Los Propenko vivían en el conjunto de apartamentos soviéticos más típico, un grupo de cajas beige ruinosas, hechas con losas de cemento manchadas, y con balcones precarios. Una pandilla de adolescentes estaba sentada afuera en unos maceteros vacíos. Fumaban, movían la cabeza al ritmo de un parlante que lanzaba al aire rock and roll occidental. Cuando Czesich forcejeó un momento con la puerta metálica atrancada, uno de los jóvenes hizo un comentario y una de las chicas rió.
Entre todas sus visitas a hogares soviéticos, que debían haber sido cien, la mayoría con Julie, Czesich no recordaba nada más que dos o tres noches que fueron un fracaso. El vestíbulo maloliente y el ascensor ruidoso, el corredor sin luz, los graffiti. el marco de la puerta del apartamento 25 que parecía haber sido hecho por carpinteros borrachos, nada de eso lo engañó. Tocó el timbre y esperó a que la puerta se abriera a cuatro habitaciones llenas de luz y buena voluntad, y a cuatro caras sonrientes que esperaban lo mejor de él.
Tenía razón. Propenko llenó la entrada, el rey en su reino. Hubo apretones de mano y presentaciones, muchas exclamaciones ante sus regalos, una calidez perfectamente natural que había visto duplicada solamente en Boston Este, donde la gente también era pobre, los apartamentos también demasiado calurosos y olían a comida, las familias también amontonadas en edificios cuyos apartamentos jamás podrían comprar. Siguió la costumbre soviética y cambió los zapatos por un par de zapatillas. Lydia. la encantadora hija de Propenko lo llevó a la sala de estar y lo hizo sentar en un sofá. Marya Petrovna, la abuela, se quede) a cierta distancia y lo miraba como si viniera de otro planeta.
– Siéntase como en su casa -le dijo.
Y así fue.
Sirvieron la comida en una mesa con mantel, que habían llevado de la cocina a la sala de estar en honor a su visita. Una ensalada de tomates y crema agria, luego cerdo y repollo a la juliana. Se había prometido que no bebería pero en cuanto sirvieron la comida, Propenko abrió una botella de vodka y no pudo negarse.
– Estuvimos estudiando el atlas antes de que llegara -le dijo Propenko afablemente. Aquí parecía enteramente cómodo, directo, simple y sin dudas, pero algo andaba mal en su mundo interior. Czesich tenía un sexto sentido para estas cosas-. Tratábamos de adivinar donde habría nacido.
– Massachusetts.
– Massachusetts -corrigió Marya Petrovna.
– Massachussetts.
Propenko levantó la comisura de los labios.
– ¿Está en el sur?
– Noreste. No lejos de Nueva York.
– Menkhettn -dijo Marya Petrovna-. Uollstree.
– Wall Street. Eso está en la ciudad de Nueva York. Yo nací en Massachusetts. Ahora vivo en Washington.
– Wide Haus -dijo Marya Petrovna-. Kepetl Kheel.
– Conoce bien a Estados Unidos.
– Por los noticiarios -dijo la vieja-. Todas las noches Vasheentone, Menkhettn. A veces Kahleefornya.
– Espero que hablen bien de nosotros.
– Bien y no tan bien.
La esposa de Propenko se apresuró a servir más comida en el plato de Czesich. Propenko hizo saltar el corcho de la primera botella de champaña y Lydia sirvió un vaso a cada uno.
– ¿Es casado? -preguntó Raisa.
Czesich les dijo que estaba divorciado. El divorcio era un concepto que los soviéticos comprendían. El de una esposa católica que se negaba a firmar los papeles no lo era.
– Tenemos un hijo ya mayor. Vive en Nevada.
– Las Vegas -dijo Marya Petrovna-. Prasteetutsia.
Propenko tosió y le hizo una seña con la mano.
– Perdónela -dijo-. Tomamos una copa antes de que usted llegara… de puros nervios.
– Prasteetutsia -repitió Marya Petrovna en voz bien alta, mirando directamente a Propenko-. El americano sabe que es eso.
Czesich dio un respingo: Ella no podía imaginarse.
– ¿Todos nacieron en Vostok?
– Mamá nació en el campo -dijo Raisa-. En el pueblo. Los demás nacimos en una parte de Vostok llamada Makeyevka. Donde están las minas. Nos mudamos a este edificio hace nueve años.
– Lydochka habla americano -dijo Marya Petrovna, sin ningún motivo. Pareció haber estado esperando toda la tarde para decirlo.
– ¡Abuela!
– Di algo, niña.
La cara de Lydia estaba tan roja como los cuadros del mantel. La madre y el padre la miraban orgullosos.
– ¿Qué edad tiene? -le preguntó Czesich despacio en inglés.
– Veinte años.
– ¿Y dónde vive?
– Vivo en Vostok.
– ¿Y qué le gusta de Vostok?
– Me gusta -buscó las palabras- la lucha poética por la democracia.
Czesich rió.
– ¿Cometí un error?
– No -dijo él, ahora en ruso-. Lo habla muy bien.
– Shoton ana skazala? -quiso saber Marya Petrovna, y cuando Czesich le hizo la traducción, la vieja pasó el brazo sobre la esquina de la mesa y juguetonamente pellizcó el lóbulo de la oreja de su nieta-. Siempre la política -dijo-. Contigo todo es política.
– Ahora no se puede vivir sin la política -dijo la joven. Miraba directamente a Czesich, y él miraba directamente el recuerdo de ella sosteniendo la Biblia abierta para el padre Alexei-. ¿No le parece?
– En este país, es así.
– ¿Y en Estados Unidos?
– En Estados Unidos, si uno quiere, puede evitar la política.
– ¿Y usted la evita? -preguntó Lydia.
– En su mayor parte, sí.
– ¿Pero, por qué?
No sabía por qué. Porque asociaba la política norteamericana con besar bebés y con la riqueza, quizá. Porque parecía lejana y fútil. Porque las cosas estaban más o menos bien tal como eran.
– Paso mucho tiempo en el extranjero. Allí me intereso por la política.
– ¿Trabaja para la CÍA?
– Lydia -dijo Propenko.
Raisa pidió disculpas por su hija.
– No, no trabajo para la CÍA -le contestó Czesich a la joven-. No lo haría. Es sólo que la política me resulta más interesante en el extranjero. Supongo que es por la distancia.
– ¿Y qué piensa de la situación en nuestro país?
– Lydia, deja que el hombre coma -dijo Raisa.
– Pienso que es interesante -Czesich tragó un sorbo del champaña dulce, verificó la expresión de Propenko, y decidió no agregar nada más.
Pero la abuela lo miraba fijamente.
– Deeplamat -dijo. No sonó como un elogio. Lydia también lo miraba fijamente, los mismos ojos de su madre y su abuela, la misma seriedad del padre. De una manera inocente y sensual, La joven era muy hermosa.
Czesich intentó de nuevo.
– Pienso que los mineros constituyen una fuerza política interesante y disciplinada, muy bien organizada. Nuestros mineros no desempeñan un papel tan importante en Estados Unidos.
– La gente dice que la CÍA los está ayudando.
Pregúntale a tu amigo el sacerdote, pensó Czesich. Pregúntale a su amigo Peter McCauley.