Выбрать главу

De modo que hace casi dos horas que estoy en casa, sentada en uno de mis balcones un tanto inseguros y observando cómo nuestros hombres custodian nuestro apartamiento lleno de caros automóviles extranjeros con matricula diplomática. Ha caída la noche, una fresca y suave noche de verano en Moscú. Me empieza a parecer posible que Chesi haya ido a Vostok. no para darme una bofetada, sino para dársela a los 'hombres de camisa blanca", como él los llama, incluso a McCauley. Sentada aquí en la oscuridad, con el recuerdo de la expresión satisfecha de McCauley; lo que hizo no me parece tan infantil. Estén enfadada claro, pero el enojo es en su mayor parte viejo: tiene más que ver con el pasado de Chesi que con su presente.

Chesi ya sabe quien es McCauley (o. más bien, lo que es) y lo imagino allá en el desesperado interior victima de una ilusión de celos. No me parece una idea irrazonable pedirle a Haydock. que me deje volar allá para arreglar varios líos de una vez, pero lo consultaré con la almohada y veremos que pienso mañana.

24

El martes (sintiendo quizá la llegada inminente de la gente de prensa norteamericana) el mandamás de la aduana se acordó de la comprobación por muestreo. Sin amilanarse y malhumorado, revisó dieciocho contenedores en el tiempo que le había llevado revisar tres el día anterior. Pero para Czesich ni siquiera esto era lo bastante rápido. Sentía que la suerte lo estaba abandonando, que los agentes de Seguridad de la Embajada y el Consejo del Comercio y la Industria lo estaban cercando.

El miércoles a mediodía Ryshevsky ya estaba aprobando el contenedor numero treinta y tres y Czesich subía a su oficina privada para vigilar el télex. Cada vez que Propenko o Leonid o Ryshevsky entraban para usar el teléfono o el baño, esperaba que volvieran al área de trabajo blandiendo un puño con un cable de Moscú Un reportero valiente de un periódico independiente llegó para redactar una nota sobre la ayuda alimentaria y Czesich le concedió la entrevista lleno de culpa, mirando por encima del hombro, deseando contra toda razón que pudiera pasar los alimentos por la aduana y estar fuera de la ciudad cuando las burocracias lo alcanzaran. A las cinco de la tarde del miércoles, con una desagradable niebla amenazando desde el horizonte una vez más, Ryshevsky dio el visto bueno al último de los cajones de madera y firmó un documento que daba a la Agencia de Comunicaciones de Estados Unidos el derecho a comenzar la distribución de dichos productos importados, segiin las listas de contenido adjuntas. Czesich no se permitió un pequeño ataque de frivolidad, la tentación de hacer una broma. "Gracias a Dios no encontró la heroína. Ryshevsky''. estuvo a punto de decir, delante de todos los obreros y los espectadores "Diez mil adictos de Donbass se lo agradecen."

Malov atrajo su atención y le guiñó el ojo. y Czesich se dio la vuelta.

Se suponía que el camión faltante había sido localizado y estaba en camino desde Rostov sobre el Don, pero él no tenía esperanza de llegar a verlo jamás. Dos contenedores. Una pérdida del cinco por ciento para él y una bonificación de 600.000 rublos para la mafia soviética. Era el precio a pagar ahora por hacer negocios aquí, parte del nuevo capitalismo.

En el hotel se puso una chaqueta deportiva, pantalones y zapatos cómodos, y luego se sentó al lado del teléfono respirando despacio. Eran las diez de la mañana en Washington. Filson con la energía que le proporcionaba la cafeína, estaría caminando por su oficina con un Doberman encadenado. Filson podía ser muy grosero; esto no iba a ser agradable.

Cuando le consiguieron la comunicación, Czesich dijo:

– Myron Filson, por favor-y cerró los ojos.

– Filson.

– Filson, soy…

– ¡Czesich! -gritó Filson por teléfono-. Qué… el… ¡Cristo!

– No grites, Myron.

– ¿Que no grite?

El jefe de Czesich estaba entre los que pensaban que la idea de que los comunistas escuchaban las conversaciones telefónicas era sólo una histeria anticomunista. ¿Había alguna prueba? Quería saber. Además del edificio nuevo de la embajada, un caso especial, ¿se había encontrado alguna vez una prueba? Esa gente todavía no ha aprendido a hacer gasolina sin plomo, ¿se puede creer realmente que pueden intervenir todos los teléfonos en cada maldito hotel Intourist en todo el maldito país?

