– Dale a nuestro huésped una oportunidad para que coma -le dijo Propenko-. Lo estás sometiendo a un interrogatorio.
– A él le interesa -dijo Lydia, pero durante unos minutos se dedicaron a temas menos comprometidos. Propenko volvió a preguntarle por el hotel, como si no pudiese creer que Czesich estuviera cómodo allí. Raisa le preguntó dónde había aprendido a hablar ruso tan bien, y cuando Czesich se lo explicó, Marya Petrovna quiso saber todo sobre el abuelo Czesich: cuándo se había ido de Rusia, cómo se había ganado la vida en Estados Unidos, cómo lo trataron los estadounidenses "de veras", qué decía de los bolcheviques.
La charla transcurría mientras seguían comiendo y bebiendo sin pausa, y Czesich se sintió como si lo estuvieran haciendo entrar muy despacio en un nido cálido y seguro. El vitriolo de Filson se convirtió en algo lejano y divertido, sin consecuencias. El final de su carrera en la USCA no era real.
Inquirió si no había algo especialmente interesante que debería ver en su tiempo libre.
– Vaya a mi pueblo -sugirió Marya Petrovna. Apoyó una mano sobre la muñeca desnuda de Czesich y la calidez de su gesto lo sorprendió. Su vida no era rica en contactos físicos-. Si no conoce mi pueblo, tampoco habrá visto a Rusia, eso es todo.
– Me encantaría ir a su pueblo.
– Lo llevaría, pero estoy demasiado vieja. Mi corazón flaquea.
– Lo llevaré yo -ofreció Lydia.
A Czesich le pareció que sus padres se ponían tensos ante la sugerencia. Un eco resonó en la habitación, pero él no había oído el sonido.
– Podríamos ir en el elektrichka hasta Leskovo y ver la iglesia donde bautizaron a la abuela -dijo Lydia-. Llevaríamos comida, y hablaríamos inglés todo el camino de ida y de vuelta.
Czesich sonrió y asintió, pero sentía que estaba entrando en un territorio peligroso. No era un experto en las múltiples facetas de la vida familiar. Con Michael muy a menudo había sentido que hablaban idiomas diferentes. En la superficie, un inglés cortés; por debajo, un dialecto primitivo sin palabras, lleno de gritos y sangre. La palabra que corresponde para la clase de padre como era él era "torpe" y lo que menos quería hoy era marcar a otra familia -esta familia- con esa impresión digital sucia.
– Veremos -dijo Propenko-. Estamos en una época inestable. Quizá debería esperar un poco para hacer esa excursión al pueblo.
– No es inestable en el pueblo -dijo Lydia-. ¿Qué puede haber más seguro que ir a la iglesia?
Había terminado con el plato principal. Raisa y Lydia retiraron los platos. Propenko sirvió otra ronda de vodka y bebieron por el éxito del reparto de alimentos, y charlaron jovialmente durante un rato. No se mencionó los contenedores faltantes. Czesich descubrió un par de guantes de boxeo muy usados que colgaban de la pared, y preguntó por ellos.
– Sergei fue un campeón -se jactó Marya Petrovna. Ella también estaba un poco achispada, y en consecuencia una década más joven-. Todos en Vostok se acuerdan de él.
Propenko pareció tan avergonzado como un escolar.
– Yo jugué un poco al hockey en la escuela y la facultad -dijo Czesich para establecer otro lazo con ellos, para parecer menos extranjero a sus ojos-. Pero pelear siempre me asustó. Si me encontrara envuelto en una pelea no tendría la menor idea de qué hacer. Ya hace treinta y cinco años o más.
– Muy simple -le dijo Propenko-. Hay que pegarles aquí. -Señaló la hendidura de su mentón.- Tan fuerte como pueda. Una vez. No hay que pensarlo, simplemente estar decidido a hacerlo, y se hace. Justo aquí, una vez. Eso es todo.
Czesich le prometió tener en cuenta su consejo.
– Traernos chocolate fue muy amable de su parte -dijo R.aisa mientras ponía una bandeja en el centro de la mesa- Ahora nos cuesta encontrarlo. Es defitseit
Lydia trajo tazones con helado de vainilla. Propenko se aseguro de que todos tuvieran una copa de champaña llena
– En Estados Unidos nunca hay nada defitseit, ¿no es verdad?
