interpretado así Leonid encendió un cigarrillo y lo sostuvo fuera de la ventanilla. y un silencio ominoso floto entre ellos. Vzyatin trató de disiparlo.
– Todos imaginan dos opciones -dijo-. O se trata de Stalin otra vez o es Estados Unidos. La década del treinta, Sex shops en las esquinas y policía en las casas importantes. Hay otras posibilidades.
– El Tercer Paso -dijo Leonid con voz de borracho
El Jefe movió la cabeza
– La guerra civil.
Se quedaron en silencio de nuevo. Propenko sintió que su depresión se ahondaba Las palabras ''guerra civil" se conectaban en su mente, en las mentes de los tres, con el hambre y la desesperación y el triunfo bolchevique. No era un tema que hablaban a la ligera.
– En ese caso deberían venir todos conmigo -dijo Leonid-. Deberíamos irnos todos juntos.
Vzyatin seguía sacudiendo la cabeza.
– Yo me quedo. -Espió a Propenko por el espejo.- Me voy a quedar y a mis amigos les daré armas y les enseñare a usarlas.
Propenko se pregunto si hablaba en serio. Había oído decir que en Estados Unidos, casi todos llevaban armas, especialmente en las ciudades
– Esta mañana Malov se acercó a mí y me dio la mano -dijo solo por decir algo-. Sé que no quisiste decir nada con eso. Sergei -dijo-. No estoy resentido. Todos decimos esas cosas de vez en cuando Todos perdemos la paciencia.
– Una serpiente -dijo Leonid
– Te está preparando para poder pedirte algún alimento -dijo Vzyatin. Pero Propenko sospechaba algo mucho más simple: Malov había recibido un mensaje de Mikhail Lvovich después de anoche Habían retirado a los perros
– ¿Qué le dijiste?
– Le dije que estaba muy presionado por esta nueva tarea. Me dijo que comprendía
– Bien -dijo Vzyatin- No habla mas sobre la violación, supongo.
Propenko sacudió la cabeza. Se sentía mareado
– Es una serpiente -volvió a decir Leonid-. Yo estaría más preocupado ahora que antes.
– Vigilan tu casa-dijo Vzyatin-. Tenemos hombres de civil que vigilan a tu familia. Todo el departamento odia profundamente a Malov
– Hace un rato el sereno viejo me contó que Malov sacó un cajón de whisky del contenedor mientras nosotros estábamos adentro discutiendo con Ryshevsky.
– ¿Delante de mis hombres?
– Tú conoces a Nikolai -dijo Propenko-. Había simulado que estaba ayudando en la descarga. ¿Quién iba a tratar de impedírselo? El viejo Ivan temblaba en sus botas al contármelo, aunque Malov no estaba a la vista
Vzyatin dejó escapar una serie de maldiciones. Sus hombres lo habían vuelto a decepcionar Propenko pensó que debía ser la única persona en la ciudad que todavía podía decepcionarse con la milicia de Vostok.
Doblaron por una calle lateral y Vzyatin aminoró la marcha, en busca de un número. Lo encontró, se acercó al borde y señaló:
– Es una probabilidad remota-dijo-. Si no tienen los cables, toma lo que puedas y lo cambiaremos por cables en algún otro lugar.
– Anatoly generalmente los consigue -dijo Propenko-. pero ahora cuesta mas
– Yo también los consigo usualmente-dijo Vzyatin-. "Usualmente" ahora no ocurre. Entren los dos sin mí. Si me ven creerán que es un allanamiento. Número 112, quinto piso. Díganle que los manda Oleg.
Propenko y Leonid salieron y siguieron cuidadosamente el camino roto. La puerta del frente se mantenía abierta con un bloque de madera, y un par de niños de ocho o nueve años estaban jugando un partido de fútbol en el vestíbulo que hacía de campo provisorio, y se pasaban una pelota hecha con papel de diario atado.
– Me hacen recordar nuestra infancia-dijo Leonid.
Propenko asintió con la cabeza. Conocía a Leonid desde que eran niños y estaba tratando de imaginar la vida sin él ahora, con otra persona sentada en la gran oficina del pabellón, con otra persona en las reuniones del Consejo. Sintió la depresión familiar que lo invadía, lo hundía en sí mismo, pintándole el futuro en diversos matices de desesperanza.