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En la puerta del ascensor colgaba un cartel de cartón: EN REPARACIÓN. Encontraron la escalera y empezaron a subir.

– Bien -dijo Leonid en el primer descanso-, te estoy abandonando.

– No me estás abandonando, Leonid.

Leonid sacudía la cabeza.

– Me digo que lo hago por mis hijos. Y luego mis hijos hablan de quedarse y luchar y queda al descubierto lo que soy.

– ¿Y qué eres? -dijo Propenko duramente. La observación le había tocado demasiado directamente-. ¿Un hombre que desea vivir una vida normal? ¿Eso es un crimen? Hace tanto tiempo que no llevamos una vida normal que nos olvidamos cómo es. Primero tenemos bastante para comer y no podemos decir nada. Luego no hay bastante para comer pero podemos decir todo lo que queremos. Ahora, nadie sabe qué tenemos ni qué podemos decir. Nuestras entrañas están retorcidas. El agua que sale del grifo parece leche y pensamos, "Qué maravilla, esta mañana el agua no está marrón. Será un buen día".

Propenko terminó este discurso y evitó los ojos de Leonid. Siguieron subiendo.

– De todos modos, se puede decir algo a favor de la lucha.

En esto Propenko percibió una nota que había oído a menudo. No sabía como ocurriría con las mujeres, pero en los hombres había un lugar, un ojo secreto que miraba a otros hombres y los convertía en algo más grande, mejor, más valiente, más viril. Lo había sentido él mismo, mirando a los veteranos de la guerra, imaginando su coraje, comparándolo con sus propios miedos. Era ridículo. Hacía menos de veinticuatro horas que había cometido el acto más cobarde de su vida, y aquí estaba Leonid, mirándolo como si fuera un luchador.

Ya estaban en el cuarto piso, Leonid, el fumador, casi sin aliento.

Propenko lo dejó descansar un momento en el rellano. Pensó que ahora no estaba Vzyatin, quizá podría hacer su confesión, hacer desaparecer la pequeña traición de Leonid, revelando una pequeña traición suya.

– No debí haber ido a cenar con Lvovich ayer. No debí haber ido ahí -consiguió murmurar.

Pero Leonid dijo, con la respiración entrecortada: -Mark piensa que Lvovich estuvo detrás del crimen… en la iglesia. -Y Propenko volvió a caer en un pozo de malhumor.

En el quinto piso, salieron del rellano en sombras a un pasillo en sombras y vieron el número 112 garabateado con tiza en una puerta de mental que tenían delante.

Una mujer endeble en bata de baño abrió la puerta a la que llamó Propenko. El mencionó el nombre de Oleg y ella los hizo entrar a un piso de dos habitaciones con luces encendidas en todas partes y una sopa dulce hirviendo en una cocina estrecha. Cerca de la cocina había un sofá y en el sofá un viejo aún más endeble, una bolsa de huesos debajo de una manta, de mejillas blancas con patillas y ojos hundidos que observaron a los visitantes sin pestañear. Propenko desvió la mirada.

El hombre del sofá se quejó dolorido. La mujer siguió revolviendo la sopa, sin hacer caso de los dos visitantes en el vestíbulo. Al cabo de un minuto apagó el gas y sirvió el líquido en dos platos de plástico azul. Llevó un plato y lo dejó en el extremo del sofá cerca de la cabeza del viejo y le hizo señas de que comiera. El mantuvo su mirada sobre Leonid. Después de un minuto, a Propenko le pareció que le oía decir una palabra en un susurro que le sonó como "judío".

La mujer llevó el segundo plato a una vacilante mesa de metal y se sentó. Llevó la cuchara con sopa a la boca, tragó y levantó los ojos.

– ¡Lyosha! -gritó como loca mirando la pared.

Propenko oyó que tiraban la cadena del inodoro. Una puerta se abrió a su espalda, y él y Leonid se dieron vuelta y vieron a un joven de la edad de Lydia que salió al vestíbulo terminando de meterse la camisa dentro de los pantalones con una mano y con la otra limpiándose la nariz.

El joven les sonrió y se situó muy cerca de ellos.

– Buenas noches, camaradas.