– El dinero -respondió Czesich con sarcasmo, pero nadie lo captó. La combinación fatal de champaña y vodka lo había invadido. En su imaginación se burlaba de Filson Le estaba pegando una derecha en la mandíbula a Peter McCauley.
– Y tampoco hay colas, ¿no?
– En realidad, no. A veces para un concierto o una exposición especial de algún museo o para entrar en un restaurante muy popular una noche de fin de semana.
– El sistema de mercado libre -dijo Marya Petrovna-. El sábado por la mañana, un viejo murió aplastado por la gente mientras esperaba para comprar botas Lo pisotearan como ganado.
– ¿Cerca del hotel?
– En la esquina de la calle de Sinyaskaya. el edificio gris.
– Vi a la gente amontonada -dijo Czesich.
– Murió pisoteado -repitió Marya Petrovna.
– Esperando para comprar botas búlgaras -dijo Raisa.
Sin mirarlo directamente. Czesich aun intentaba descubrir cuál era el estado de ánimo de Propenko. Una conversación como esta era difícil para un hombre del partido, aun descontando la presencia americana.
– Nuestro sistema tiene sus problemas propios -dijo
– Deeplamat -volvió a decir Marya Petrovna. A Czesich le remordió la conciencia
– Soy medio ruso -dijo-. Necesito más alcohol para abrirme con la gente
Todos rieron. Propenko hizo saltar el segundo corcho contra el cielo raso y volvió a llenar la copa de Czesich. Lo miraron beber, doh dnah hasta el fondo, y entonces Marya Petrovna dijo:
– Ahora. Hable.
– Sea político -dijo Lydia alegremente-. Sea norteamericano.
– Está bien -Czesich vio como un pequeño remolino cálido pasaba por delante de sus ojos-. Tengo un amigo, un hombre bondadoso, que ha tenido una vida muy difícil. Bebe demasiado. Ha tenido muy mala suerte, provocada en parte por él mismo: un mal casamiento, un trabajo desagradable y así sucesivamente. Ahora está envejeciendo y quiere cambiar, pero no puede ¿Saben por qué?
– No tiene nigún modelo para el cambio -propuso Lydia.
– No. Se ha acostumbrado a ser desgraciado. Encuentra cierto consuelo familiar en ello. De algún modo, lo asusta la idea de no ser desgraciado.
– ¿Qué le va a pasar? -dijo Lydia
– Nadie lo sabe.
Czesich se dedicó a su helado. Vio que Propenko estaba sentado muy quieto con una mano en el pie de su copa. Raisa se levantó de la mesa y volvió con té
– Y su amigo representa a la Unión Soviética -dijo Propenko por fin.
– Claro. Sergei -dijo Raisa. nerviosa.
Czesich se encogió de hombros para demostrar que no había querido ofenderlos. El hombre representaba a la Unión Soviética, el hombre lo representaba a el Sus tristes historias parecían haberse fusionado.
– A nadie le gusta sufrir -dijo Propenko.
– No dije que le gustara Dije que estaba acostumbrado
– Acostumbrado -repitió Propenko-. Y exageradamente orgulloso de estarlo
– No tenemos mucho más de que estar orgullosos -interrumpid l.ydia
– La guerra -dijo Raisa
– Mas sufrimiento-repuso Propenko.
– Espacio-dijo Lydia. contradiciéndose-. Deportes. Grandes escritores.
– Los escritores son rusos -le dijo Marya Petrovna-. No soviéticos.
– Pueden estar orgullosos de la familia rusa -dijo Czesich-. De la amistad rusa Del alma rusa. -Nadie pareció oírlo.
– Somos los campeones del sufrimiento -anunció Propenko. Parecía bastante ebrio, mirando sus hombros y manos, pensando en su consejo sobre boxeo. Czcsich se sintió aliviado al ver que era un borracho considerado y completamente amigable- Si hubiera una Olimpiada del Sufrimiento. Rusia se llevaría todas las medallas de oro.
– Con Etiopía -dijo Lydia
– Nosotros entrenamos a los etíopes. Les mandamos enviados especiales para que les enseñaran las maneras más eficientes de ser miserables. Los etíopes, los cubanos, los polacos, ahora viven hambrientos y desgraciados gracias a nosotros