– Haydock me maltrató durante veinte minutos anoche, ¡y me dices que no grite'.

– Los contenedores ya están en orden. Empezamos a repartir los alimentos mañana.

– ¿A quién le importa una mierda los contenedores? -gritó Filson-. ¿Qué está pasando? ¿Tienes a alguna rusa allá, o qué?

– Aquí hay gente hambrienta, Myron. Me mandaron para repartir víveres y eso es lo que voy a hacer.

– ¿Y no te importa un comino que este no sea el momento apropiado?

Apropiado. Era una de las palabras favoritas de Filson.

– No tienes la menor idea de lo que está pasando aquí, Myron.

– Te has vuelto loco, eso es lo que está pasando.

– Por una vez he tomado una decisión por mí mismo. No es lo mismo.

– ¿Sabes cómo tu "por una vez por mí mismo" ha afectado a la USCA? Ningún embajador en ninguna parte del mundo va a confiar en nosotros para encargarnos de sacar la maldita basura después de esto. Donde vayamos nos llevaran con una correa.

– Esa no fue mi intención.

– ¿Cuál fue? Por Cristo, Chesi. Esa no es tu manera de actuar. ¿Qué demonios está pasando, quieres decirme?

– Me harté de la mierda.

– ¿Qué mierda? ¿Qué mierda! Has hecho esto durante veinticinco años, y de pronto es una mierda?

– Bebí unas copas y por la mañana me pareció una mierda. -Czesich todavía tenía los ojos cerrados. Estaba tratando de encontrar la verdad exacta dentro de sí mismo y decirla claramente. En parte era eso. En parte era historia. En parte es que estoy enamorado de Julie Stirvin y quería demostrarle que no soy sólo un burócrata de corbata que adula al segundo en el mando.

Filson se tenía por un hombre honorable. La frase sobre el segundo en el mando lo irritaría. Czesich se mordió la lengua durante unos segundos, luego no pudo contenerse:

– No es algo personal.

– ¡Estás acabado! -explotó Filson-. Ya perteneces a la historia. Te ha llegado el momento de la mecedora.

– Te agradecería que se ocupen de mi pensión.

– Seguro -Filson barboteaba, rugiendo por teléfono-. ¿Alguna otra petición?

– ¿Podrías llamar a Marie? No puedo conseguir comunicarme con ella, Dile que estoy bien. Dile que cenaremos juntos en Nochebuena.

A once mil kilómetros de distancia, Czesich sintió el impacto del auricular al golpear el teléfono cuando Filson cortó bruscamente.

Anatoly le había ofrecido quedarse una hora más y llevarlo a la casa de Propenko, pero Czesich no lo quiso aceptar. Se quedó de pie en la acera del hotel observando cómo la niebla surgía majestuosamente del valle, y haciendo señas con el brazo a una sucesión de taxis vacíos que pasaban a toda velocidad. Un estado de ánimo maravilloso y desacostumbrado se había apoderado de él, soledad. Por primera vez, que recordara, estaba solo consigo mismo, sin nadie que lo observara.

Al cabo de casi diez minutos de estar allí empezó a sentir frío, y decidió caminar calle arriba algunas manzanas y probar en un lugar más tranquilo. Había llegado sólo hasta la primera esquina cuando le pareció sentir que había alguien detrás de él que lo seguía paso a paso. Al promediar la manzana siguiente intentó el truco del patio de nuevo y cuando volvió a la acera quedó un momento mirando a través del Prospekt Revoliutsii hacia el pabellón. Allí había un Volga blanco aparcado en la entrada y, desde esta distancia, el hombre al volante se parecía mucho a Nikolai Malov. Czesich saludó con el brazo de una manera inocente y amistosa, pero Malov simuló que no lo veía. Czesich caminó unos pasos, puso un paquete de Marlboros en la mano que extendía y consiguió un taxi en medio minuto. Antes de llevar a la avenida Octubre, se detuvo para comprar dos botellas de champaña soviético etiqueta dorada y algunos chocolatines, y espió una vez por la ventana posterior; niebla, autobuses, la confusión de taxis de la hora pico, y un Volga blanco que cambiaba de carril detrás de ellos. ¿De modo que Malov sabía que iba a la casa de Propenko a cenar? ¿Y qué importaba?