Propenko podía ver las manchas de tabaco en los dientes y oler la cerveza en su aliento. No cedió a su deseo de darse vuelta y salir del lugar.

– Tengo un Lada -dijo-. Mil novecientos ochenta y siete. Necesita cables.

– Todos los necesitan. La niebla se los lleva. Apuesto a que también necesita la tapa del distribuidor.

Se oyó otro gemido que venía desde el sofá, pero Lyosha no pareció oírlo. Movió los ojos de Propenko a Leonid y de nuevo, se sacó una pelusa de la solapa derecha. En el apartamento hacía calor y faltaba aire, y una capa de sudor cubría su frente granujienta. Propenko esperó.

– Lew puedo conseguir cables para un Lada del 87 -dijo Lyosha, mirándolo de nuevo-. Tardarán unas dos semanas. Noventa rublos cada uno.

– ¡Cómo!

Lyosha se encogió de hombros y desvió la mirada otra vez, aburrido.

– El precio oficial es ciento noventa y cinco rublos todo el juego -dijo Propenko.

Lyosha sonrió mirando al suelo.

– Correcto. En las tiendas de repuestos. Vaya y anótese ahí, y veremos qué consigue. Cuando entregan cables, la gente que trabaja en la tienda los compra enseguida. Esa gente se los vende a amigos. Si tengo suerte, los amigos me los venden a mí. Para cuando la tienda ha recibido su dinero, y la gente que trabaja en la tienda ha recibido su dinero y sus amigos han recibido su dinero y yo he recibido mi dinero, cuesta trescientos sesenta en vez de ciento noventa y cinco. El juego.

– Oleg nos dio su nombre -interrumpió Leonid. por encima del hombro de Propenko.

– Lo sé. De otro modo mi madre no los habría dejado entrar.

– ¿Sabe qué hace Oleg?

Lyosha les dirigió su sonrisa insulsa.

– ¿Conduce el auto del Jefe?

– ¿Y sabe quién nos está esperando abajo, para llevarnos a casa?

– ¿El Jefe? -adivinó Lyosha, ampliando su sonrisa-. ¿El propio Víctor Akakievieh?

La vieja había acabado de sorber ruidosamente su sopa en la habitación de estar y lavaba el tazón debajo del grifo. Su marido eructó con ruido.

Propenko había oído hablar de gente como Lyosha, aunque siempre los había imaginado viviendo con una amiga en un apartamento al sur del río, vestidos con chaquetas de cuero, y turnando cigarrillos extranjeros. Siempre había pensado en ellos y sus familias como siguiendo un camino distinto del de los Propenko, pero parecía que ahora alguna fuerza misteriosa, algún error de navegación, los había juntado. Se echó atrás ligeramente, Lyosha se inclinó hacia adelante, todavía sonriente, echándole su aliento, como un drogadicto.

– Trescientos sesenta rublos es casi lo que gano en un mes -le dijo Propenko.

El joven simuló sentir lástima por él cuando lo oyó decir eso.

– Debería buscar un empleo mejor, tío. Trescientos sesenta es el precio normal. Ya que ustedes son buenos amigos del Jefe, podría bajar hasta trescientos cuarenta y cinco pero supongo que usted ni siquiera tiene esa cantidad en el bolsillo, ¿no es así?

– No -confesó Propenko.

– Apostaría a que no tiene ni siquiera trescientos -Lyosha recorrió la ropa de Propenko con sus ojos brillantes y sonrió afectadamente.

– Vamos, Sergei -dijo Leonid. Tenía la mano en el codo de Propenko. Propenko estaba mareado. Los ojos de Lyosha parecían iluminados artificialmente, sin fondo. Una parte de él quería levantar al muchacho y tirarlo por la ventana, otra parte quería aceptar el precio y tener el auto de nuevo en la calle, y otra parte se sentía como si hubiese pisado goma y la goma se estuviese endureciendo, pegándolo a este piso para siempre. No podía creer que el chófer de Vzyatin tuviese amigos como este. La vieja pasó a su lado y entró en el cuarto de baño y, como para evitar que ellos oyeran sus ruidos, Lyosha fue hasta la puerta del vestíbulo, la abrió y extendió el brazo en un gran gesto. Propenko no lo miró cuando pasó a su lado.